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Breviario

Gotas cordiales

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“El cura predica pero no se lo aplica”, decían cuando yo estaba en el colegio. La idea obviamente era que hay quienes piden a los demás lo que ellos mismos no están dispuestos a hacer. Así que ahí va un viejo cuento mío que podría participar en el concurso de “Las 500 (bis)”.

 
La elegía inconclusa
 
Al final escribe:
Cuando sus ojos me miraban, veía venir el mar y me sentía prisionero de su aliento salobre y del constante oleaje de su cuerpo. Me llamó muchas veces desde la profundidad de los abismos y fui su esclavo. Ahora, asustado por sus sueños, presidiario de su mirada de sal, debo despedirme... Era mi ley.
 
Enrique, un hombre corpulento desde niño, deja inconclusa la elegía de su amada y siente una punzada de nostalgia: “Es el más traicionero de los sentimientos, no da paz”. El mar, ese mar que poseía el alma de aquella mujer calcinada por las pasiones y pronta a ser devorada por un estúpido pedazo de la tierra, se ha aplacado. Enrique se dice con desaliento que las elegías, al menos las suyas, nada pueden contra el reflujo inclemente del recuerdo, y por un instante la ve, sumida entre exhalaciones oceánicas, de nuevo junto a los acantilados, mirando cómo la borrasca se abate contra los barandales de palacio. Ese mar, un monstruo voluble, la contiene como a un barco que se hubiera ido a pique.
 
Todavía desacostumbrado a la presencia vil de lo que no tiene remedio, la comprende igual, como siempre antes, más parecida al pálido fantasma de un náufrago que a su trágica condición de madre fallida de príncipes.
 
—Su Majestad, lo esperan para dar comienzo a los servicios fúnebres —anuncia el paje.
—En seguida voy.
 
“Cómo se alegran con la muerte estas almas funestas”, se dice, y pesadamente se dirige a la puerta por donde entra un bullicio sin sentimiento y un rumor de música letal. Enrique ha dejado el remordimiento sobre la mesa, sí, pero arrastra con la maldita añoranza... Un día por fin llegó al fondo de sus presentimientos, y la fuerza que ellos le daban fue su guía en las horas más difíciles: tendrá un hijo, será libre; además, era preciso, como dice en su elegía, porque un esclavo no puede ser rey. P...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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