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El ingeniero de almas

La demoradísima edición de los Diarios de Tolstoi en castellano (recién publicados por El Acantilado en dos tomos que suman mil páginas) nos permite descubrir, por fin, cómo fue la vida del gran maestro ruso según él mismo y cómo se gestó, paso a paso, una de las voces narrativas más portentosas de todos los tiempos.

Es bastante insólito que recién ahora, a noventipico años de la muerte de Tolstoi, se publiquen por fin sus Diarios en castellano. A tal punto es insólito, que más de uno tendrá la sensación de haberlos leído en su mo­men­to. Las razones de este equívoco son varias. Primero, porque unos cuantos fragmentos aparecieron en forma de libro hace años de años (aunque seleccionados de tal manera por ese nefasto discípulo de Tolstoi llamado Chertkov, que queda­ron convertidos en “textos piadosos” del maestro). Segundo, porque las biografías de Tolstoi citan a destajo de los Diarios (y no sólo del aspecto piadoso de su carácter; la bibliografía sobre los últimos años de Tolstoi, especialmente sobre su fuga de Yasnaia Poliana y su agonía y muerte en la desolada estación de Astapovo, seguida paso a paso por el mundo entero a través de la prensa, es tan abundante y abrumadora que echa un manto de santidad sobre un hombre muchísimo más fasci­nante por lo que tenía de humano que por lo que tenía de san­to). Tercero, porque el propio Tolstoi puso muchísimo de sí en sus novelas, además de iniciar su carrera literaria con tres textos autobiográficos (Infancia, Adolescencia y Juventud). Hay, además, infinidad de ensayos brillantes sobre Tolstoi (Elías Canetti, Isaiah Berlin, Edmund Wilson, Nabokov, Lukács, Steiner, Maugham, Gorki, Papini y un larguísimo etcétera). Todo lo que podría saberse sobre él parece haber sido dicho ya: de ahí el engañoso efecto déjà-vu que produce esta feliz aparición de los Diarios en nuestro idioma.

Por otro lado, está la historia en sí de los Diarios, accidentada como pocas. Y no me refiero a los de los últimos años, cuando Tolstoi debía esconderlos o llevar diarios paralelos para que su esposa y sus discípulos no litigaran por lo que decía en ellos y por su publicación. Los diarios y cuadernos de notas de Tolstoi ocupan trece de los noventa volúmenes de las Obras completas, edición del jubileo, iniciada en 1928 en la Unión Soviética y prolongada hasta 1958. Pero ni siquiera entonces se trataba de una versión completa, por la censura de pasajes enteros a la que sometieron el material los editores de la Academia de Ciencias de la URSS: muchos fragmentos referidos a lo sexual, pero no sólo esa clase de intimidades fueron silenciadas (vale recordar que Tolst...

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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