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Confesiones de un polígamo

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Para la sensibilidad inglesa no hay nada más deplorable que el espectáculo de un ser humano que impone a nuestra atención sus llagas, sus cicatrices morales, y rasga ese “compasivo velo” que el tiempo o la indulgencia hacia las debilidades humanas pudo haber tendido sobre ellas.

Thomas de Quincey
 
 
Para los lingüistas es muy útil tener siempre presentes los conceptos de diacronía y sincronía. Lo sincrónico, según Saussure, describe el estado de una lengua en un momento preciso de la historia (la lengua congelada en un instante); lo diacrónico tiene que ver con sus cambios y permanencias a través del tiempo. Como no todo el mundo tiene siempre en la cabeza estas abstracciones, es probable que el funcionario de inmigración que interrogó a Roman Jakob­son en el momento en que éste entraba por primera vez a Estados Unidos no haya entendido la respuesta del gran lingüista ruso a una de sus ridículas preguntas de rigor: “¿Practica usted la poligamia?”. Comprendida o no por el agente, la salida de Jakobson es famosa: “¿En sentido sincrónico o diacrónico?”.
 
En la sociedad de hoy (y también en la de ayer, y en la de antier) es muy probable que la inmensa mayoría de los varones, tanto orientales como occidentales, hayan practicado la poligamia en sentido diacrónico o, para darle un nombre quizá más preciso, la “monogamia seriada” (una esposa distinta cada cierto número de años). Dejando de lado el víncu­lo solemne —ceremonia matrimonial y demás paraferna-lia— y limitándonos al aspecto material o carnal del asunto, no creo que sea muy fácil de encontrar un hombre que durante toda su trayectoria mortal sobre la tierra haya conocido —en sentido bíblico— tan sólo una mujer. Creo que son mucho más comunes aquellos que no han conocido mujer alguna que aquellos que han conocido una sola, porque en estos asuntos, como en el culinario, cuanto más y más condimentado se come, más apetito da.
 
Estoy hablando de promedios, tendencias y probabilidades; no estoy diciendo que todos los hombres tengan inclinaciones incontrolables hacia la promiscuidad. No todos: casi todos. Lo cierto es que si los mismos tratadistas religiosos (consúltese cualquier manual de confesores) hablan de la “lucha por la castidad” y del “combate de la pureza”, esta lucha y combate nos indican que...

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