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Breviario

Vivir es una enfermedad mortal

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Confieso de entrada que soy fumador, es decir, que me cuento en el número de una creciente minoría, cero protegida por los celebrados derechos humanos de Naciones Unidas. Y en estos momentos, desde que el 1° de octubre han entrado en vigor ciertas disposiciones legales obligatorias en la Unión Europea, me encuentro además casi paralizado por un shock cultural.

Les cuento que la culpa de mi shock cultural se reparte alícuotamente por cada centímetro cuadrado, ya sea sólido o líquido, del territorio de esa Unión Europea. Oigan cómo es la cosa: a algún cerebro de los cientos que parasitan en la central de Bruselas, evidentemente no muy ocupado con problemas de a deveras serios (y miren ustedes si no los habrá por docenas, hasta en Andorra), se le ha ocurrido que los paquetes de cigarrillos que se compren en nuestras latitudes vayan adornados en sus dos frentes principales con unas pegatinas o calcomanías que adoptan la forma de las esquelas fúnebres. Y en cada una de esas “esquelas” figuran unas palabras de consuelo, que en el mejor de los casos dicen lo siguiente:
 
• Fumar le acarrea graves daños a usted y a quienes le rodean.
• Fumar puede dañar su esperma y reducir su fertilidad.
• Proteja a los niños: no deje que inhalen el humo de los cigarrillos.
• Fumar causa el cáncer mortal de pulmón.
• El humo del tabaco contiene bencina, nitrosas, formaldehídos y cianhídricos.
• Fumar puede conducir a una muerte lenta y dolorosa.
• Fumar es mortal.
 
Y así sucesivamente. A mí lo que me resulta repulsivo del tema es la doble moral que refleja. Porque en este contexto de prevención de daños contra la salud, a los únicos ciudadanos a los que se estigmatiza es a los fumadores. Pero no, por ejemplo, a los automovilistas. Y eso a pesar de que está sobradamente demostrado que los gases de escape de los carros no sólo acarrean males inmensos a la ciudadanía sino también al mismísimo planeta en el que vivimos. Unos males que no son equiparables con los que produciría el humo de los cigarrillos ni siquiera en el improbable caso de que todos, todos los habitantes del planeta (incluidos niños lactantes), nos pusiéramos a fumar cinco paquetes diarios per cápita. Mejor dicho: per pulmone.
 
Ojo: No estoy predicando que se elimine la circulaci&oacut...

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Ricardo Bada

Escribe para el diario El Espectador

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