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Las artes plásticas en Colombia: más menos que más

El texto que sigue, escrito por pedido expreso del periódico La Jornada de México, ha suscitado una acalorada polémica en ciertos círculos artísticos. Lo republicamos para que siga la discusión.

Quizá una manera suave de aterrizar el tema sea decir que en el pasado las artes plásticas vivieron épocas mejores en Colombia. Al examinar ciertas individualidades del presente uno detecta vitalidad, pero en general las relaciones intestinas de ese mundo andan muy estresadas. El problema no es misterioso: grosso modo puede decirse que por un lado van las grandes instituciones del Estado y de la academia, y por el otro un público bastante desconcertado y aburrido. Entre ambos, quizá no en el limbo pero sí un poco al margen, están los artistas. La razón para el ambiente enrarecido es que aquí, como en otras partes, la plástica está escindida entre el tradicional sector de la pintura y la escultura, y el autodenomi­na­do arte contemporáneo: instalaciones, videoarte, arte conceptual y demás fusiones a la moda. Aunque resulta ineludible hablar de un matrimonio entre los dos sectores, acto seguido habría que aclarar que el matrimonio está muy deteriorado, pues el segundo sector abusa del primero al tiempo que se rehúsa a otorgarle el divorcio, según lo hemos propuesto algunos familiares y amigos del lado maltratado de la pareja. Además, el rechazo es retador: “No sólo no te vas de mi lado, querida Clotilde”, exclaman los postmo­dernos en tono altanero, “sino que el cafecito que te estaba pidiendo ¡era para ya!”.

Por lo dicho quedará bien claro de qué lado están mis preferencias. Me excusarán, pues, los lectores mexicanos si centro esta breve crónica en el primer sector, e incluso si privilegio allí a la pintura, dado que la escultura vive en Colombia un relativo letargo, del cual se apartan muy pocos practicantes menores de cincuenta años. Hugo Zapata, el escultor de mayores revelaciones recientes que viene a la mente, es un veterano nacido en 1945. También siguen dando guerra otros: Bernardo Salcedo con sus cajas de estirpe surrealista, Olga de Amaral con sus grandes telas que quizá se puedan incluir en el ramo de la escultura, y Jim Amaral, esposo de la anterior, quien en tiempos recientes ha ido abandonando la pintura en favor de unos bronces de lirismo erótico. El dilema de estas últimas piezas no es otro que el bizantino: el sexo de los ángeles. Pero todos los mencionados son veteranos. Había, sí, un escultor joven muy talentoso, Pablo van Wong, sólo que hace rato se pasó al bando instala­cionista, donde al parecer vive contento. Por eso la disciplina sigue dominada por los ya octogenarios Édgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar, cuyas...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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