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Danza

Sobre el baile que he creado y los bailes que no he bailado

   

© Jens Bonnke • Corbis


Para alguien que no baila, el baile siempre es motivo de análisis. Ver a los demás moverse al ritmo de la música, mirándose a los ojos o abrazados y riendo mientras tomas una cerveza, ajeno a todo, es una forma de entrenada soledad. Hablaba hace unos años con el poeta mexicano Alejandro Aura del baile contenido. Él era el rey. Me enseñó los principios básicos de lo que es un arte: bailar sin aparente movimiento. Lo que él denominaba también como “el baile de la esfinge” le había llevado años de práctica a través de bodas y comuniones, bares de Oaxaca o del viejo Madrid, cafetines de Buenos Aires, bailes de embajadas, e ir de danzón en danzón de un continente a otro sin el menor golpe de cadera.

Su método, aparentemente sencillo, era quedarse clavado en un sofá, silla o taburete de barra de bar sin mover un solo músculo. Era muy crítico con los ligeros movimientos del pie, ya sea apoyado o en el aire, tremendamente mordaz con los balanceos de hombros y despiadado con los acompasados golpecitos en el muslo. Según él, el baile contenido se rige por estrictas normas que exaltan la heterosexualidad del bailarín contenido. El absoluto desprecio por el compás era su norma de oro y debo decir que la seguía a rajatabla.

Como todo baile, el contenido tiene sus movimientos, ninguno de ellos sincopados.

Movimientos sutiles que solo otro gran bailarín contenido sabe apreciar. El primero y principal, la postura displicente hacia el hecho del baile en sí, al que calificaba como técnica menor de apareo.

Según decía, el baile tal como se entiende es el intento desesperado de conseguir a la hembra renunciando a la palabra y por lo tanto un paso atrás, sin ritmo, en la evolución.

El bailarín contenido, una vez adquiere la postura estática de rigor, tiene –en contra de lo que pueda parecer– una infinita gama de movimientos: llevarse el vaso a los labios cuando la canción merece la pena, cambiar incómodamente de posición en las rápidas, mirarse la punta del zapato como asentimiento a algún paso dado por los bailarines. Hablar con una persona a tu lado mientras los demás bailan es un claro indicio de que el baile no es de tu agrado. Pedir una bebida a gritos al camarero es el paroxismo del baile contenido y su única conexión con los danzantes. Ir al baño, para un bailón contenido, no es una necesidad fisiológica sino más bien la necesidad de estirar las piernas para volver al baile.

Como en toda escuela, en ésta también existen dos grandes facciones: la fundamentalista, que pregona que todo hombre que baila no es hombre, es gay, y la purista, que sostiene que el no bailar te hace más hombre.

Naturalmente ya habrán apreciado el tinte claramente machista del baile contenido. Entre sus miembros no existe la más mínima posibilidad de encontrarse con una mujer. Las mujeres por su condición de bailonas son ajenas a las complicadas normas de este especial tipo de baile.

Es sin embargo importante reseñar que las mujeres se sienten especialmente atraídas por el baile contenido. Pueden tirarse horas y horas bailando con cualquiera, para volver encantadas y sudorosas al lado de un personaje ajeno a la música y aquejado de algo parecido al rigor mortis, a preguntarle si quiere otra cerveza. No es éste el lugar para explicar la sencilla complejidad de la mujer, ya que esto nos apartaría del tema del baile.

Fallecido Alejandro, me queda la responsabilidad de ser el último bailarín contenido no fundamentalista del mundo. Esto, unido a mi incapacidad de reproducirme en cautiverio, da como hecho claro y notorio la extinción de nuestra especie...

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Fernando Bellver

Estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y se especializó en técnicas del grabado. ha recibido el Premio Nacional de Arte Gráfico 2008. Uno de sus libros se titula "Tengo algo en la cabeza".

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