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Columna

Presidentes, poetas y guerreros

   

© Vigg Cherry • Corbis 


La cacofonía de trinos con la que nos ha querido regalar a los colombianos el ex presidente Uribe llevó a varios columnistas –Humberto de la Calle, Héctor Abad, entre otros– a invitarlo a dedicarse a la literatura. ¿No sería mejor dejar descansar la pasión política, aunque fuera por unos pocos días, y entregarse a menesteres menos áridos y más amables? De la Calle incluso termina con un entusiasta: “¡Viva Belisario!”.

No estoy seguro de compartir el sentido de tales observaciones. Deplorando, como tantos otros, el estilo virulento de Uribe y su talante autoritario, le rescato –de hecho le admiro: es quizás lo único que le admiro, pues no soy caballista– su furiosa y reconcentrada obsesión, su necesidad biológica de volver una y otra vez a lo que, al fin y al cabo, es su oficio. Creo, sin la menor ironía, que los colombianos tendríamos mucho que aprender de ella. En un mundo con altos niveles de división del trabajo, eso que los deportistas llaman “foco” no puede mirarse con desdén. En contraste, y sin querer demeritar en lo más mínimo la admirable labor cultural del gentil Belisario, hay que reconocer que al país casi nunca le fue bien con la figura de los presidentes poetas.

El presidente poeta, o literato, fue durante un largo período una institución nacional, aunque es probablemente la Hegemonía Conservadora la que concentró a más figuras de ese tipo. Rafael Núñez, Caro, Marroquín, Marco Fidel Suárez, Guillermo Valencia (quien no llegó al poder pero aspiró dos veces, justo en el período en que estaba en la cumbre del reconocimiento) dirigieron los destinos tanto del país como de la correcta dicción. No todos fueron siniestros e incompetentes, ni necesariamente malos escritores. Es cierto que el inmortal Indio Uribe –una de las figuras cimeras de esa otra tradición nuestra de la gran diatriba política– se quejó de que lo único peor que las decisiones de Núñez fueran sus versos. Un comentario con el que inevitablemente simpatizo cada vez que escucho nuestro himno nacional. En contraste, Caro fue un serio y diestro clasicista, y Los sueños de Luciano Pulgar de Suárez merecer&ia...

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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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