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Columna

Uno se salva

El reencuentro con un libro de la biblioteca familiar puede ser la oportunidad para redescubrir una anécdota literaria particularmente próxima, como ésta, en la que se cruzan Vasco Pratolini y Juan Forn.

© James O'Brien • Cherry • Crobis 


Mi madre, quien sospecho que aceptaría sin ofenderse ser definida como una lectora ocasional, mandó durante años a encuadernar en cuero los libros que por algún motivo quería conservar, y los tiene todos juntos en una bibliotequita angosta en su dormitorio. Son de una variedad absoluta, descarada: hay libros que heredó (de ahí el mandato de encuadernarlos), hay libros que están ahí no por su contenido sino por su dedicatoria, hay hasta un compendio de recetas manuscritas en francés de su época del liceo y otro de cálculo diferencial que usó mi padre cuando estudiaba ingeniería (y, como todo lo relacionado con mi padre, muerto hace más de veinte años, es sagrado para ella). Hay de todo en esa bibliotequita, y casi todo ocupa su lugar allí desde que yo tengo memoria. Pero, con los años, mi madre ha ido reduciendo el stock de esos estantes para intercalar entre los libros fotos de las personas queridas que se le van muriendo. En el resto de su dormitorio hay infinidad de enormes dibujos en colores de sus nietos, reina sin rivales la luminosidad y la alegría, pero en esa bibliotequita del rincón mi madre se semblantea con la muerte a su manera. Quiero decir que ella no puede leer esos libros ya, su vista no le da para leer ni libros ni nada, pero igual los considera parte suya, en todo sentido: cuando regala uno es porque tiene que hacer lugar para otra foto, lo que significa otro muerto, lo que hace muy intenso recibir alguno de esos volúmenes cuando ella elige desprenderse de él, con un criterio tan particular como el que tuvo para seleccionarlo.

Hace unos días decidió darme una vieja edición de Emecé (1952) de Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, un libro que a mí me partió al medio cuando lo leí por primera vez y sigue dejándome sin aliento cuando vuelvo a leerlo. A ella, en cambio, solo le queda un vago recuerdo de que “le gustó” y de que fue un regalo, aunque no hay dedicatoria en el ejemplar. Y no agrega una palabra más sobre el tema porque ese regalo data de los tiempos previos a que se casara con mi padre. Se ve que era insistente el caballero que se lo regaló, o que la manera de escribir de Pratolini le gustó a mi madre más de lo que recuerda, porqu...

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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