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Iceberg

El legado de la luz

Con motivo de la muerte de Juan Antonio Roda, Andrés Hoyos escribe sobre el artista.

A su muerte, Juan Antonio Roda dejó un cuadro inconcluso sobre el caballete. También dejó muchas amistades, remotas o recientes, que daban la sensación de haber apenas comenzado, dejó libros a medio leer, películas que hubiera querido ver, música para oír y volver a oír y una familia que giraba sin mucho esfuerzo en torno suyo. El orden de los factores cambiaba según el día, pero su mundo de pintor esencial dependía de esas pasiones inconclusas: gente, libros, música, películas, viajes, conversaciones. En el centro de todo habitaba una mirada fuerte, de esas que se necesitan para no ser víctima de las homéricas sirenas que tanto abundan en el mundo del arte: escéptica pero generosa, aguda pero nunca cruel, estricta pero estimulante, desprendida pero insobornable. Él mismo hablaba de su “optimismo melancólico”.

Roda nació en Valencia, España, el 19 de noviembre de 1921. Fue criado en la Barcelona republicana, donde su pudiente familia se vio empobrecida de repente por la Guerra Civil y por la temprana muerte del padre. A despecho de los siempre indispensables profesores y profesoras de secundaria que le despertaron un amor imperecedero por la literatura, su medio no era de veras culto, y las primeras intuiciones de la que luego sería su vida de pintor tenían un sentido antimoderno. Es más, la inercia parecía obstinada en convertirlo en un ciudadano común y corriente de ese país escindido y ensangrentado que a partir de 1939 se transformó en la España franquista. Pero Roda intuyó que éste no era el mejor de los destinos y se propuso con-trariarlo. Fue autodidacta en lo esencial —en su circunstancia no tenía más remedio— y a puro pulso se fue rescatando de la amenaza de la mediocridad por medio de la amistad, la lectura, el cine, la música —atrás mencionábamos sus pasiones incon-clusas—, y por medio de una extraña obstinación que a lo largo de la vida lo llevó a buscar alternativas al comportamiento obligado. En justicia hay que decir que otro impulso definitivo se lo dio la ciudad de París, donde vivió entre 1950 y 1955, a lo largo de cinco años muy viajados. La vieja capital del mundo, herida en lo profundo por las humillaciones sufridas durante la Segunda Guerra Mundial, vivía entonces quizá el último trecho de su más que centenario esplendor artístico. Pero algo andaba descarriado en el espíritu de París, y Roda tampoco permaneció allí. De nuevo la i...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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