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Breviario

Goethe, científico

De cómo Goethe llegó a ser conocido, adorado e incomprendido en el mundo hispánico gracias a un cubano.

Goethe, según Andy Warhol

 

“Padre nuestro, Goethe, que estás en los cielos”: así comienza un poema de Gabriela Mistral. Pero donde escribió “cielos” hubiera debido escribir “Olimpo”, porque para el mundo hispánico Goethe viene a ser un sinónimo de lo divino, y por tanto de lo extraño. Los españoles y los latinoamericanos somos humanos, demasiado humanos, y los cielos, para nosotros, son una especie de casa que nos ha sido prometida, lo que no era el caso con los viejos helenos, tan sabios. Por otra parte, si tuviésemos que elegir entre Apolo y Dionisos, es seguro que preguntaríamos “¿Y por qué no Adán?”. Pero si no fuese posible elegir a Adán, entonces la apuesta correría a favor de Dionisos. Y Goethe, no hace falta recordarlo, además de divino era apolíneo.

A mayor abundancia, y es dolorosamente cierto, este mismo Goethe dejó dicho alguna vez que prefería la injusticia al desorden. Una crasa contradicción con el sentido de la justicia de don Quijote, paradigma también de una manera hispana de sentir la vida. Y sin embargo, Goethe, Goethe über alles, Goethe, Goethe por encima de todo en todo el mundo de habla castellana. ¿Por qué? El pensador catalán Eugenio d’ Ors puede haber acertado con la clave cuando escribió que “quisiéramos hablar como Demóstenes, escribir como Boccaccio, pintar como Leonardo, saber lo que Leibniz, tener, como Napoleón, un vasto imperio”, pero lo que es ser...“quisiéramos ser Goethe”.

La historia de esta contradictoria fascinación se remonta a 1830. Un joven escritor cubano visitó entonces a Goethe en Weimar. La carta de recomendación de un gran amigo le abrió a don José Cipriano de la Luz y Caballero (¡qué nombre tan sugestivo!) las puertas de la casa del consejero áulico. Éste, ya de 81 años, recibió cordialmente al cubano, que andaba por los treinta. Quién sabe, acaso la cordialidad de la recepción estuvo motivada por el hecho de que el visitante se llamaba Cipriano, como el protagonista del drama de Calderón de la Barca titulado El mágico prodigioso, que desde siempre ha sido considerado, y siempre sin mucho fundamento, el Faust...

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