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Iceberg

Tremendamente ofendida

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Hace un siglo en España y en algunos países de América no era extraño escuchar la palabra “tiquis miquis”. La gente decía “fulano es un tiquis miquis” o también “Venga, mujer, no seas tiquis miquis que uno no se condena por tan poca cosa”. Con ello se entendía que el personaje en cuestión tenía escrúpulos o reparos de poca importancia y que siempre estaba dispuesto a enfrascarse en reyertas de toda clase por un motivo inane. La palabra nació en los conventos y en un principio se aplicaba a las discusiones que los monjes tenían sobre asuntos de religión —de allí el término “tiquis miquis de sacristía”. Con el paso del tiempo, acabó por designar a los que modernamente catalogaríamos como “insufribles”.

Después de ver el bochornoso debate entre la gobernadora del Risaralda y la periodista Salud Hernández sobre el tema de las pereiranas, pensé de inmediato en esa palabra. Más aún: me dije para mí mismo que los colombianos éramos todos unos tiquis miquis. Me resulta incomprensible que por causa de un reportaje más bien pueril y por la repetición de un chiste pendejo la dirigencia de una ciudad se ponga en pie de guerra y amenaze con entutelar y declarar persona non grata a un comunicador extranjero. En la universidad donde doy clases cuando a una muchacha le preguntan que si es pereirana ella responde, con malicia y humor, “No, yo soy de Pereira”. Eso no sólo me parece mucho más inteligente sino, a la postre, más efectivo. Supongo, porque es un argumento que ya he oído, que resultan fáciles las salidas humorísticas cuando uno no padece el estigma. A quien piense de ese modo lamento decirle que estudié todo el bachillerato en Pereira, que una de mis hermanas vive allá, que tengo dos sobrinas risaraldenses y que por eso y otras cosas (entre las cuales figura el temperamento de las mujeres paisas) tengo un cálido recuerdo de la ciudad. ¿Debo por ello enfurecerme y soltar baba si alguien dice que Pereira es la cuna de la prostitución? ¿Debo armar un zafarrancho por ese motivo inane y convocar a una cruzada pública? Pienso que no.

Convendría, eso sí, preguntarle a la gobernadora qué ha hecho para disminuir la trata de blancas en Pereira. Porque, como todo buen tiquis miquis, en esta discusión ha preferido mirar para un lado y concentrarse en la defensa de un aspecto secundario del asunto. Al estilo de todo servidor público mediocre, h...

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Mario Jursich Durán

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