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Columna

Habla más bajo que no te oigo

Karl y Robert, los hermanos Walser, revelan dos rostros muy distintos de la vida del artista.

Robert Walser © David Pintor
 

El pintor suizo Karl Walser invita a su hermanito menor Robert desde Berlín. “Ven a triunfar conmigo”, le dice. Karl es un pintor de éxito, se encarga de realizar los decorados de las celebradas puestas en escena de Max Reinhardt en los teatros de la ciudad, las mujeres lo adoran. Berlín es el centro de Europa y Karl ha hecho circular lo que escribe su hermanito entre varios editores, que han mostrado sumo interés. Todos los signos son auspiciosos. El hermanito menor llega a Berlín como un enfant terrible, aunque ya tiene 37 años. Lo primero que hace deja atónito al hermano mayor: se inscribe en una escuela de criados. Mientras Karl logra que se publiquen dos libros de su hermano (cuyas portadas él mismo ilustra), el menor de los Walser aprende a lustrar zapatos y platería, a servir la mesa y preparar la toilette vespertina de los grandes señores. Dura solo un mes en la escuela de criados y tres como ayuda de cámara en un castillo de la Alta Silesia. A su regreso, en otros tres meses, escribe una novela sobre el tema, titulada Jakob von Gunten, que el hermano Karl una vez más logra publicar. Hasta Praga llega la curiosidad por el extraño personaje. Franz Kafka le dice a su amigo Max Brod: “¿No has leído aún el Jakob von Gunten de Robert Walser?”. Los manuales de literatura dirán un siglo después: “En el año 1910, tres años antes de publicar por primera vez, Kafka lee a Walser”.

Pero estábamos en Berlín, y el menor de los Walser bebe demasiado, aunque, ¿quién no bebe en Berlín en esos tiempos? También sus gustos son un poco extraños, pero, ¿quién no tiene gustos extraños en el Berlín de entonces? El pequeño Robert prefiere el sonido que hacen los discos de pasta al romperse entre sus manos que al sonar en un fonógrafo, y nada le fascina más que calzar o descalzar a una mujer, en lo posible desconocida, en lo posible rolliza, en lo posible en público, y si ella no repara en lo que sucede con su pie, tanto mejor. Hace ambas cosas (romper discos en casas ajenas, ganarse patadas a desgano en tabernas de mala muerte) con la discreción del que se cree invisible, durante cuatro años, hasta que su hermano le anuncia que va a casarse y que ya no podrá alojarlo. Walser escribe a la Asociación de Escritores Suizos para que lo repatrien y descubre, estupefacto, que no saben quién es: ignoran que abandonó asqueado la patria, ignoran que está ofreciéndoles recuperar al hijo descarriado.

La Primera Guerra completa el trabajo de invisibilizarlo. Vive en pensiones de mala muerte en Berna y en Biel. Karl le escribe desde Berlín: “No tienes el menor talento para dejar recuerdos detrás de ti. Brillas solo hacia adentro. Debes cambiar”. No produce ningún efecto. Desde el momento en que acepta un trabajo, solo piensa en abandonarlo. Dice que carece de tiempo para trabajar porque está buscando trabajo. Dice que le gustaría enfermarse, pero no puede. Dice que hay que convertir la humillación en una profesión. También camina distancias absurdas: de su habitación en Berna hasta la cima del Niesen, desde Biel hasta Lausana o Friburgo, ocho, diez horas de marcha que le dejan los zapatos a la miseria, pero el alma menos atormentada. Mientras Kafka muere en Alemania, él contesta a un periodista del Berliner Tageblatt que le ofrece publicar algo en sus páginas: “Estimado señor, le ruego que deje de creer en mí”. En 1929 se interna en el manicomio de Herisau. No publica hace años. Desde que perdió la voz, lo persiguen otras voces. Pero ahí está mejor. “Me agrada que aquí no me comprenda prácticamente nadie. Los que comprenden acceden a nuestro interior y nos hacen daño con su comprensión”. Dice que su estado es incurable, pero que está sano. Dice que puede comer perfectamente. Que puede, y necesita, caminar. Logra que los médicos le autoricen sus proverbiales caminatas de cincuenta o sesenta kilómetros diarios. Durante 35 años hará continuamente los mismos trayectos cotidianos, con nieve o con sol. Allí lo encontrará Carl Seelig, un callado admirador que logró convertirse en su albacea, lo acompañó en esas caminatas durante años y dejó en un libro las conversaciones que sostuvo con él durante esas travesías.

También le sacó fotos. Walser iba de traje y chaleco y corbata y sombrero en sus caminatas, pero parecía que hubiese dormido vestido. La camisa arrugada, la corbata raída, el pantalón demasiado corto, los toscos zapatos llenos de barro, con un prado en flor al fondo o un paisaje nevado. La foto más impresionante del libro es del 25 de diciembre de 1956 y no la sacó Seelig. Walser había salido solo a caminar; Seelig se había quedado en Zúrich ese día porque su perro Ajax amaneció enfermo. Walser está caído en la nieve, boca arriba, muerto, una mano a medio camino del corazón, el sombrero a unos metros, las huellas de sus propias pisadas hasta allí son las únicas manchas oscuras en el manto blanco de nieve. Así murió Robert Walser.

Pero hay otra escena, de la que no hay foto, que debería acompañar el final en todo relato de su vida. Ocurre unos años antes de internarse en Herisau. Lo invitan inesperadamente a leer en público en Zúrich, en una sociedad literaria de pacotilla. Él decide hacer el trayecto a pie, para pensar qué leer, mientras se repite: “Los poetas tímidos son cosa del pasado. El que aspira al éxito debe bajarse los pantalones delante de la multitud y prostituirse hasta devenir un vendedor de su propia mercancía”. Llega a Zúrich solo un par de horas antes de la lectura. El atribulado director de la velada le pide que al menos hagan una prueba en voz alta en el auditorio vacío. Walser consiente desvaídamente. No se puede leer así, dice el director. “Si no leo en voz muy baja, no va a oírse lo que digo”, argumenta Walser. El director mira el aspecto de Walser y decide contratar a un actor para que lea. Walser consiente desvaídamente. Entra el público. El autor que la audiencia ha acudido a escuchar y cuya inasistencia por enfermedad se anuncia desde el estrado está sentado en primera fila, sobre el costado, escuchándose a sí mismo. El actor lee mal. Nadie se da cuenta. Hay tímidos aplausos al final y desbande. Walser, que aplaudió desvaídamente, es el último en retirarse de la sala en penumbras. El actor se lleva casi la totalidad de sus honorarios. No queda ni para pagar una noche de pensión. Walser abandona la ciudad a pie. Pueden poner nieve en la escena, si quieren, para que así se noten más las huellas de sus pisadas alejándose para siempre de nosotros.

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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