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Coda

Cianuro

El periodismo escrito puede tomar el camino de parecerse al audiovisual tanto como el cianuro es una magnifica cura para la indigestión.

Una manera infalible de perder una guerra es convertirse en pálido reflejo del enemigo que uno pretende combatir. La idea, de origen ignoto, aplica para todo tipo de guerras, pero en este caso me refiero a la guerra entre el periodismo escrito y el periodismo audiovisual que se practica en la televisión. La televisión, se dice con insistencia, es el medio de comunicación por excelencia, el medio que nos va a devorar a todos. Voraz y obsesivo lo es sin la menor duda, pero ¿de qué excelencia se trata? Si excelencia significa poner las noticias en contexto, hablar de perspectivas a mediano y largo plazo, sustentar y profundizar la información, pues la televisión reciente, nacional e internacional, es lo más apartada posible de la excelencia. Bien por el contrario, ha caído víctima de una forma boba de obsesión inmediatista que no permite al espectador ver más allá de los hechos explosivos del día y que lo obliga a conjugar siempre los problemas en presente de indicativo.

Es sabido que la ubicua ventanita de la aldea global profetizada por McLuhan padece de horror vacui y que salvo por el amplio y repetitivo espacio que se concede en ella al melodrama —su componente más interesante y expresivo—, el resto del material de alta audiencia suele presumir de un lapso de atención muy breve por parte de los espectadores. Todo émulo de Larry King o de Pacheco tiene como verdad de a puño que debe meter la cucharada cada que el entrevistado se extiende en su discurso diez segundos más de lo previsto o lo encamina hacia el árido y peligroso terreno de la reflexión. Las ediciones noticiosas se hacen siempre en tempo de allegro vivace, cuando no de presto con brio, y una “virtud” sine qua non en un guión para televisión es que contenga frases breves e impactantes, sin demasiadas ideas abstractas y, por supuesto, sin oraciones subordinadas como las que abundan en este escrito.

La escena se nos antoja imposible: dos personas al aire mirándose sin hablar durante tres minutos. Un episodio por el estilo causaría entre los espectadores un colapso de proporciones. Al día siguiente habría más de una pantalla estallada por un cenicero y de inmediato se daría una aguda congestión de llamadas airadas y alarmadas en el conmutador de la programadora. El silencio, pues, como fuente de angustia multitudinaria.

Los estudios internacionales muestran que los jóvenes no leen diarios en la proporción en que lo hacen sus mayores, de donde algunos han sacado la conclusión peregrina de que...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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