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Federico el Grande y Voltaire

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La relación entre los intelectuales y el poder ha sido más que todo una de conflicto, conflicto sólo a veces creativo. Superados en Occidente los tiempos en que los Giordanos Brunos eran quemados en la hoguera y los Abelardos eran castrados, vino la época fundacional de la relación moderna entre los intelectuales y el poder durante lo que se llamó el Despotismo Ilustrado. Para el efecto, nos interesa sobre todo el adjetivo “ilustrado”, es decir, esa calidad complementaria del que todavía era un ejercicio sin límites del poder en casi toda Europa. El propio adjetivo de alguna manera convirtió a los pensadores en personajes necesarios en las cortes más avanzadas del continente, y el conflicto trocó el patíbulo por una mezcla entre el látigo, la prisión preventiva y las pensiones generosas. Éste es el contexto en que debe inscribirse la narración de Lytton Strachey sobre Federico II y Voltaire.

Voltaire era el intelectual por excelencia —avant la lettre, pues la palabra vino al mundo a fines del siglo XIX durante la polémica generada por el J’acusse de Zola, texto que justamente encarna la protesta airada de un intelectual contra los abusos del poder— y Federico el Grande un déspota ilustrado si los hubo. ¿La arena? SansSouci, el palacio que el Viejo Fritz se hizo construir cerca de Berlín y donde hoy en día está enterrado. Cabe recordar que los riesgos implícitos para el intelectual eran todavía muy considerables. Pablo de Olavide, para hablar de un español de origen americano que tuvo influencia en la corte contemporánea de Carlos iii, debió terminar su vida prácticamente incomunicado en un pueblo de Andalucía por haber perdido una partida similar a la que Voltaire dejó en tablas.

La óptica muy personal del narrador es discutible, pero Strachey acierta sin duda al decidir que no se trata de un episodio de buenos y malos. Sería demasiado sencillo. No sobraría agregar que la segunda mitad del siglo xviii fue tiempo de grandes premoniciones. Poco después vendrían alumbramientos sangrientos y liberaciones concomitantes que algunos, como el propio Voltaire, previeron con cierta claridad. En una carta al marqués de Chauvelin escrita en 1764, o sea diez años después de haberse alejado de Federico y de Potsdam, Voltaire decía, irónico como de costumbre: “Todo lo que veo arroja las semillas de una revolución que vendrá sin falta y de la que yo no tendré el placer de ser testigo. Los franceses llegan tarde a todo, pero llegan al fin. La luz se ha difundido tanto de bolsillo en bolsillo que todo estallará a la primera ocasión; ¡y entonces habrá un gran estruendo! Los jóvenes tienen mucha suerte: ellos verán bellas cosas”.

Bellas cosas que, jóvenes o no tanto, seguimos viendo a diario.

En el tiempo presente [octubre de 1915], cuando es difícil pensar en nada diferente de lo que es y de lo que será, podría valer la pena echar una ocasional mirada retrospectiva hacia lo que fue. Semejantes miradas por lo menos tendrán el humilde mérito de entretener y quién quita que también resulten instructivas. Ciertamente sería un error olvidar que Federico el Grande vivió alguna vez en Alemania. Tampoco sería del todo inútil recordar que ese curioso y viejo caballero, extremadamente flaco, extremadamente activo, usuario de pesadas pelucas, alguna vez decidió que después de todo le podía convenir no vivir en Francia. Pues mientras la moderna Alemania data del ascenso de Federico el Grande al trono de Prusia, la moderna Francia data de la mudanza de Voltaire a orillas del lago de Ginebra. La intersección entre estas dos vidas portentosas conforma uno de los más curiosos y celebrados incidentes de la historia. Para los lectores ingleses la relación es mejor conocida por los brillantes párrafos que le dedicó Macaulay, si bien la narración maestra y mucho más elaborada de Carlyle es familiar para cualquier amante de La historia de Federico II. Sin embargo, han pasado cincuenta años desde cuando Carlyle escribió su libro. Nuevos puntos de vista han surgido, y una cierta cantidad de material adicional —incluida la valiosa edición de la correspondencia de Voltaire y Federico, publicada a partir de los documentos originales existentes en los archivos de Berlín— se halla disponible. Por lo tanto, pese a la familiaridad con los rasgos principales de la historia, parece que una rápida revisión de la misma no estuviera fuera de lugar.

Voltaire tenía 42 años de edad, y ya era uno de los hombres más famosos de su época, cuando, en agosto de 1736, recibió una carta del príncipe heredero de Prusia. Esta carta fue la primera de una correspondencia que había de durar, con algunas notorias interrupciones, más de 40 años. La carta fue escrita por un joven de 24 años, cuyas cualidades personales se desconocían y cuya importancia parecía residir en que era el heredero aparente al título de una dinastía europea de segundo orden. Voltaire, aún así, no era hombre de hacerle el feo a la realeza, fuera cual fuera la forma que ésta asumiera; estaba claro, además, que el joven príncipe había adquirido por lo menos un barniz de cultura francesa, que estaba genuinamente ansioso de familiarizarse con las tendencias del pensamiento moderno y, sobre todo, que su admiración por el autor de la Henríada y de Zaire era ilimitada.

“La dulzura y el apoyo —escribió Federico— que vos expresáis a aquellos que se dedican a las artes y a las ciencias me hacen esperar que no me excluiréis del número de los que halláis dignos de vuestras instrucciones. Considero de tal manera fructífero el intercambio con vos, que no puede sino resultar provechoso a cualquier ser pensante. Oso inclusive afirmar, sin demérito de otros, que en el universo entero no se podría hacer excepción entre todos aquellos a quienes vos podríais servir de maestro”.

El gran hombre se sintió desde luego halagado y replicó con toda la elegante afabilidad en la que era maestro, declarando que su corresponsal era “un príncipe filósofo que hará felices a los hombres”. Acto seguido demostró que la cosa iba en serio al sumergirse de una vez en la discusión de las doctrinas metafísicas “del señor Wolf”, a quien Federico había señalado como “el más célebre filósofo de nuestros días”. Durante los siguientes cuatro años el intercambio continúo por el sendero establecido a la sazón. Era una correspondencia entre maestro y alumno: Federico, divididas sus pasiones entre la filosofía alemana y la poesía francesa, escribió de forma asimismo copiosa disquisiciones sobre el libre albedrío y sobre la “razón suficiente”, odas “Sobre la adulación”, epístolas sobre “La humanidad”, mientras Voltaire mantenía la pelota en juego con respuestas filosóficas no menos enormes, alternadas con correcciones minuciosas de los errores que su Alteza Real cometía en métrica y ortografía francesas. Así, aunque el interés de estas primeras cartas debió ser intenso para el joven príncipe, tienen demasiado poco sabor personal para resultar nada sino en extremo tediosas a ojos de un lector de hoy. Sólo muy ocasionalmente es posible detectar en medio de los largos y cuidados períodos leves vestigios de sentimiento o de carácter. La diligencia de Voltaire parece adquirir, una o dos veces, los colores de un verdadero entusiasmo, y uno nota que, después de dos años, las cartas de Federico ya no comienzan con el consabido “Monsieur”, sino con un “Mon cher ami” que luego se convierte casi sin quererlo en un “Mon cher Voltaire”, en tanto que el cuidadoso poeta sigue todo el tiempo con su “Monseñor”. Entonces, en una ocasión, Federico hace un pequeño reconocimiento que luce extraño a la luz de los eventos que vendrán.

“Sufrid —dice— que os pinte mi carácter, de modo que no os equivoquéis más al respecto... Tengo pocos méritos y poco saber, pero mucha buena voluntad, y un fondo inagotable de estima y amistad hacia las personas de virtud distinguida, con lo cual soy capaz de toda la constancia que una verdadera amistad exige. Cuento con juicio bastante para rendiros toda la justicia que merecéis; pero no con el suficiente para impedirme componer malos versos”.

Pero ésta es la excepción. Por regla, los cumplidos elaborados reemplazan a las confesiones personales, y mientras Voltaire no se cansa de comparar a Federico con Apolo, con Alcibíades y con el joven Marco Aurelio, de proclamar el renacimiento de “los talentos de Virgilio y de las virtudes de Augusto”, de declarar que “Sócrates me es indiferente, es a Federico a quien amo”, el príncipe heredero corresponde con un flujo de encomios comparables, que a veces alcanzan alturas singulares. “No creáis”, dice, “no llevo mi escepticismo al extremo... Creo, por ejemplo, que hay un solo Dios en este mundo y un solo Voltaire; creo, aún más, que ese Dios tenía necesidad de ese Voltaire en este siglo para hacerlo amable”. Decididamente los cumplidos del príncipe eran demasiado enfáticos, y los del poeta demasiado ingeniosos. Como lo dijo el propio Voltaire luego, “los epítetos no nos costaban nada”. Sin embargo, ninguno de los dos carecía de un pequeño residuo de sinceridad. La admiración de Federico rondaba lo sentimental, y Voltaire había empezado a permitirse la esperanza de que algún día, en un corte alemana de provincia, una testa coronada dedicara su vida a la filosofía, al buen sentido y al amor por las letras. Ambos tendrían un curioso despertar.
 

En 1740 Federico se convirtió en el rey de Prusia, y una nueva época comenzó en las relaciones entre ambos hombres. Los diez años siguientes fueron, de lado y lado, años de creciente desilusión. Voltaire descubrió bien pronto que su frase sobre “un príncipe filósofo que hará felices a los hombres” era eso, una frase y nada más. Su príncipe filósofo se embarcó en una carrera de conquistas que sumió a Europa entera en una guerra y convirtió a Prusia en una gran potencia militar. Federico, al parecer, era al mismo tiempo un fenómeno mucho más importante y mucho más peligroso de lo que Voltaire había sospechado. De otro lado, la mente madura del rey percibió con rapidez que el entu¬siasmo del príncipe debía ser moderado en considerable medida. El cambio en el punto de vista fue, sin duda, muy rápido. Nada sorprende más que la alte¬ración en el tono de la correspondencia de Federico durante los pocos meses que siguen a su ascenso al trono: la voz del joven rudo e inexperimentado no se oye más, y en su lugar aparece —de una vez y para siempre— la expresión cáustica y contenida de un acre hombre de mundo. En esta transformación era apenas natural que la maravillosa figura de Voltaire perdiera parte de su brillo, especialmente si se tiene en cuenta que ahora Federico empezó a poder inspeccionarla en carne y huesos con la agudeza de sus propios ojos. Los amigos se encontraron en tres o cuatro oportunidades, y es patente que después de cada encuentro siguió una ostensible frialdad por parte de Federico. Con súbita brusquedad le escribe a Voltaire acusándolo de mostrar sus manuscritos, los cuales, insiste, sólo le habían sido enviados bajo condición de secreto inviolable. Escribe a Jordan quejándose de la avaricia de Voltaire en términos muy ásperos. “Tu avaro apurará las heces de su insaciable deseo de enriquecerse... Su aparición de seis días me costará quinientos cincuenta escudos diarios. Está bien pagarle a un loco; pero jamás un bufón de gran señor obtuvo gajes parecidos”. Declara que “el cerebro del poeta es tan ligero como el estilo de sus obras” y agrega en tono sarcástico que se trata de un hombre extraordinario en todo.

Pero mientras su opinión sobre el carácter de Voltaire rápidamente se hacía más y más severa, la admiración por sus talentos permaneció invariable. Con ser que al ascender al trono Federico desistió de la metafísica, nunca cejaría en su pasión por la poesía francesa, arte absorbente en el cual reconocía a Voltaire como un maestro insuperable. Durante años insistió en la idea de que, un día u otro, llegaría a poseer —fue la palabra que usó— al autor de la Henríada, exhibiéndolo en Berlín como el ornamento más brillante de su corte, con el propósito, por encima de todo, de tenerlo siempre a mano para dar pulimento final a sus propios versos. En el otoño de 1743 por un momento pareció que su deseo se vería gratificado. Voltaire pasó varias semanas de visita en Berlín. Allí se vio deslumbrado por el donaire de la recepción y por el esplendor de sus alrededores y empezó a escuchar las melifluas serenatas de Su Majestad prusiana. El gran obstáculo para los deseos de Federico era la relación de Voltaire con madame du Châtelet. Voltaire había vivido con ella durante más de diez años, se veía atado por lazos de amistad y gratitud y había declarado con frecuencia que nunca la dejaría: no, ni siquiera por todas las seducciones de los príncipes. Ella se habría prestado, sin duda, a acompañar a Voltaire a Berlín, pero semejante solución de ningún modo podía convenir a Federico. A él no le gustaban las mujeres —ni siquiera damas como madame du Châtelet— lo suficientemente versadas para traducir a Newton y para discutir los pormenores de la filosofía de Leibniz. Federico había apostado a poseer a Voltaire del todo o a no poseerlo. Éste, pese a las repetidas tentaciones, había permanecido fiel a madame du Châtelet, pero ahora la pobre empezó a alarmarse en serio por primera vez. Las cartas desde Berlín se hicieron más y más escasas y más y más ambiguas; no sabía nada de sus planes; “está totalmente ebrio”, exclamó en su consternación a d’Argental, uno de los más viejos amigos del filósofo. Con cada llegada del correo temía enterarse de que al fin la había abandonado para siempre. Pero de repente Voltaire regresó. El hechizo de Berlín se había roto, y él caía a sus pies una vez más.

Lo que había pasado era altamente característico tanto del poeta como del rey. Ambos habían tratado de poner una trampa al contrario, y ambos habían sido pillados en el intento. El gobierno francés estaba ansioso por enterarse al detalle de las intenciones diplomáticas de Federico, en forma extraoficial. Voltaire ofreció sus servicios, y se acordó que escribiera a Federico declarando que se veía obligado a dejar Francia durante un tiempo debido a la hostilidad de un miembro del gobierno, el obispo de Mirepoix, por lo que pedía su hospitalidad. Federico no cayó en la trampa: aun cuando no descifró la totalidad de la intriga, percibió con claridad que la visita de Voltaire era en realidad la de un agente del gobierno francés. También creyó ver una oportunidad de cumplir los deseos de su corazón. Con el fin de dar verosimilitud a su historia, Voltaire vilipendió y ridiculizó al obispo de Mirepoix en su carta a Federico, quien por su parte remitió la carta en secreto al propio Mirepoix. Su cálculo era que Mirepoix se escandalizaría a tal punto que a Voltaire le resultaría imposible regresar nunca a Francia, en cuyo caso al filósofo no le quedaría más remedio que permanecer donde estaba, en Berlín, y que madame du Châtelet tendría que conformarse. El plan de Federico falló, por supuesto, y Voltaire fue debidamente informado por Mirepoix de lo que había sucedido. Naturalmente se puso iracundo. Casi se había inducido a sí mismo a permanecer en Berlín, y ahora se enteraba de que por medio de trampas e intrigas su anfitrión estaba intentando obligarlo a permanecer allí, lo quisiera o no. Pasó mucho tiempo antes que perdonara a Federico. Pero el rey estaba muy ansioso por arreglar la pelea; todavía no se deshacía de la esperanza de asegurar la presencia de Voltaire. Además, ahora lo apremiaba otro deseo más inmediato: quería echar un vistazo a esa famosa obra escandalosa que Voltaire tenía guardada en el cajón más profundo de su escritorio y que sólo revelaba a sus amigos más íntimos: La Pucelle (La Doncella).
 

En consecuencia, las cartas reales se hicieron más y más frecuentes que nunca. La mano real adulaba e imploraba: “No seáis injusto por cuenta de mi carácter; además, os está permitido bromear sobre mi persona según os plazca”. “¡La Pucelle, La Pucelle, La Pucelle y todavía La Pucelle!”, exclama. “Por el amor de Dios, y aún más por amor a vos mismo, enviádmela”. Al final Voltaire terminó por ceder. Envió algunos fragmentos de su Pucelle —apenas los suficientes para estimular el apetito de Federico— y se declaró reconciliado. “Os he amado con ternura”, escribió en marzo de 1749; “estuve enfadado con vos, os perdoné y en la actualidad os amo con locura”. Menos de un año después, la situación había sufrido un vuelco completo. Madame du Châtelet había muerto, y la posición de Voltaire en Versalles, pese a su amistad con madame de Pompadour, se había vuelto casi tan imposible como él había pretendido que era en 1743. Federico ansiosamente repitió la invitación, y esta vez Voltaire no la rehusó. Tuvo el cuidado de hacer un magnífico trato: Federico se obligaba a pagar los gastos del viaje. El filósofo llegó a Berlín en julio de 1750. Le fueron asignados cuartos en los palacios reales de Berlín y Potsdam; fue nombrado chambelán de la corte y recibió la Orden al Mérito, junto con una pensión de 800 libras al año. Estos acuerdos causaron considerable diversión en París, y durante algunos días se vieron buhoneros a orillas del Sena vendiendo carteles de Voltaire vestido de pieles, al grito de “¡Voltaire el prusiano! ¡Barato, el famoso prusiano!”.

El curioso drama que siguió, con sus peripecias farsescas y su desenlace tragicómico, no se puede entender sin considerar en forma breve los sentimientos e intenciones de los dos principales actores involucrados. La posición de Federico es de una relativa claridad. Había descartado los últimos vestigios del aprecio que alguna vez sintiera por el carácter de Voltaire. Francamente lo consideraba un bellaco. En septiembre de 1749, a menos de un año de su llegada y durante el propio período en que le dirigía las más urgentes invitaciones, lo encontramos usando el siguiente lenguaje en una carta a Algarotti:

“Voltaire acaba de hacerme un truco indigno”. (Había estado mostrando a sus amigos una versión tergiversada de una de las cartas de Federico). “Debería ser flordelisado en el Par¬naso. Lástima grande que un alma tan cobarde esté unida a un genio semejante. Tiene las gentilezas y las malicias de un simio. Ya os contaré cuáles cuando os vuelva a ver; sin embargo, no me daré por enterado pues necesito de él para mis estudios de elocución francesa. Cabe aprender cosas útiles hasta de un canalla. Quiero saber su francés, ¿qué me importa su moral? Este hombre encontró los medios para reunir en sí a todos los contrarios. Uno admira su espíritu al tiempo que desprecia su carácter”.

No hay ninguna ambigüedad sobre esto. Voltaire era un bellaco, pero un bellaco de genio. Podía ser el mejor profesor posible de élocution française; por lo tanto, era necesario que viniera a vivir a Berlín. En cuanto a lo demás, no había ni peligro de cualquier intercambio de simpatías, de cualquier sentimiento genuino de amistad, de respeto o hasta de estima. La confesión es cínica, sin duda, pero al menos es directa y ante todo está peculiarmente desprovista del menor elemento de autoengaño. Con frases tan tajantes en mente, la supuesta actitud de Federico, sugerida con frecuencia por Carlyle —según la cual fue una víctima de excelsos malentendidos que siempre estaba a la espera de lo mejor, y que, una vez la explosión llegó, se vio muy sorprendido y profundamente decepcionado—, es por supuesto insostenible. Si alguien alguna vez actuó con los ojos bien abiertos, éste fue Federico al invitar a Voltaire a Berlín.

Aunque todo ello está claro, la carta a Algarotti traiciona, en más de un aspecto, un estado de ánimo muy singular. La cálida devoción hacia l’élocution française se entiende con facilidad, pero la devoción de Federico era mucho más que cálida, era tan absorbente e intensa que no le dio respiro hasta que, por caminos torcidos y derechos, mediante súplica o trampa, pagando en dinero contante y sonante, obtuvo la proximidad constante —¿de quién?—, de un hombre al que él mismo describía como un “simio” y un “canalla”, de alma indigna y carácter despreciable. A Federico nada de esto parece sorprenderle. Para él es del todo natural no ya estar de acuerdo con el curso de acción, sino correr con deleite los riesgos implícitos en la indudable ruindad de Voltaire, con el fin de tener asegurado el beneficio de la no menos indudable maestría de Voltaire en la versificación francesa. Esto resulta ciertamente extra¬ño, si bien su explicación reside en la extraordinaria moda —una moda de veras tan extraordinaria que es muy difícil para el lector moderno hacerse a una idea de ella— de la que gozaban a lo largo y ancho de Europa la literatura y la cultura francesas a mediados del siglo XVIII. Federico apenas representa una instancia extrema de ese hecho universal. Al igual que todos los alemanes con algún nivel de educación, él acostumbraba escribir y hablar en francés; al igual que toda dama y todo caballero desde Nápoles hasta Edimburgo, su vida estaba regulada por las convenciones sociales francesas; al igual que cualquier amante de las letras desde Madrid hasta San Petersburgo, toda concepción del gusto literario, toda medida de valor literario era francesa. Para él, como para la vasta mayoría de sus contemporáneos, la propia esencia de la civilización estaba concentrada en la literatura francesa, en especial en la poesía; y poesía francesa significaba para él, como para sus contemporáneos, ese tipo particular de poesía que se había puesto de moda en la corte de Luis XIV. Este curioso credo era tan estrecho como universalmente prevaleciente. El Grand Siècle era la Iglesia infalible, y se consideraba herejía dudar del evangelio de Boileau.
 

La biblioteca de Federico, conservada en Potsdam, nos muestra lo que un hombre cultivado en esos días entendía por literatura: se compone por completo de los clásicos franceses, de las obras de Voltaire y de las obras maestras de la Antigüedad traducidas al francés del siglo XVIII. Pero Federico no se contentaba con la mera apreciación, él también aspiraba a crear; él también escribiría alejandrinos sobre el modelo de Racine y madrigales a la manera de Chaulieu; él se haría presente en persona en el recinto sagrado y quemaría incienso con sus propias manos en el más íntimo de los santuarios. No importaba que fuera un forastero, no importaba que su conocimiento de la lengua francesa fuera incompleto e incorrecto, su sentido de la propia habilidad lo impulsaba hacia adelante, y su infatigable tenacidad lo mantuvo ocupado en esta extraña tarea a lo largo de su vida. Federico llenó volúmenes cuyos contenidos ilustran de la manera quizá más completa en la historia de la literatura el muy gastado proverbio: Poeta nascitur, non fit. El espectáculo de esa pesada musa alemana, con sus pies apiñados en zapatillas de ballet, ejecutando con increíble aplicación ora las majestuosas medidas de un minuet versallesco, ora los ágiles pasos de una giga parisina, sería entre ridículo y patético —es difícil decidir cuál de los dos— si no fuera tan obviamente ninguna de las dos cosas, sino simplemente desolador, de una desolación tan inefable que los ojos de los hombres se apartan de él con un abatimiento tembloroso. El propio Federico sentía que algo no andaba bien; algo, no mucho. Todo cuanto reque¬ría era algún consejo experto, y desde luego que Voltaire era el hombre para impartirlo —Voltaire, el único heredero verdadero de la gran época, el dramaturgo que revivía las glorias de Racine (¿acaso no fueron las lágrimas de Federico casi tan copiosas ante Mahoma como ante Británico?), el poeta épico que había eclipsado tanto a Homero como a Virgilio (¿acaso no tenía Federico todo el derecho de juzgar, habiendo leído La Ilíada en prosa francesa y La Eneida en verso francés?), el maestro de la lírica cuyas odas y epístolas en ocasiones sobrepasaban (lo confesaba Federico con asombro) hasta a las del marqués de la Fare. Voltaire, no debía caber duda, era lo que se necesitaba; él encontraría la manera de reducir la cintura de la Calíope teutona un poco más, de aplicar con los hábiles dedos el toque justo de rouge a sus mejillas, de dotar a sus movimientos con el postrer matiz del porte correcto. Y si hacía todo eso, ¿qué podían importar las manchas en su carácter? “Cabe aprender cosas útiles hasta de un canalla”.

Aparte de eso, Voltaire podía ser lo bribón que se quisiera, Federico se sentía convencido de que lo podía mantener en cintura. Uno o dos golpes del látigo del amo —cualquier frialdad en la actitud de Su Majestad, la menor sugerencia de una interrupción en la pensión— y el simio cesaría sus cabriolas sin chistar. No parece habérsele ocurrido nunca que la posesión del genio podría implicar una calidad de espíritu diferente de la del hombre ordinario. Éste fue su gran error, su error fundamental: el ingenuo error de un cínico. Él sabía que no debía hacerse ilusiones en cuanto a las fallas de Voltaire, y supuso que tampoco debía hacérselas en cuanto a sus méritos. Imaginó inocen¬temente que la capacidad para la gran escritura era algo que se podía separar de su poseedor tan fácilmente como un sombrero o un guante. “Lástima grande que un alma tan cobarde esté unida a un genio semejante”. ¡Lástima, pues!, como si no hubiera nada más extraordinario en tal combinación que la de una mujer bonita y un vestido feo. Federico agarró entonces su látigo con un poco más de firmeza y se recordó a sí mismo de nuevo que, pese a la genialidad, era asunto de tratar con un simio. Estaba equivocado: no estaba tratando con un simio, sino con un diablo, lo que es cosa harto diferente.

Un diablo ¿o quizá un ángel? No hay manera de estar bien seguro, pues en medio de las complejidades de ese espíritu extraordinario, en el que el bien y el mal se entretejían tan misteriosamente, en el que los elementos de oscuridad y luz se hallaban entremezclados en una am¬bigüedad cada vez más profunda, doblez tras doblez, mientras más clara la visión más clara la perplejidad, mientras más imparcial el juicio más profunda la duda. Una cosa al menos no tenía disputa: ese espíritu, admirable u odioso, era movido por una fuerza terrible. Federico no se había percatado de ello; y, en efecto, aunque Voltaire tenía 56 años cuando llegó a Berlín, aunque su vida entera había transcurrido bajo una ráfaga de publicidad, no existía todavía ningún contemporáneo suyo que entendiera a cabalidad la verdadera naturaleza de su genio; quizá hasta a él mismo se le ocultaba. Había alcanzado el umbral de la vejez, y el trabajo de su vida se hallaba aún frente a él. Ya no asumiría su lugar en el mundo como autor de tragedias y de obras épicas. ¿Lo sabía acaso en el fondo de su conciencia? ¿Lo empujaba algún oscuro instinto, a esa edad tardía, a romper con los lazos de toda una vida y a lanzarse al vacío?

Es difícil precisar cuáles hayan sido sus motivos exactos a la hora de embarcarse en la aventura berlinesa. Es cierto que estaba hastiado de París —era mal recibido en la Corte y se veía atormentado por infinidad de peleas y de celos literarios; sería muy agradable demostrar a sus coterráneos que tenía otras cartas bajo la manga, que, si ellos no lo apreciaban, Federico el Grande en cambio sí lo hacía. También es cierto que admiraba el intelecto de Federico, que se sentía halagado por la deferencia. “Él tenía su esprit”, diría luego, “su gracia y, además, era un rey; lo que siempre seduce mucho, dada la debilidad humana”. Su vanidad no podía resistir el prestigio de una intimidad con la realeza, y sin duda gozó a fondo el mayor ascendiente que le aportaban la llave de chambelán y el rango, para no hablar de las 800 libras adicionales que entraban a su peculio. Pero por el lado opuesto estaba consciente de que trocaba libertad por servidumbre y que había sellado un trato con un hombre que se aseguraría de obtener a cambio de su dinero todo lo que éste compraba; y sabía en su corazón que tenía algo mejor que hacer que desempeñar, así fuera con éxito, el papel de cortesano. Tampoco se sentía atado a Federico; en realidad no se sentía atado a ninguna persona en el planeta. Ciertamente nunca fue un hombre de sentimientos, y ahora que estaba viejo y endurecido por los usos del mundo, se había reducido a la esencia de lo que siempre fue: un luchador sin ternura, sin escrúpulos, sin remordimientos. No, él fue a Berlín con sus propios propó­sitos en mente, tan discutibles como éstos hayan sido.
 

Es curioso observar que en la correspondencia con su sobrina, madame Denis, a quien había dejado en París a cargo de su casa y en quien confiaba —si acaso puede decirse que llegó a confiar en alguien—, repetidamente afirma que su visita a Berlín no es permanente. Al principio declara que sólo piensa quedarse unas semanas con Federico, que luego irá a Italia a visitar a “Su Santidad” y a inspeccionar “la ciudad subterránea”, y que piensa regresar a París en el otoño. Llega el otoño y los caminos están demasiado embarrados para viajar; debe por lo tanto esperar al invierno a que el hielo los endurezca. Llega el invierno y hace mucho frío para moverse, pero a no dudar regresará en primavera. Llega la primavera y entonces está a punto de terminar El siglo de Luis XIV; debe pues esperar unas semanas más. El libro se publica, pero ¿cómo aparecerse en París antes de estar seguro de que sea un verdadero éxito? Y así da largas al asunto, demorándose y fingiendo, hasta que transcurre todo un año, y todavía da más largas, y todavía está a punto de partir pero no parte. En el entretanto, para todos los efectos es un oficial asalariado en la corte de Federico y escribe al resto de sus amigos para asegurarles que nunca ha sido tan feliz, que no ve razón alguna por la que debiera partir nunca. ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? ¿Podría él mismo haberlas precisado? ¿No tenía tal vez en alguna recóndita y secreta esquina de su cerebro, donde ni él mismo se atrevía de veras a mirar, la premonición de lo que vendría? Durante su aventura berlinesa, por momentos parece como un gran moscardón que entrara en un salón por la ventana para volar frenéticamente de una pared a la otra antes de salir, asimismo de repente, por otra ventana que se abre, en una dirección totalmente distinta, sobre unos campos amplios y floridos. De modo que quizá la alocada criatura sí sabía hacia dónde se dirigía después de todo.

Sea de ello lo que fuere, para el observador imparcial es evidente que la visita de Voltaire sólo podía terminar como terminó, con la expulsión. Los elementos de la situación eran demasiado combustibles para cualquier otro desenlace. Cuando dos ególatras confirmados deciden por razones del todo egoístas vivir bajo un mismo techo, todos saben lo que sucederá. Durante un tiempo el sentido del mutuo beneficio puede inducirlos a tolerarse, pero tarde o temprano la naturaleza humana se reafirma y el ménage salta en pedazos. En el caso de Voltaire y Federico las dificultades inherentes al asunto se veían intensificadas por el hecho de que la relación entre ambos era, en realidad, la de un criado y su patrón, por el hecho de que Voltaire, bajo un disfraz muy tenue, era un sirviente pagado, mientras Federico, con la condescendencia que se quiera, era un autócrata cuya voluntad tenía fuerza de ley. De ahí que las dos famosas y míticas frases, repetidas sin cesar por los historiadores del incidente, sobre cáscaras de naranja y ropa sucia, resuman en efecto la clave del asunto. “Cuando uno ha exprimido una naranja, se deshace de la cáscara”, le dijo alguien a Voltaire que habría respondido el rey ante la pregunta de cuánto tiempo más pensaba tolerar las extravagancias del poeta. Y Federico, por su parte, fue informado de que Voltaire, al recibir un nuevo lote de versos del rey para su corrección, habría exclamado: “¿El hombre espera que yo le siga lavando la ropa sucia para siempre?”. Ambos tenían bien claras sus propias debilidades y ambos estaban aguda y desapaciblemente conscientes de que el otro las conocía también. Así, apenas unas pocas semanas después de la llegada de Voltaire, pequeñas nubes de discordia se hicieron visibles en el horizonte. Descargas eléctricas de irritabilidad empezaron a tener lugar, con más y más frecuencia y con mayor violencia a medida que pasaba el tiempo; y uno puede escuchar, en la más estricta privacidad, al burro y al conejo acusándose mutuamente de tener grandes orejas. “El monstruo”, susurra Voltaire a madame Denis, “abre toda nuestra correspondencia” —eso dice uno cuya ligereza con la correspondencia ajena era proverbial. “El simio”, murmura Federico, “enseña mis cartas privadas a sus amigos” —eso dice otro al que no le había temblado la mano a la hora de enviar las cartas de Voltaire al obispo de Mirepoix. “Yo estaría feliz aquí”, exclama el endurecido y viejo poeta, “si no fuera por una cosa: ¡Su Majestad no tiene corazón!”. Y mientras tanto Federico, quien nunca se había permitido abrir su apretado puño sin alguna poderosísima razón para ello, andaba atareado cocinando epigramas sobre la avaricia de Voltaire.

Fue sin duda la pasión de Voltaire por el dinero la que produjo una primera tormenta de verdad seria. A los tres meses de su llegada a Berlín, la tentación de aumentar su ya considerable fortuna mediante un golpe ilegal de especulación accionaria resultó demasiado fuerte para él, y se vio involucrado en una serie de oscuras transacciones financieras con un judío; peleó con el judío; vino una acre demanda con acusaciones y contraacusaciones de la más baja calaña, y aunque el judío perdió el caso por un detalle de procedimiento, ciertamente el poeta no salió del juzgado libre de manchas sobre su carácter.

Entre otras faltas, es casi seguro —la evidencia no alcanza a ser del todo concluyente— que Voltaire recurrió a falsificaciones para apoyar un acto de perjurio. Federico estaba furioso y por un momento estuvo a punto de expulsarlo de Berlín. Hubiera sido un acto prudente. Pero no, no podía apartarse de su beau génie tan pronto. Restalló su látigo, y tras cantarle la tabla al simio, se contentó con alzarse de hombros y exclamar: “No era más que un bribón con ganas de engañar a un pícaro”. Unas semanas más tarde el favor real volvió a brillar, y Voltaire, quien se había estado escondiendo en una casa de campo, salió de su escondite y pudo bañarse de nuevo bajo esos rayos refulgentes.

Los rayos eran decididamente refulgentes, tanto así, que casi llegaron a satisfacer la vanidad de Voltaire: casi, pero no del todo. Sucedía que, aunque su gloria era grande, aunque era el centro de la admiración de todos los hombres, cortejado por nobles, adulado por princesas —existe todavía una carta de una de las hermanas de Federico en la que ella, temblorosa devota, se arriesga a elogiar las obras del gran hombre que “os hacen tan célebre e inmortal”—, aunque contaba con tiempo suficiente para sus actividades privadas, aunque podía a diario trenzarse en brillantes conversaciones con el rey, aunque podía olvidar durante semanas que era un sirviente a sueldo de un déspota celoso, aún así seguía existiendo el pétalo arrugado de la rosa en medio de las sábanas de seda, y en las noches dormía mal. No era el único francés en la corte de Federico. El monarca se había rodeado de un pequeño grupo de hombres —extranjeros en su mayoría— cuya función era instruirlo cuando quería elevar su mente, adularlo cuando estaba de malas pulgas y divertirlo cuando se aburría. Casi ninguno de ellos era del todo un segundón. Algarotti era un elegante diletante en asuntos científicos que había escrito un libro para explicar las teorías de Newton a las damas; d’Argens era un escritor amable y erudito de sesgo librepensador aburrido; Chasot era un militar retirado con demasiadas deudas y Darget un secretario afable con demasiados amoríos; La Mettrie era un médico que había tenido que exiliarse de Francia a causa de su ateísmo y sus malos modales, y Pollnitz era un barón decadente que, dada la dureza de las circunstancias, se había visto obligado a cambiar de religión seis veces.

Éstos eran los contertulios entre quienes Federico solía pasar sus horas de ocio. Cuando no tenía nada mejor que hacer, se ponía a intercambiar epigramas rimados con Algarotti, o a discutir sobre la religión judaica con d’Argens, o a escribir largos e impropios poemas sobre Darget en el estilo de La Pucelle. O bien llamaba a La Mettrie, quien en el acto se ponía a demostrar la irrefutabilidad del materialismo mediante una serie de paradojas salvajes, todo en medio de grandes carcajadas, antes de temblar y santiguarse por haber derramado la sal, para eventualmente perseguir a Su Majestad con sus bufonerías hasta lugares a los que incluso los de la realeza prefieren ir solos. En otros momentos Federico se divertiría reduciendo la pensión de Pollnitz, en ese momento luterano, para luego escribirle largas y serias cartas en las que le sugería que si sólo se convirtiera al catolicismo de nuevo, podría conseguirle un puesto de abad en Silesia. Aunque parezca extraño, Federico no era popular entre los reclusos de esta pequeña cofradía, y a cada rato alguno de ellos intentaba fugarse. Darget y Chasot tuvieron éxito a la hora de pasar por las rejas: habiendo obtenido permiso para ir de visita a París, se quedaron allí. El pobre d’Argens con frecuencia intentó seguir el ejemplo —más de una vez puso rumbo a Francia, jurando en secreto nunca volver—, pero no tenía dinero, y cuando Federico enseñaba el señuelo, el pobre infeliz siempre se sentía atraído de regreso al cautiverio. En cuanto a La Mettrie, éste se escapó de un modo diferente, muriendo una noche después de la cena por haber consumido estofado de faisán en exceso. “¡Jesús, María!”, exhaló al sentir que los dolores de la muerte le sobrevenían. “¡Ah!”, dijo el cura que habían ido a buscar, “véalo usted por fin de regreso a esos nombres consoladores”. La Mettrie, con un juramento, expiró. Al enterarse de esta conclusión heterodoxa, Federico dijo: “Al menos me siento tranquilo por al eterno descanso de su alma”.

En medio de este apolillado círculo de excéntricos había una única figura cuya distinción y respetabilidad sobresalían en claro contraste con los demás: Maupertius, presidente de la Academia de Ciencias de Berlín desde 1745. Maupertius ha tenido un destino infortunado: primero fue aniquilado por el ridículo de Voltaire, luego fue recreado por el humor de Carlyle; pero era un hombre ambicioso, con muchas ansias de celebridad, ansias que se han visto gratificadas en forma sobreabundante. En vida era sobre todo conocido por su viaje a Laponia y por observaciones realizadas allí que le permitieron corroborar la doctrina newtoniana según la cual la Tierra es achatada en los polos. Tenía en su haber considerables logros científicos, era honesto y enérgico; parecía justo el hombre indicado para reverdecer los marchitos laureles de la ciencia prusiana, y cuando Federico logró inducirlo a venir a Berlín como presidente de la Academia, la escogencia dio la impresión de justificarse ampliamente. De otro lado, Maupertius se creía ingenioso, y en las primeras épocas sus mordaces y elegantes sarcasmos más de una vez abrumaron a sus adversarios científicos. Semejantes éxitos convenían a Federico en forma admirable. Maupertius, declaró el rey, era un homme d’esprit, y el feliz presidente de la Academia se convirtió en un invitado constante a las cenas reales. Este feliz, este demasiado feliz presidente de la Academia de Ciencias era el pétalo arrugado de la rosa en la cama de Voltaire. Los dos hombres se habían conocido ligeramente durante muchos años y siempre habían expresado la más alta admiración el uno por el otro, pero la amabilidad mutua ahora se veía sometida a una dura prueba. El sagaz Buffon detectó el peligro desde lejos: “esos dos hombres”, escribió a un amigo, “no están hechos para permanecer juntos en un mismo cuarto”. Y, en efecto, para el vanidoso y sensible poeta, vacilante sobre la cordialidad de Federico, receloso de enemigos ocultos, intensamente celoso de los posibles rivales, el espectáculo de un Maupertius radiante durante las cenas, a sus anchas, obviamente respetado, obviamente superior a las deslucidas mediocridades que había en derredor, era un panorama de bilis y hiel. De modo que se puso a observar con cuidado, y entonces esos ojos penetrantes con renovada malignidad empezaron a descubrir cosas, y ese cerebro implacable empezó a hacer su trabajo.

Maupertius exhibió muy poco tino. En vez de intentar reconciliarse con Voltaire, cometió la osadía de desatar las hostilidades. Era más que natural que se hubiera mosqueado. Durante cinco años había sido la figura dominante en el circulo real y ahora se veía de repente despojado de su preeminencia y era puesto por completo a la sombra. ¿Quién pondría atención a Maupertius mientras Voltaire hablaba? Voltaire de forma tan obvia eclipsaba a Maupertius como Maupertius eclipsaba a La Mettrie, a Darget y a los demás. En su exasperación, el presidente de la Academia se tomó la molestia de otorgar su protección a un literato de mala reputación, La Beaumelle, enemigo declarado de Voltaire. Eso quería decir guerra, y la guerra no tardó mucho en estallar.

Algunos años atrás Maupertius creía haber descubierto una importante ley matemática: “el principio de mínima acción”. La ley era, en efecto, importante y ha tenido una historia fructífera en el desarrollo de la teoría mecánica, pero como lo ha demostrado el señor Jourdain en una monografía reciente, Maupertius la enunciaba de manera incorrecta, sin caer en cuenta de sus verdaderos alcances. Una enunciación mucho más precisa y científica de ella fue hecha, con retardo de unos cuantos meses, por Euler. No obstante, Maupertius estaba muy orgulloso de aquel descubrimiento que, en su opinión, encarnaba una de las principales razones para creer en la existencia de Dios y, por lo tanto, se puso iracundo cuando, a poco de llegado Voltaire a Berlín, un matemático suizo, Koenig, publicó una amable memoria en la que atacaba tanto la exactitud como la originalidad de su formulación, citando en el apoyo de su argumentación una carta inédita de Leibniz en la que la ley era expresada de forma más exacta. En cambio de argüir los méritos de su caso, Maupertius declaró que la carta de Leibniz era una falsificación y, en consecuencia, que las afirmaciones de Koenig no merecían consideración alguna. Cuando Koenig replicó en protesta, Maupertius optó por un paso más drástico. Citó a una reunión de la Academia de Ciencias de Berlín, de la cual hacía parte Koenig, expuso el caso en su seno y propuso que se declarara solemnemente a Koenig un falsificador y a la carta de Leibniz espuria y falsa. Los miembros de la Academia se asustaron; sus pensiones dependían de la buena voluntad del presidente; incluso al ilustre Euler no le dio vergüenza participar en esta absurda y bochornosa condena.

De inmediato Voltaire vio que su oportunidad había llegado. Maupertius se ponía en una situación total y absolutamente ilegítima. Era ilegítimo atribuir a su descubrimiento un valor que no poseía; era ilegítimo negar la autenticidad de la carta de Leibniz y, sobre todo, era ilegítimo someter una cuestión puramente científica a la jurisdicción disciplinaria de una academia. Si Voltaire atacaba ahora, tendría al enemigo a su merced. Sólo había una consideración que lo ponía a vacilar, y ésta era grave: atacar a Maupertius en ese tema era, de facto, atacar al rey. No sólo estaba Federico enterado de la acción de Maupertius, sino que la reputación de su Academia y del presidente de la misma le resultaban en extremo sensibles, y sin duda consideraría cualquier interferencia por parte de Voltaire, quien recibía sueldo de su erario, un flagrante acto de deslealtad. Aún así Voltaire decidió asumir el riesgo. Ya llevaba más de dos años en Berlín y la atmósfera de la Corte había empezado a pesar sobre su espíritu; se sentía inquieto, se sentía temerario, quería pelea; se enfrentaría a Maupertius solo o a Maupertius combinado con Federico, poco le importaba cuál de las dos cosas. Se jactaba de que le callaría el pico al presidente de la Academia a como diera lugar.

Como medida preparatoria, retiró su dinero sobrante de Berlín y lo invirtió con el duque de Wurtemberg. “Pongo orden en mis asuntos con total suavidad”, le escribió a madame Denis. Entonces, el 18 de septiembre de 1752, apareció en los periódicos un breve artículo titulado: “Respuesta de un académico de Berlín a un académico de París”. Era una confirmación —letal en su audaz simplicidad, en su estudiada frialdad, en su fuerza concentrada— del caso de Koenig contra Maupertius. El presidente ha de haberse puesto pálido al leerlo, pero el rey se puso colorado. Era obvio que la terrible invectiva sólo podía provenir de la pluma de un hombre, y ese hombre estaba recibiendo una pensión real de 800 libras anuales y se paseaba a sus anchas con la dorada llave de chambelán en el bolsillo. Federico voló a su escritorio y compuso un panfleto indignado, que luego hizo publicar con las insignias dinásticas prusianas en primera página. Era un escrito endeble, lleno de elogios exagerados a Maupertius y de torpes diatribas contra Voltaire: la reputación del presidente se comparaba en serio con la de Homero; el autor de la “Respuesta de un académico de Berlín a un académico de París” era declarado “autor de libelos sin genio”, “impostor descarado” y “escritor desgraciado”. En cuanto a la “Respuesta” en sí, era una “grosería chata” cuya publicación constituía un acto “malicioso, cobarde e infame”, un “atentado horroroso”. La presencia de las insignias reales apenas intensificaba la inutilidad del arrebato. “El águila, el cetro y la corona”, escribió Voltaire a madame Denis, “se hallarán bien sorprendidos de estar allí”. Pero una cosa era indudable: el rey se había metido en la pelea. El ánimo de Voltaire estaba encendido, y no se arrepentía. Una suerte de exaltación hizo presa de él; desde ese momento el camino era claro, haría todo el daño posible antes de alejarse de Prusia para siempre. Surgió entonces en el momento preciso una oportunidad inesperada para una de esas furiosas arremetidas que tan bien se le daban. “Yo no tengo ningún cetro”, disparó en tono ominoso a madame Denis, “pero tengo una pluma”.
 

En el entretanto, la vida de la Corte, que ocurría sobre todo en el pequeño palacio de Sans-Souci que Federico había construido para sí en Potsdam, seguía por su curso acostumbrado. Era una vida singular, medio militar, medio monástica, rígida, retirada, de la que los placeres ordinarios de la sociedad estaban estrictamente excluidos. “¿Qué hacéis vosotros aquí?”, le preguntaron a uno de los príncipes una vez. “Conjugamos el verbo aburrirnos”, fue la respuesta. Pero dígase lo que se quiera de Voltaire, ese verbo era desconocido para él. Encerrado el día entero en el extraño cuartito que todavía se preserva para los ojos de los curiosos, con sus ventanas que dan a los jardines formales y con sus paredes amarillas decoradas con densos altorrelieves de frutas, flores y aves, el infatigable viejo seguía trabajando en sus historias y sus tragedias, en su Pucelle, en su enorme correspondencia. Estaba, por supuesto, enfermo, muy enfermo; incluso, es probable que estuviera al borde de la muerte, pero se había acostumbrado a la situación, y entre más enfermo se ponía, más furiosamente trabajaba. Era víctima declarada de erisipela, disentería y escorbuto; se veía atacado por fiebres constantes, y había perdido los dientes. Pero continuaba trabajando. En una ocasión un amigo lo visitó y lo encontró en cama. “Tengo cuatro enfermedades mortales”, fue la queja. “Sin embargo, tenéis muy bueno el ojo”. Voltaire dio un brinco desde su lecho de almohadas. “¿No sabéis —exclamó— que los escorbúticos mueren con el ojo inflamado?”. Cuando llega¬ba la noche, era hora de vestirse y de proceder, en medio de la pompa de pelucas y condecoraciones de diamantes, al pequeño salón de música donde Su Majestad, tras los asuntos del día, se preparaba para relajarse con su flauta. La orquesta se reunía, la audiencia tomaba asiento y comenzaba el concierto. Entonces los bellos sonidos fluían y temblaban y parecían triunfar por un leve momento sobre el dolor de vivir y sobre los endurecidos corazones de los hombres; y el regio maestro derramaba su destreza en algunas largas y elaboradas cadenzas, llegando al adagio, al maravilloso adagio, con el que el conquistador de Rossbach le sacaba lágrimas al autor de Cándido. Pero un instante más tarde era la hora de la cena, y la noche terminaba en el comedor oval en medio de risas y de champaña, con las jaculatorias de La Mettrie, los epigramas de Maupertius, los sarcasmos de Federico y las devastadoras agudezas de Voltaire.

Pese a los gestos y las rosas, cualquiera podía oír el fragor del volcán que rugía bajo tierra. Cualquiera podía oírlo pero nadie lo escuchaba; las pequeñas llamas irrumpían a la superficie. Aún así siguió la vida alegre, hasta que llegó la explosión. El enemigo de Voltaire había escrito un libro. En el tiempo libre que le dejaban sus trabajos más serios, el presidente había recopilado una serie de Cartas en las que una miscelánea de temas científicos fueron abordados a la ligera en un estilo especulativo y popular. El volumen era más bien aburrido y carente de importancia, pero supo aparecer en ese momento particular, y Voltaire se abalanzó sobre él con la velocidad de un halcón que alzara con un roedor. La famosa Diatriba del doctor Akakia todavía rezuma frescura y alegría diabólica después de ciento cincuenta años; pero para comprender a cabalidad la habilidad y la malicia implícitas en su elaboración, uno debe al menos haber echado un vistazo sobre la chata e insípida producción que la suscitó, y haber notado con cuánto endemoniado artificio los absurdos latentes de las divagaciones del pobre Maupertius fueron detectados y arrastrados a la luz del día, antes de ser crucificados para siempre en la picota del ridículo inmortal. La Diatriba, sin embargo, no es sólo para risas; en ella también hay verdadera crítica. Por ejemplo, no es simple exageración farsesca decir que Maupertius se había propuesto demostrar la existencia de Dios por medio de “A más B dividido por Z”. La acusación tiene importancia y está bien fundamentada. “Cuando la metafísica se mete con la geometría”, escribió Voltaire en una carta privada unos meses más tarde, “pasa lo mismo que cuando Ahrimán entra en el reino de Ormuz con sus tinieblas”. Maupertius había viciado su tratamiento del “principio de mínima acción” con sus preocupaciones me¬ta¬-físicas. De hecho, a todo lo largo del panfleto de Voltaire hay una apelación implícita a los verdaderos principios científicos, una afirmación subyacente de la importancia crucial del método experimental, un ataque consistente sobre los razonamientos a priori, sobre las aseveraciones infundadas y sobre las conjeturas vagas. Pero desde luego que mezclado con esto, y recubriéndolo, está la efervescente, la brillante, la punzante fuente del escarnio —cruel, personal e insaciable— de un demonio con un clavo qué sacarse. El manuscrito fue enseñado a Federico, quien rio hasta que rodaron lágrimas por sus mejillas. No obstante, en medio de los jadeos, le prohibió a Voltaire publicarlo so pena de la más terrible irritación de Su Majestad. Sobra decir que Voltaire hizo cuanta promesa le pidieron, y unos días después, valiéndose de la licencia otorgada para otra cosa, la pequeña obrita vio la luz pública. Federico todavía pudo refrenar su ira: recogió todas las copias de la edición y las hizo destruir en privado; dirigió qué tremenda reprimenda a Voltaire y se ufanó de que hasta ahí había llegado el asunto.

“No os preocupéis de nada, mi querido Maupertius” (le escribió al presidente con su peculiar ortografía), “el asunto de los libelos se acabó. Le hablé al hombre a calsón quitado; le lavé bien la cabeza y no creo que vuelva por sus andadas; yo conozco su alma cobarde, incapaz de sentimientos de honor. Lo intimidé por los lados de la bolsa, lo que tuvo todos los efectos que yo esperaba. Le hize saber, en fin, que mi casa debía ser un santuario y no una guarida de ladrones o de bandidos que destilan venenos”.
 

Aparentemente no se le ocurrió a Federico que la declaración llegaba un poco tarde. Mientras tanto Maupertius, presa de fiebre y de ira, había caído en cama. “Un poco de exceso de amor propio”, escribió Federico a Darget, “lo hizo demasiado sensible a las maniobras de un simio que debía despreciar después de la paliza que le dimos”. De modo que ahora que el simio había sido azotado todo marcharía sin tropiezos. Parece extraño que Federico, luego de más de dos años de observaciones cercanas, aún no tuviera una noción cabal del material con el que estaba tratando. Podía con la misma facilidad haber supuesto que era capaz de detener una caudalosa cascada con un vaivén de la mano que imaginar que podía imponer obediencia a Voltaire en semejante crisis mediante un sermón y una amenaza “por los lados de la bolsa”. Antes de que acabara el mes, Alemania entera estaba inundada con Akakias; miles de copias fueron impresas en Holanda, y salían ejemplares en París como pan caliente. Resulta difícil contener la admiración por el audaz y viejo espíritu aquel que, basado apenas en la fuerza de su ingenio, se atrevía a desafiar al enfurecido amo de un Estado poderoso. “Vuestra osadía me asombra”, fulminó Federico en una nota iracunda cuando descubrió que toda Europa de repente se hacía lenguas sobre lo absurdo del hombre que él mismo había escogido para presidir su academia favorita, uno cuya causa él había abrazado públicamente y a quien había asegurado en privado de su protección real. “¡Ah, Dios mío, Majestad!”, anotó Voltaire en el mismo pedazo de papel, “¡en el estado en que me encuentro!”. Sobra decir que de nuevo estaba moribundo. “¡Qué! ¿Vos me juzgaríais sin oírme? Pido la justicia y la muerte”. Federico replicó haciendo que el verdugo de la justicia ordinaria quemara copias de Akakia en Berlín. Acto seguido Voltaire devolvió la llave de oro y renunció al nombramiento y a la pensión. Debía parecer como si el rompimiento definitivo llegaba por fin. Pero pasaron tres meses antes que Federico se hiciera a la idea de que todo había terminado y aceptara la partida de su extraordinario invitado. La sugerencia de Carlyle según la cual esta última demora provino de la reticencia de Voltaire a la hora de partir, y no del deseo de Federico de retenerlo, es claramente desmentida por los hechos. El rey no sólo

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