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Estar sano y otros padecimientos

En 1996, como parte de su trabajo de grado de Medicina, el docotr Samuel Andrés Arias realizó una serie de entrevistas en el hospital universitario San Juan de Dios en Bogotá. Su propósito era a la vez sencillo y complejo: establecer cómo entendían los conceptos de salud y de enfermedad los pacientes aquejados por dolencias crónicas. El resultado fue un documento mixto, a medio camino entre la ficha médica y la historia de vida, cuyo título es el mismo de estas páginas. Advirtiendo que no se trata de literatura, publicamos a continuación dos de los testimonios recogidos por el doctor Arias.

 

La primera vez que metí marihuana fue hace resto, como 16 años. Estaba estudiando internado en un colegio de Villavicencio. Por esos días andaba con los ojos muy irritados, con conjuntivitis y un profesor comenzó a montármela: “¿Usted fuma marihuana, cierto Julio?”. Me preguntaba casi a diario. “Mire cómo tiene esos ojos de rojos, éste debe ser marihuanero”, insistía el tipo.

Jodió y jodió hasta que un día por seguirle la corriente le dije que sí, que yo estaba trabado; ahí mismo me cayó, me dijo que si tenía bareta; le respondí que se me acabó; entonces me preguntó si sabía dónde se conseguía; yo seguí en el plan de llevarle la idea y le contesté que sí. El tipo medio mil pesos y, como era el coordinador del internado, me dejó salir.

Yo feliz me gasté la plata en billar y en trago. Cuando regresé al otro día le dije que le había entregado la plata a un man y que el hombre me había tumbado. El profe me dijo que fresco y no volvió a molestarme por un tiempo, sin embargo me buscaba de vez en cuando y poco a poco nos fuimos haciendo amigos.

Un día nos fuimos a tomar, ya entonados sacó plata y me mandó a buscar bareta. Yo tenía un primo que fumaba de esa vaina y me fui a buscarlo, fue él quien la consiguió.

Regresé donde el hombre, le entregué la bareta y nos fuimos para el colegio. Cuando llegamos nos encaramamos en el tanque elevado del agua con una grabadora y casetes. El tipo comenzó a armar unos cigarrillos grandotes; yo no tenía ni idea de cómo era esa vaina, antes había fumado cigarrillo con los pelados del colegio, pero nunca marihuana. Lo prendió y me lo pasó; él se armó uno más grande todavía. Nos sentamos y nos pusimos a fumar y a escuchar salsa porque el hombre era de Cali. Yo no sentía nada, me terminé uno y nada, le dije que esa vaina no me hacía nada; me armó entonces otro. Me lo estaba fumando cuando sentí un calor intenso que comenzó a subirme lentamente por las piernas hasta que me llegó a la cara y ¡ffffffff! ¡Me elevé! La verdad, fue horrible. Me tiré sobre el tanque asustado; el profe me preguntaba que qué me pasaba, yo le gritaba que me sentía mal, que me iba a tirar. Él me decía que fresco, que aguantara; me acosté boca abajo y me cubrí el rostro con el brazo para no mirar al cielo porque ahí mismo me elev...

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