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Teatro

El día en que Fanny me adoptó

Las mayúsculas de Fanny

Fanny Mikey era un huracán de pelo rojo y marcó con su dinamismo la vida cultural de Colombia como ninguna otra persona en la últimas dos décadas. Tras su muerte, queremos rendirle homenaje con el testimonio de dos personas que estuvieron cerca de ella.

Fotografías archivo del Teatro Nacional

Mentiría si dijera que mi amistad con Fanny Mikey fue muy larga. Aunque la conocía de tiempo atrás, nuestra cercanía duró apenas siete años y medio, con lapsos y lagunas. No obstante, Fanny tenía una manera de inyectar intensidad a cuanto hacía, de suerte que después de su muerte me pareció que despedía a una vieja amiga.

Todo empezó a fines de diciembre de 2000 o comienzos de enero de 2001, un día en que me quedé sin techo en las Islas del Rosario por razones que no vienen a cuento. Alcancé a preguntar, pero me dijeron que encontrar alojamiento en el Majagua en plena temporada altísima era un imposible metafísico y, de resto, en las Islas no me ofrecieron posibilidades: todo estaba repleto. Decaído, me armé de mi maletica y fui a indagar a los embarcaderos por alguna opción que me llevara a Cartagena antes de que la mareta se pusiera imposible. El viaje no se anunciaba fácil, pues la brisa en esa época arrecia desde antes del mediodía, por lo que la mayoría de las lanchas sale temprano de las Islas para poder volver con un mar decente, y yo había quedado destechado a media mañana. Cartagena, sobra decirlo, estaba en temporada altísima y allí también se anunciaba difícil mi alojamiento, si bien de no encontrar adónde quedarme siempre podía ir al aeropuerto a hacer fila para intentar montarme en un avión que me trajera de regreso a Bogotá.
En los días previos había estado comiendo y bebiendo vino en la casa de Fanny en Isla Grande, porque con ella se alojaban varios viejos amigos míos, ellos sí parte de su troupe vital de tiempo atrás. Pasé a hacer una última visita mientras alguien me daba razón de mis posibilidades marítimas y acepté un trago. En una de ésas expliqué mi inesperado problema sin otra intención que la de desahogarme un poco.
Fanny, a quien le gustaba llenar recintos, tuvieran éstos butacas o no, me dijo algo así como:
–Pues, te podés quedar con nosotros, si no te importa dormir al lado de la escalera.
Abrí los ojos sorprendido y contesté que no, que desde luego que no me importaba en lo más mínimo dormir ...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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