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El ocaso de los genios

  El prestigio de los genios nos ha llegado casi intacto desde la época de los viejos románticos. Durante dos siglos los ejércitos de la vanguardia han avanzado siempre hacia adelante, con la mirada puesta en un horizonte cada vez más lejano y exótico. La tierra por la que andan los genios parece tan plana como la de Tolomeo. ¿Qué pasaría si ésta también fuera redonda después de todo? 

 

A lo largo de los siglos la relación entre los grandes artistas y los poderosos ha sufrido, al menos en Occidente, de altibajos radicales. Durante el absolutismo el artista que dependía del poder o que optaba por relacionarse con él lo hacía casi siempre en calidad de sirviente fino, en ocasiones bien pagado, del monarca, el noble o la Iglesia predominante en el lugar. Así, reyes, duques, condes, papas, cardenales y arzobispos arbitraban la vida de los grandes músicos, pintores y escritores, y si alguno como Pietro Aretino llegó a ufanarse de ser “el azote de los príncipes”, esto se debió a una mezcla de casualidad, buena suerte y astucia a la hora de arriesgar en los intersticios del poder jugadas políticas que hubieran podido costarle la cabeza. Según su buen amigo, el pintor Tiziano, Aretino fue “un condotiero de la literatura”. Quizá por eso sobrevivió.


Otros optaron por ocuparse poco de los poderosos de su día, en unos casos volviéndose comerciantes emprendedores (y también quebrados) de su arte, como Shakespeare y Rembrandt, en otros sufriendo penurias como Cervantes, y en otros más pasando, como Vermeer, por debajo de todas las cuerdas. Pero Mozart, para citar tal vez el ejemplo más notorio, debió gastar buena parte de su breve vida mendigando en palacios y catedrales y lanzando repetidos sablazos a sus amigos masones, cuando los poderosos se negaban a ayudarlo. El príncipe-arzobispo Jerónimo Colloredo lo echó de la corte de Salzburgo como a un perro, no sin antes darse el lujo de llamarlo “canalla ruidoso”, “bueno para nada” y "vagabundo". En premio por sus imperecederas composiciones, Mozart fue enterrado en una fosa común. Una semana más tarde, cuando su mujer fue a llevarle flores, ni siquiera pudo saber cuál de todas las fosas era.

Hubo, claro, excepciones, y sobre todo algunos pintores y escultores se dieron la gran vida. Tal fue el caso de Rubens. Pero la riqueza pagada no corría pareja con el honor otorgado, y aunque Velázquez nunca debió ocuparse de las cuentas, se sabe que la estirada corte española se opuso a otorgarle cualquier título nobiliario —con ayuda del rey a duras penas logró hacerse caballero de la Orden de Santiago— por ser un artesano que trabajaba con las manos. La Revolución Francesa, con su talante melodramático, también fue esencial a la hora de concluir esta larga prehistoria de servidumbre artística. Entrado el siglo XIX se dio la eclosión florecida del ego, en medio de una d...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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