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Reseñas

El odiador amable

El desbarrancaderoFernando Vallejo. Bogotá: Alfaguara, 2001

 

 

I love a good hater

              Doctor Johnson

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“Mi recuerdo va en bajada, a toda, haciendo rechinar las llantas,” dice en algún momento el narrador de El desbarrancadero. Así mismo se lee esta novela: en bajada, a toda, haciendo rechinar las ideas, pero no en las vueltas de la página, sino en lo certero de las frases, en la dureza de los insultos, en el desconsuelo de la descripción del desastre. La última novela de Fernando Vallejo se lee sin esfuerzo, como en un vértigo de ansia, angustia y risa. Su título alude al asunto del libro (cómo se va despeñando hacia la muerte una familia, hijo tras padre tras hijo, y un país, cordero tras cordero), pero alude también a la manera en que está escrito: como en caída libre, sin estorbos, hacia el pozo sin fondo de la nada. Queda el derrumbe de una casa, la furia desbocada de ese alguien que en el libro dice “yo”, y la desolación de un país que se desmorona.

Entre la risa amarga, las carcajadas diabólicas y la tristeza sin límites, envuelto en las diatribas desesperadas de un arrebatado, el lector se bebe de un trago y hasta el poso el veneno del libro, y cuando lo vuelve a poner sobre la mesa, tres o cuatro horas después, su ánimo queda como queda el cuerpo después de rodar doscientas páginas por un precipicio. Muchos lectores —lo sé porque me lo han dicho— no aguantan tanta hiel y abandonan el libro en las primeras curvas, no por la dificultad de la prosa sino por su amargura corrosiva. Los que lo terminamos, magullados y conmovidos, sin embargo, no somos masoquistas: los placeres de la literatura son placeres aun cuando dejen heridas. Un cuadro puede ser bueno aunque su tema sea la sangre derramada, o el terror de Guernica. La verdad duele, pero al convertirse en arte el dolor es placentero. El mundo, para Vallejo, es algo inmundo, pero su mismo libro es la demostración por absurdo de que a veces el mundo puede ser también un lugar en el que se disfruta, y ese milagro ocurre en la lectura.

Cuesta abajo por este despeñadero de la prosa y de la historia, rodando por el precipicio que nos arrastra entre tumbos a la tumba, el narrador de El desbarrancadero, a veces, parecería desbarrar. Pero no. Lo que pasa es que “la voz, el que aquí dice yo” (p. 10), ha querido escribir un “tratado de teología” (p. 72) al revés, una demostración nihilista del absurdo del mundo, escrita desde el punto de vista de una conciencia dominada por la f...

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Héctor Abad Faciolince

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