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Crónica

Dos relatos de un régimen caído

Tras la caída del Muro de Berlín, muchos ciudadanos alemanes pudieron acceder a los archivos de la Stasi y conocer otra versión de su propia historia. Estos relatos vuelven sobre aquellos años, cuando las vidas privadas eran un asunto de Estado.

© Steve Eason • Hulton Archive • Getty Images

 

Eli e Ingolf

La primera vez que escuché algo sobre Schwerin, la capital de Mecklenburgo, un estado al norte de Alemania, fue de boca de Sophie, una joven nacida allí, de sangre alemana y siria, cuyo interés por la política latinoamericana la hizo vivir un año en Bogotá como estudiante de intercambio. Que las personas con las que compartió ese tiempo no hablaran alemán le dio una admirable habilidad con el español, aunque siga teniendo los mismos problemas que tiene la mayoría de sus compatriotas para pronunciar la erre. Los relatos sobre su ciudad me despertaron tantísima curiosidad que terminé yéndome de vacaciones hasta allá en el otoño de 2011. En los días previos a mi viaje, nos volvimos inseparables. Sophie me ayudaba con vocabulario en inglés (creí que sería útil en mi visita a Schwerin), me sugería novelas alemanas y yo le corregía, por pedido suyo, cualquier error escrito o hablado que le notara. Una vez llegué a Alemania, nuestro vínculo dejó de ser de apoyo mutuo y se hizo de total dependencia, de necesidad. Yo no podía pedir una salchicha o comprar un tiquete para el metro sin que ella me sirviera de intérprete.


Muchos de los habitantes de Schwerin superan los 45 años y, como fueron parte activa de la fracción socialista de Alemania, recibieron en sus años de colegio clases de ruso: un segundo idioma que practicaron leyendo, entre otros, a Gorki y a Shólojov. Por eso sentí alivio cuando, tan pronto abrió la puerta de su casa, escuché de Ingolf, un viejo amigo de Sophie, un “Hola, ¿cómo estás?” en español bien articulado, aunque la dicha me duró poco. Eli, antes de que yo contestara el saludo, le explicó a Sophie que Ingolf había sido entrenado por su hijo para saludarme cuando llegara.

Eli e Ingolf viven en Krebsfördener Tannen, una calle al sur de Schwerin a la que se llega desde la estación de Wüstmark, por un camino en el que lo más llamativo es una señal triangular que encierra en bordes rojos una rana: por esa señal los conductores saben que, a comienzos de la primavera, deben conducir con cautela para matar el menor núm...

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Carlos Augusto Rojas

(Bogotá, 1981). Ganó el tercer Concurso Nacional de Cuento organizado por el Ministerio de Educación y RCN. Su cuento "La máquina de niebla" fue publicado en la antología Letras capitales.

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