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Columna

Lady Pangolin

La vida y la poesía de Marianne Moore llegaron a ser tan excepcionales como algunos de sus animales preferidos. Aquí un breve retrato.

Marianne Moore en 1968 • © Kibrary of Congress

 

En un famoso número de la revista Poetry del año 1952, pusieron a Ezra Pound, T. S. Eliot, Wallace Stevens, William Carlos Williams y Elizabeth Bishop a opinar sobre Marianne Moore. Todos se deshicieron en elogios hacia ella. Cuando Moore leyó la revista dijo que eran como cinco sabios ciegos en presencia de un elefante: uno tocaba la trompa, otro un colmillo, otro abrazaba una pata, otro acariciaba la oreja, otro tanteaba los duros pelos de la cola y cada uno describía un animal diferente. Marianne Moore era una enanita esmirriada de metro cincuenta que alguna vez había sido pelirroja hasta que el tiempo se apiadó de ella (Moore creía que el color, en la persona o en la ropa, no era de buen gusto) y le dejó el pelo blanco como la nieve. Había llegado a Nueva York del brazo de su madre, en 1916, y siguió viviendo con ella el resto de su vida (de la vida de la madre, quiero decir, a quien todos los amigos poetas de Marianne llamaron siempre Mrs. Moore, sin enterarse nunca de su primer nombre). Las dos viejitas, que parecían hermanas, vivían en el cuarto piso de un edificio de ladrillo amarillento en Brooklyn, que tenía en la entrada dos farolas de tulipa redonda (para señalarle al taxista dónde parar, ellas le decían: “En las naftalinas, por favor”). El edificio todavía está, en el 260 de Cumberland Street, y si suben por la escalera van a notar en la baranda, al llegar al cuarto piso, las marcas de quemaduras en la madera hechas por los cigarros de Pound, que dejaba ahí apoyado su puro encendido y salía a pitar en cuanto Mamá Moore se distraía porque adentro no lo dejaban fumar.

Marianne Moore nunca se casó y no se le conocen romances, aunque amó de tal manera a los animales (especialmente a los más raros de todos, prueben googlear al pangolín, por ejemplo) y fue tan correspondida por ellos que no puede decirse que le haya faltado algo en la vida. Darwin llamó “monstruos viables” a aquellas mutaciones de una especie nacidas ligeramente antes de tiempo, cuando el medio en que viven no está del todo listo para recibirlas, razón por la cual esas criaturas suelen enmascarar sus rasgos distintivos, para que los demás miembros de su especie no acaben con ellas. Marianne Moore tuvo siempre un sexto sentido para reconocer a esos seres; le hubiera sorprendido un poco saber...

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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