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Columnas

El libro, esa cosa

¿Qué futuro le espera al libro como objeto? Una reciente estrategia para exhibir zapatos en Chile da algunas pistas al respecto.

© Adriana Williams | Corbis

 

Por estos días hubo un mini-mini-mini-escándalo en mi ciudad, un breve episodio de esos que se difunden rápidamente e igual de rápido van a perderse y morir en el mar de las notas olvidadas, reemplazados por otro brote de repudio o entusiasmo agudo pero igualmente vaporoso. Una persona hizo llegar a la prensa una fotografía de la sección de zapatería masculina de una nueva y gigantesca tienda por departamentos. (Cuánto le debe el periodismo ciudadano –tan alternativo, tan de base– a ese símbolo del consumo pos pos todo que es el iPhone.) Como soportes para la exhibición de zapatos de vestir para hombres de clase media, los decoradores de estos über-almacenes habían escogido libros viejos, con toda seguridad comprados al bulto, por kilo, y luego cortados por la mitad y tratados con barnices y pegamentos hasta convertirlos en atrezzo, en un remedo pobre y teatral de rincón antiguo; pequeñas gradas hechizas, oscuras, duras, como altares paganos pero rebajados a la más humillante de las funciones simbólicas: estar debajo de lo que está abajo de todo, a ras de suelo. La figura era irresistible por lo insultante y, por unas horas, los letraheridos, los biempensantes genéricos y los alharacos pusieron –pusimos– el grito en el cielo con estática de las redes sociales: ¡han roto libros para vender zapatos!

Como el sacrilegio me venía de perillas para una clase que doy en la universidad –y porque tenía que comprar una estufa, caramba, me estaba muriendo de frío–, fui al centro comercial a ver los zapatos del delito. Y era toda la tienda una delicia para los buscadores de paradojas y los antropólogos de la modernidad, porque los libros transformados en ladrillos solo hacían parte de una propuesta decorativa mayor, una incongruencia plegada sobre sí misma de tantas vueltas como se daba, sin querer.

La puesta en escena consistía en disponer por aquí y allá artefactos despendolados de hace unas décadas a modo de falsas antigüedades. Un viejo secador de peluquería con la clásica forma de huevo, surtidores de gasolina oxidados, cajones amish de mentira, sillas de colegial despintadas y posiblemente dadas de baja en los años setenta. La paradoja, un poco triste, un poco cómica, es ...

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