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Arte

Las cortinas de Napoleón

Un alegato para salir de los museos

Traducción de Mauricio Pombo

La idealización del pasado es, paradójicamente, una tendencia bastante joven. Desde hace poco más de siglo y medio, el museo es el templo de esa tradición conservacionista. ¿Vale la pena mantener intacto lo que ya pasó, mientras se paraliza la creación innovadora?

Ilustración de Jonathan Bartlett

 

Así pues, ahí estaban: el engreído Château de Fontainebleau, los famosos Petits Appartements del emperador Napoleón, conservados en su estado original. La voz de la guía turística temblaba al momento de relatarnos que la edificación permanecía exactamente igual a como Bonaparte la había dejado.

Sin embargo, muy probablemente el antiguo propietario a duras penas hubiera reconocido estos espacios. La tapicería se había desteñido, las cortinas de seda que alguna vez resplandecieron de rojo se habían resignado a decolorar en beige y en algunas partes se habían desgarrado por su propio peso. Los asientos tampoco hubieran aguantado la corpulencia del pequeño corso ¡y ay del que se le ocurriera extender planos sobre las mesas! A los participantes en el recorrido por el palacio parecía no importarles nada de ello. Aquí, sobre esta silla, se había sentado Napoleón a comer; también lo había hecho en este cuarto de baño (mientras hacía sus necesidades, muy probablemente dictaba a gritos su agenda para que su secretario lo oyera en el cuarto de al lado). ¡Qué locura! El retrete, una novedad técnica en ese entonces, suscitaba disimuladas risas entre los presentes. Un señor de Kansas pidió que le explicaran el mecanismo. 

A mí personalmente me fascinaron las cortinas o, mejor dicho, lo que pretendían. Eran, sin lugar a dudas, las cortinas de Napoleón; pero, así mismo, el emperador habría sido el primero en lanzar al fuego esos harapos. Él tenía un gran sentido de lo simbólico y en ningún momento hubiera pensado rodearse del descolorido esplendor de un siglo ya pasado. Él querría un nuevo y propio esplendor. Hoy, no obstante, nos paralizamos de veneración frente a un deshilachado pedazo de tela que ha recibido demasiada luz del sol. El hálito de fugacidad que sopla desde sus rasgaduras puede ser una excepción en un mundo restaurado hasta lo imposible, pero la certeza de que estas cortinas son dignas de preservación es algo que todo el mundo acepta. Peor aún: yo también lo acepto.

Somos la primera cultura en la historia que endiosa lo viejo solo por serlo, y nuestros museos son baluartes de la conservación de p...

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Philipp Blom

Autor del libro 'Encyclopédie'.

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