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Fritanga en el baptisterio, Nuestra débil izquierda, y Orgasmos espurios

Los lectores critican, exhortan, aplauden, censuran

Fachada de la iglesia de Las Nieves, en el centro de Bogotá

 

Fritanga en el Baptisterio

Hace un par de semanas estaba caminando por la carrera séptima de Bogotá. Cuando pasaba por el tramo peatonal, a la altura de la calle 22, me encontré frente a la iglesia de Las Nieves y recordé una carta que había leído días antes en su revista. La imagen me quedó en la cabeza: según el corresponsal habían instalado una venta de pollo frito al lado del baptisterio de la iglesia. No pude evitar dar gusto a mi curiosidad –y morbo– y avancé religiosamente hacia la construcción.

Desde la fachada vi el anuncio de la pollada bautismal y tomé un par de fotos, que envío adjuntas. Al entrar, descubrí que la cosa es tan risible como preocupante, incluso mucho más grave que lo sugerido en la carta: la venta de pollos no está “al lado” del baptisterio, como sugería un tanto caritativamente el corresponsal, sino justo “dentro” de él. Es un verdadero insulto al patrimonio y al buen gusto –tanto arquitectónico como gastronómico–, pero quizá una hábil jugada de los comerciantes, un esfuerzo conjunto para atraer feligreses hacia la fe y el pollo frito, sin perder de vista la premisa bíblica de que “no solo de pan vive el hombre”.

Pensándolo bien, nada hay de sorprendente en esta minúscula fusión empresarial. Hace poco, la Conferencia Episcopal Colombiana hizo un curioso anuncio en el mismo sentido. Resulta que de ahora en adelante será posible que las iglesias funcionen al interior de centros comerciales –valiente reto el de competir mano a mano con las megasalas de cine–. Y desde hace ya un buen tiempo hay capillas en los locales de algunos aeropuertos, donde el temor a un siniestro o el apoyo a algún familiar “comerciante” renuevan los votos de fe a última hora.

Como van las cosas, en poco tiempo podremos hacer reservas telefónicas para un turno en el confesionario, donde un cura vestido de sotana Adidas escuchará nuestra larga lista de pecados cometidos en locales vecinos. Después nos pasará una penitencia que podremos pagar, junto a diezmos y limosnas, con nuestra tarjeta débito. Por supuesto, como es inevitable cuando se trata de curas, aplicarán condiciones y restricciones.

—Susana Caicedo

 

Nuestra débil izquierda

Respecto a la columna de Gómez Buendía, en la que describe una debilidad comparativa de la izquierda colombiana respecto al resto del continente, pienso que su planteamiento es solo relativamente cierto.No somos el único país de América Latina que ha tenido insurgencia, incluso hubo proyectos de este tipo mucho más compenetrados con la sociedad como el FMLN en el Salvador, que según cuentan llegó a abarcar casi la mitad de la población. 

Ahora, a muchos tupamaros los despellejaron vivos por relacionarlos con la guerrilla urbana en Uruguay, que no se consideró un movimiento insurgente tan fuerte como los movimientos colombianos, y todavía uno escucha chilenos que juran que detrás de Allende estaba Castro armando una guerrilla para tomarse el poder en Chile y que eso justificó la masacre en el estadio de Santiago.

Digamos que los pretextos jamás han faltado cuando de acabar con algún proyecto alternativo se trata. La amenaza, cierta o no, de que algún grupo “terrorista” se encuentra detrás de todo no es exclusiva de Colombia. Yo creo que hay que analizar con una lupa más precisa los procesos latinoamericanos porque más allá de medir intensidad, tamaño o permeabilidad de una guerrilla en la sociedad, o seguir esgrimiendo argumentos de violencia cultural, hace falta entrar en análisis históricos comparados que expliquen las diferencias y similitudes entre procesos que a primera vista pueden parecer equiparables.

—Mauricio B.

 

Orgasmos espurios

Leí la columna en la que Mauricio Rubio reseña un experimento sobre el orgasmo femenino. Más que un buen argumento contra el supuesto de que las meretrices pierden la capacidad de sentir placer y llegar al orgasmo, considero que en una situación artificial, como la de un experimento, la moneda de por medio y el bagaje de las participantes puede afectar los resultados. 

El orgasmo se origina más en los terrenos de la mente que en la destreza de acariciarse el clítoris. Las trabajadoras sexuales pudieron haber tenido una reacción emparentada con su cotidianidad genital y con el deseo de siempre complacer al que paga. Las otras, no pagadas y feministas, pudieron haber sido demasiado reflexivas como para concentrarse en medio de la calculada escena del experimento. Quizá mucha claridad disipadora les impidió el autentico gemido. 

—Faustina Ruiz


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