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Tiempo sin vernos

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Cristina y yo, después de muchos días sin vernos, conversamos en un café de la 19 con cuarta, frente a su oficina. Ella acaba de salir aprovechando que no está su jefe, quien la hubiera sentado a trabajar, como mínimo, dos horas más. Están pasadas las seis y media de la tarde, y el cielo, que se alcanza a ver entre los altísimos árboles y los viejos edificios, tiene ese color entre el azul y el negro, tan hermoso, que huele a frescura. Ésta es mi hora favorita del día. No la de Cristina. A ella siempre le ha generado angustia y no sabe por qué; yo creo que le recuerda que se le acaba de ir otro día sin que su vida cambie, sin dejar su horrible trabajo.

La mesera nos trae la orden. Para Cristina un capuchino y un palito de queso, y para mí un tinto y un croissant. Los dos, en silencio y al tiempo, nos excedemos en azúcar.
Mientras me llevo el pocillo a la boca, mi amiga me dice:
 
—Ay, Darío, llevábamos mucho tiempo sin vernos, ¿no?
 
—Una cantidad: como tres meses. Pero es que con tu horario…Tú eres la única persona que hasta los fines de semana trabaja.
 
—No exageres. Tampoco son todos los fines de semana.
 
—Bueno, como sea —le respondo—. Gracias a Dios existe el celular.
 
—Claro que a ratos se te olvida y me llamas al directo. Si vieras la cara que hace mi jefe.
 
—Viejo güevón.
 
—No, no, no hablemos de mi trabajo, por favor, Darío. Siempre que me llamas al celular todo me lo dices a la carrera porque se te acaban los minutos. Así que adelántame en chismes. Quiero detalles —y me sonríe mientras se escalofría, en lo que es más un vicio que un movimiento natural.
 
Cristina, tan rubia y tan blanca, siempre parece robada de la postal de un invierno londinense. Aunque el día hierva, ella invariablemente luce como esta tarde: de buzo de lana, chaqueta de paño y gabardina o impermeable. Nos conocimos diez años atrás, en la universidad, en nuestros primeros días de carrera. Desde esos tiempos somos los mejores amigos, aunque algunos (y quizá en algún momento también nosotros) hubieran querido que tuviéramos algo. Pero no. Nunca pasamos de un beso en una noche de borrachera, seguido de un largo arrepentimiento.
 
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Andrés Arias

En 2010, publicó 'Suicídame'. 'Tú, que deliras', publicada recientemente por Laguna Libros, es su segunda novela.

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