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Música

José María Peñaranda: ¡La mondá pelá!

Pese a ser reconocido por haber compuesto "Se va el caimán", quizá el aporte más significativo de Peñaranda haya sido darle rango estético al descaro y la procacidad. 

Este artículo hace parte del dossier Músicas prohibidas.

Carátula del disco Lo mejor de peñaranda, vol. 2, Teca records • © Cortesía Jaime Andrés Monsalve

 

Como el resto de Barranquilla y  del  Atlántico y de la Costa Caribe, el barrio Boston es un lugar donde lo normal en la época navideña es el jolgorio. En una ciudad que desde la década de los setenta acogió los ruidosos picós como parte de su paisaje urbano, nadie pelea porque un vecino se ha entregado a cantar vallenato a todo lo que da el gaznate. Por eso, no pudo ser menos que de asombro la reacción de José María Peñaranda cuando una vecina iracunda acudió a increparlo a su casa, en la carrera 44, porque su marido iba a ser multado “por culpa de La Ópera del Mondongo”.

Era la Nochebuena de un año cualquiera de la década de los noventa, según recuerdos de algunos familiares del músico. La vecina, visiblemente alterada, exigió al compositor, octogenario ya –había nacido en 1907–, que se apersonara de la sanción económica, pues la pieza indecorosa con la que su esposo celebraba las fiestas de fin de año, a grito herido, era de su autoría. Mientras tanto el agraviante seguía en casa, de trago hasta el copete, desgañitándose con el coro: Ay mija, esa es la mondá, / ay mija, la mondá pelá.

 

 

Para los habitantes del barrio no era secreto, pero el asunto sí tenía cierto carácter épico: José María Peñaranda, el genio conocido en Colombia por legarle al mundo entero las notas y la letra de “El caimán” y, además de eso, dueño de una fama inusitada en otras latitudes por cuenta de cumbias, merengues y parrandas –muchos colmados de doble sentido, y otros de directa y virulenta procacidad–, vivía en sus predios.

Después de una vida entera de trashumancia, tras obtener su estatus de leyenda en todos los países del Caribe por cuenta de esos discos picantes que corrieron como el mayor de los secretos a voces made in Colombia –aunque aquí prácticamente no se les conoce–, los últimos años de la vida de Peñaranda fueron sosegados. Su única rutina consistía en la partida diaria de billar con sus amigos. Las bebidas más fuertes habían sido reemplazadas por néctar La Constancia. La conversión religiosa le impedía siquiera recordar de viva voz los versos que hiciera a finales de los cincuenta para esa cosmogonía de la fiesta caribe –en 1975 el director Luis Arocha bautizó Al mal tiempo buena cara. La Ópera del Mondongo a un documental suyo sobre el Carnaval de Baranquilla– que, con sus tres minutos, él llamó en su introducción “uno de los trozos de música más selectos del mundo”.

“Es que La Ópera del Mondongo ya no es aquella de antes”, le dijo un comedido pero aún simpático Peñaranda al investigador musical Mariano Candela en junio de 1998. “Después se disfrazó ese tema: El pato para volar / las alas las encartucha, / la mujer para bailar / se adorna con flores muchas. Ya no es aquella de antes, ya se reformó”.

La que el compositor, cantante y acordeonero llama “aquella de antes” incluía entre su seguidilla de lindezas esa estrofa que originalmente rezaba: El pato para volar / las alas las encartucha, / la mujer para culiá / se encoge y abre la chucha.

 Quien se arriesga a componer, cantar y grabar una canción donde se incluyen versos tan elocuentes como estos: Yo cometí un barbarismo / que yo nunca lo había hecho: / de tener el palo arrecho / y metérmelo yo mismo, sabe que no ha de esperar muchos laureles ni palmadas en el lomo. Aun así, resulta difícil creer que la primera gran composición de José María Peñaranda, de 1941, que nada tenía que ver con esos versos y estaba basada en la historia de un hombre con la facultad de convertirse en caimán gracias a la fórmula de un curandero guajiro, fuera objeto de censura.

“El caimán”, llamada indistintamente así o “Se va el caimán” o “El Hombre Caimán”, fue grabada por el mismo Peñaranda en La Voz del Litoral, aunque la versión considerada como primigenia es la de la orquesta argentina de Eduardo Armani, con la voz de Johnny Álvarez, de 1945. El tema llegó hasta España dentro de las latas de la cinta Pasiones tormentosas de 1946, del director hispano-mexicano Juan Orol. Cinco años después de su composición, Kiko Mendive lo convertiría en un cañonazo allende el Atlántico. Y con el éxito, llegó el comandante y mandó a parar: el establecimiento español, en cabeza de Franco, supuso que el caimán era el propio Generalísimo, y que el cuento de irse para Barranquilla era una alegoría a la reiterativa manía del dictador de anunciar su dimisión cada cierto tiempo. Total que el comité de censura cayó encima del primer éxito colombiano en el exterior.

Años después, el mismo Peñaranda ratificaría la validez de una lectura política de El caimán, oculta en aquello de que también hay en Barranquilla / caimanes de tierra firme.

Ya vendrían otros momentos para mentarles la madre a los mandamases del mundo: su canción “En Cuba no falta nada”, circa 1973, se convirtió en himno no oficial del anticastrismo gracias a lo descarnado de su protesta, en la línea deslenguada de muchas otras de sus creaciones: Era la isla más bella / descubierta por Colón… / y llegó ese maricón / e hizo una mierda de ella, inicia aquella catilinaria.

Acaso haya sido con “El caimán” cuando Peñaranda supo que buena parte de su obra estaría condenada a la clandestinidad, cuando no al disfrute vergonzante. Eso muy a pesar de que clásicos colombianos tan sonados (y tan decentes) como “La cosecha de mujeres” y “Me voy pa’ Cataca” (rebautizado como “Me voy pa’ La Habana” tras la grabación de Nelson Pinedo con La Sonora Matancera) son de su autoría.

Julio Oñate, autor de El abc del vallenato, confirma que la placa 001 de Discos Fuentes, el primer disco de larga duración de 33 rpm y doce cortes publicado en Colombia, pertenece a Peñaranda y su Conjunto, llamados en posterior momento Peñaranda y sus Muchachos. En dicho trabajo de 1957 se empieza a vislumbrar la picardía del barranquillero, y provocó un escándalo bien sonado en prensa: el tema “Las secretarias”, que le daba nombre al disco, suponía un atentado contra el buen nombre del gremio, al inferir que toditas las secretarias / son chicas inteligentes / y para vestir con lujo / negocian con el gerente. / Ay mi secretaria, venga pa’cá, / aquí solitos, los dos nada más. Así, reformuló los últimos versos de esta manera: Y esta que tengo yo / es bonita y muy decente. / Ay mi secretaria, venga pa’cá, / que una cartica le voy a dictá.

Para ese entonces, Peñaranda, “Peña”, “el Joven”, “el Bachiller”, saboreaba el éxito entrando en sus 40 años. Se había decantado por el acordeón después de haber tocado la guitarra, y había recibido la bendición del propio Pacho Rada tras su estadía de meses en Aracataca. Junto con Aníbal Velásquez se iba consolidando como la estrella más vendedora de Fuentes y en el país ya se hablaba de su sentido del humor cuando menos singular: era fácil inferir que el tema “La inyección” no hablaba exactamente de una inoculación con fines medicinales. O que aquel pan que repartía Teresa en “La panadería” podía resultarle más lucrativo que los amasijos tradicionales. O que el deber inexorable que siente el carpintero por meter el clavo, en la canción del mismo nombre, va más allá de las responsabilidades propias de su oficio.

Así pues, a las líneas románticas, rupestres, descriptivas hasta el éxtasis del vallenato tradicional se sumaban ahora las posibilidades del doble sentido y la metáfora festiva. Títulos como “La rasquiña”, “No metas la mano”, “El gato se lo comió”, “Qué polvo”, “El banano” o “Ya se te paró” son elocuentes. A ello hay que agregar sus carátulas, en las que aparecían mujeres de inédita voluptuosidad y caricaturas de situaciones comprometidas.

Tampoco faltaba en sus discos una frase, hasta ese momento exclusiva del folletín erótico, de las fotonovelas con desnudos parciales y de las películas de vedettes mexicanas: el rótulo “Solo para adultos”.

Tras concluir su contrato con Discos Fuentes, muy a principios de la década de los sesenta, Peñaranda vivió una breve temporada en Panamá, punto de partida de su trashumancia de años por toda América, de la que dejan constancia sus grabaciones en sellos como Bolívar, Paipa y abs de Venezuela; Eco de México; Progresso Records de Puerto Rico; Bravo, Orda y Adria de Miami, y Almendra de Nueva York. Su música empezó a ser escuchada con igual fervor que las guarachas de La Sonora Matancera y los mambos de Pérez Prado, aunque en ámbitos por completo diferentes: las reuniones eminentemente masculinas, los burdeles y las despedidas de soltero.

A Peñaranda se le atribuyen más de mil composiciones. Fuera de nuestras fronteras, grabó un número no especificado pero enormemente prolífico de álbumes que atravesaron toda la gama de temperaturas posibles. Por una parte, estuvieron los reseñados como “solo para adultos”, que podían contener ora material de doble sentido, ora verdaderos monumentos a la indecencia. Del otro lado, para advertir al comprador acerca de contenidos menos peliagudos, otros discos venían rotulados bajo el concepto “Peñaranda en serio”. Estos reunían temas de vena poética más emparentada con el devenir del vallenato tradicional. Sin duda los trabajos más requeridos eran los primeros.

Y de entre todos ellos, quizás la leyenda mayor es la que se encierra en los surcos de las parrandas vallenatas que quedaron grabadas, en versión completa y sin ningún tipo de censura, en al menos cuatro producciones discográficas. Probablemente el mundo de la música en habla hispana nunca escuchó tantas vulgaridades juntas.

Entre las décadas de los sesenta y los ochenta, Peñaranda retomó el título de “ópera” para definir grabaciones de aproximadamente 40 minutos, realizadas bajo una misma estructura: unos diez bloques de versos desvergonzados con un estribillo ídem, sucedidos por intermedios en los que el mismo intérprete suelta algún chiste verde. Hilando en contra del sarcasmo, dado que estos discos pueden calificarse como los únicos trabajos conceptuales conocidos en el mundo del vallenato, pues más que reunir canciones inconexas versan sobre una sola idea –en este caso la pretensión de hacer reír mediante lo vulgar–, podría decirse que sí hay aquí óperas, en las cuales los versos fungen como arias, los estribillos como coros y los chistes como recitativos.

Puestos a la labor de hacer una taxonomía de los versos más obscenamente ejemplares de la musa peñarandesca, pueden encontrarse casos específicos entre la aparente uniformidad del insulto. En medio de un monotema, el sexo, hay matices diferentes. Por una parte está el de las descripciones generales:

 A una vieja me culié
a la orilla de un barranco
apenas se lo enterré
se le puso el ojo blanco.

“Qué bueno es chupar la verga”,
decía la señora Meche,
“bregando que se derrame y
me llene la boca’e leche”.

 Por otra, como ocurre siempre que se habla del tema, está la recurrente hipérbole:

 Yo he visto al compae Goyo
en la calle Soledad
abriendo en el suelo un hoyo
con su cipote mondá.

Las mujeres de hoy en día
no me quieren como amante
porque dicen que yo tengo
la verga de un elefante.

Se destaca también la recurrencia al sexo anal:

 Rosita era señorita,
se iba a casar con Juanito,
pa’ que la encontrara sana
la clavé por el chiquito.

Yo me estaba un día culeando
a la mujer de Atilano
y de pronto pegó un grito:
“¡Mira que me has roto el ano!”.

Y, por extensión, hay versos que dejan preguntas acerca de prácticas sexuales de dominación entre heterosexuales y homosexuales pasivos, ello matizado en un contexto parrandero en el que “los maricas” son objeto central de las burlas:

A un marica clavé yo
era de apellido Hernández
el marica se fregó
porque la verga era muy grande. 

A un marica preguntó
Cayetano cierto día,
le dijo: “¿Quién te rompió?”
contestó: “José María”.

Dentro de lo sexual, hay versos que hablan de situaciones inesperadas, características del chiste tópico: 

Yo me culiaba a Rosita,
la abuela me sorprendió…
Después la viejita dijo:
“Ah malaya, fuera yo…”.

Me culiaba con calor
la mujer del presidente:
el hombre es inteligente
y me nombró gobernador.

Y hay espacio, faltaba más, para la escatología:

Cuando vayas a cagar
no te limpies con papel
que si el culo aprende a leer
la vas a pasar muy mal.

Cuando yo estaba chiquito
me daban leche a tomá
ahora que estoy grandecito
la boto por la mondá.

Y uno que otro verso de carácter, ejem, histórico, que recuerda aquella famosa creación colectiva y popular llamada Breve historia del pene:

Cuando nuestro padre Adán
era médico en Judea
le recetaba a las putas
la verga con gonorrea.

Con tantas cosas por decir sobre lo mismo, resulta imposible no encontrar en algunos de los versos de José María Peñaranda lo que podría traducirse como una particular filosofía de la vida:

El destino es una cosa
que todo el mundo posterga.
El que nace pa’ marica
del cielo le bajan vergas.

Dice para sus adentros
la mujer de Bernabé:
“¡Teniendo la verga adentro,
aunque no haya qué comé!”.

Todo el que tiene talento
nunca anda con tanta jerga.
Ninguno siente la verga
sino el que la tiene adentro.

Todo ello, señores, proviene de la misma flor del canónico autor de “El caimán”.

A finales de 1999 fue noticia en el tranquilo poblado de Santa Teresa, a 50 kilómetros de Managua, la manera en que la cantina del señor Juan Narváez amenazaba la paz pública con música a todo volumen. El diario La Prensa describía a la clientela, “campesinos de tierra adentro, que bajan a Santa Teresa a echarse sus buenos tragos y disfrutar de la música de Peñaranda”. Su competencia, El Nuevo Diario, hacía un llamado a Narváez “para notificarle que le baje el volumen a la música y que se abstenga de poner a alto volumen La Ópera del Mondongo, porque sobrada razón tiene la gente de protestar”.

Para el momento del fallecimiento del cantante, compositor y acordeonero, el 6 de febrero de 2006, todavía circulaba por ahí la leyenda de sus más arriesgadas elaboraciones. Si bien muchas de ellas siguen pendientes del debido redescubrimiento, pocos autores podrían participar del halo de leyenda que Peñaranda todavía ostenta. De eso pueden dar cuenta decenas de grabaciones de falsos Peñarandas que circularon bajo el discutible rótulo de “homenaje”, y que buscaban réditos a expensas de la fama de “el original, el único, el auténtico”, como a partir de entonces fueron reseñados sus discos. O también el hecho de que el salsero boricua Tommy Olivencia haya hecho propias las palabras de “En Cuba no falta nada” para hacer una versión, más violenta y sañuda que la original, entre otras cosas porque aquella no le mentaba la madre a Castro. Tan solo lo llamaba maricón.

Ya que tanto nos ha preocupado el prestigio de nuestros artistas en el exterior, habrá que decir que el malhadado genio para el calambur convirtió a José María Peñaranda en el primero de nuestros productos musicales exitosos en otras latitudes.

Juan de Ory supo de la existencia de José María Peñaranda mientras se encontraba en viaje de negocios por algún país latinoamericano a mediados de la década de los setenta. “Desde entonces me he dedicado, durante los tiempos muertos en los viajes, a buscar elepés suyos en tiendas y mercadillos. Curiosamente, en Estados Unidos encontré bastante material”, me confiaba hace un par de años quien probablemente sea el mayor coleccionista de música del Bachiller en el mundo, no precisamente un rendido vallenatólogo de la cuenca del Magdalena ni un etnomusicólogo interesado en las referencias veladas del folclor. De Ory, más madrileño que los callos y el cocido, se enamoró del sonido de Peñaranda por su desparpajo y desvergüenza. En 1998 lo visitó en su casa en Barranquilla, donde tuvo oportunidad “de charlar largo y tendido con él y de aumentar mi admiración hacia su persona, su música y su planteamiento vital”.

Y es que, a cientos de kilómetros de aquella Barranquilla en la que una vecina molesta increpaba al autor de las lisuras que bramaba su esposo en Nochebuena, la música de José María Peñaranda sigue siendo motivo de jolgorio y escándalo. No muchos tienen conciencia del nombre del creador, pero sin ir más lejos bastaron algunos minutos de charla en el marco del Seminario Internacional de Músicas Prohibidas, de la Fonoteca de rtvc, para que el siguiente conferencista de la actividad, el cantautor argentino Piero, recitara uno de los versos más agresivos de toda la creación de Peñaranda, escuchado en un disco que había en su casa de infancia y al que le habían borrado las referencias de nombres e intérpretes: Te escupo, te rompo el jopo / y te echo leche en la cagá, Piero dixit. “Y ahora ya sé –complementó– lo que significa la palabra jopo”.

Hasta aquí estas palabras sobre José María Peñaranda.

O como dijo él mismo: “Esta verga se acabó. El que tenga su mujer que se la vaya a culiar; y el que no, que le metan un plátano por el culo”.

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Jaime Andrés Monsalve

Jefe musical de Radio Nacional de Colombia y coautor del libro 'Jazz en Bogotá'.

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