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Ficción

La niña del agua

La carta llegó el primero de mes, como de costumbre. Estaba escrito, como la mayoría de las anteriores, en un estilo casi caligráfico, con tinta azul añil y en papel transparente para correo aéreo.

Ma chère Nadine:
Estamos muy felices de tener esta ocasión de tomar pluma y papel para escribirte. ¿Cómo estás? Nosotros estamos bien, grace à Dieu, exceptuando tu padre, de cuya salud, como siempre, no nos podemos fiar. Hoy son sus rodillas. Mañana será otra cosa. Tú sabes cómo es cuando uno está viejo. Él y yo, ambos, te damos las gracias por el dinero que enviaste el mes pasado. Sabemos que enviarlo es difícil para ti, pero te estamos agradecidos. Este mes tu padre tiene la esperanza de consultar todavía con otro médico. No hemos escuchado tu voz en un tiempo y nuestros oídos tienen ansias de ello. Por favor llámanos.

Venía firmada, “tu madre y tu padre que te abrazan con mucha fuerza”.

Habían pasado tres semanas desde la llegada de la carta, y Nadine todavía no llamaba. Entró a saco en sus ahorros para girar el doble de la cantidad habitual, pero no había llamado. En cambio, sacaba la carta todos los días mientras se comía su sándwich de atún y queso en la cafetería del hospital, merienda a la cual había agregado un brownie cada primer viernes durante los últimos dos años por razones de variedad.

Cada vez que leía la carta, trataba de encontrar algo más entre líneas, un signo de simpatía, conmiseración, condolencia. Pero simplemente no había nada de eso allí. Entre más tiempo pasaba, más la carta se volvía frágil y quebradiza. Cada vez que sostenía el papel entre sus dedos se preguntaba cómo su madre no lo había rasgado con la pluma que usaba para componer cada una de las palabras cuidadosamente escritas. ¿Cómo se explicaba que los trabajadores del correo, tanto en Puerto Príncipe como en Brooklyn, no hubieran lacerado la delgada página y el sobre? ¿Por qué no se había vuelto polvo la carta con ser que se restregaba todo el tiempo contra el forro del bolsillo izquierdo de su uniforme de enfermera durante el viaje en bus que la llevaba al trabajo? ¿O mientras permanecía en su bolso al interior de su locker con el calor artificial de la calefacción día tras día?

Volvió a dob...

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