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Breviario

Ahora que el negro va a cumplir años

El pasado 26 de noviembre, Roberto Fontanarrosa habría cumplido 68 años. A propósito de la fecha, un amigo recuerda al humorista gráfico argentino.

Roberto Fontanarrosa (1944-2007) • © David Velásquez

 

Las primeras noticias que tuve del Negro Fontanarrosa fueron a través del Boletín Publicitario. Cada tanto le hacían una nota o destacaban algo que él había hecho. Yo trabajaba en Córdoba, hacía storyboards para dibujos animados y comerciales. Un día el Negro apareció con un amigo. Me dijo que venía por algo de la revista Hortensia, que empezaba a ser un éxito. Ya López Puccio, un amigo publicista, nos había hablado de él: “Ese tipo es un genio”, nos dijo.

Del primer número de Hortensia salieron 2.000 ejemplares por la mañana y por la tarde ya no quedaba ni uno. Después el tiraje ascendió a 100.000 en todo el país. Yo nunca participé en otra cosa que tuviera ese éxito meteórico.


El único que tenía clara la idea era Alberto Cognigni, el director: quería hacer humor cordobés. Yo había padecido ese humor en las calles, en los bares. En Córdoba te toman el pelo, te ponen sobrenombres, son ingeniosos para las comparaciones. Pero es un humor más sano que el de Buenos Aires. Los porteños necesitan una víctima para darle y las cargadas son pesadas. El humor cordobés es más piadoso, el que te está cargando también participa y en algún momento se ríe de sí mismo.

Yo venía de Santa Fe y me estaba adaptando bien, aunque me costó al principio. Lo mejor que me pasó fue vivir en las casas de estudiantes, eso era parte del folclor de la ciudad. Córdoba tenía una población estudiantil fabulosa. La ciudad estaba llena de cantores, pintores, escultores. El Negro tenía eso mismo en Rosario, pero acá el terreno era todavía más fértil.

Nos hicimos amigos de inmediato. Nos gustaba la historieta, éramos fanáticos de Hugo Pratt. Los dos buscábamos un estilo. Éramos jóvenes, teníamos 27 años.

No solo charlábamos sobre dibujo. Yo no sabía nada de fútbol, el Negro fue el que trajo ese folclor de canallas y leprosos (hinchas de Boca y River). También íbamos a los boliches, donde te presentaban a medio mundo. Hablábamos de los escritores que nos gustaban: Jack London, Stevenson, los libros de guerra de Hemingway.

Después nos dio por el cine. Era casi una religión ir al cineclub y después comentar las películas en los bares. Esa fue la época en que vimos Harry el sucio, primero nos cagamos de risa de lo malo que era, y de lo bien hecha que estaba la película. La observación del Negro fue que el personaje principal era el revólver, no Harry Callahan. Yo de eso sí sabía: “Es un Smith Wesson, modelo 29, calibre 44, Magnum”. El personaje parecía hecho para el Negro. Al poco tiempo me mandó una historieta de una página que se llamaba Boogie el aceitoso. Resultaba más que evidente que era un “Harry el sucio” para nuestros códigos. Un día Cognigni fue a mi casa, vio el Boogie que yo tenía en una plancha de corcho frente a mi mesa de dibujo y preguntó: “¿Esto qué es?”. “Me lo mandó el Negro de regalo”, le contesté. “Esto va en el próximo número”.

Con Inodoro Pereyra pasó algo similar. El Negro se dio cuenta de que Córdoba era el centro del folclor. Te podías encontrar a Horacio Guarany en la esquina, a Los Fronterizos, a Tejada Gómez, todos vestidos de gauchos. Empezaban varios festivales, había muchos programas. El Negro pescó ese ambiente. El primer Inodoro andaba en la pampa y se encontraba con Borges, con Antonio das Mortes, y hablaba como Armando Tejada Gómez. Era un absurdo total pero lindísimo: “Desde la profundidad ancestral de la madera, el grito arisco de la baguala”, así lo hacía hablar.

Al poco tiempo, el Negro hacía los mejores chistes cordobeses. Yo le decía al Gringo Cognigni: “No se agranden mucho ustedes, que los mejores dibujantes cordobeses son santafesinos”. Sus historietas eran literarias. Había pocos chistes mudos. Los diálogos eran tan graciosos que podías tapar los dibujos y leer los chistes en la radio.

En un momento Hortensia era de él. Acá aplaudíamos todos. Guita no sé si había, pero el Negro se sentía bárbaro. Teníamos un espacio que funcionaba y que después nos sirvió para otras cosas. Alberto, que ya estaba agrandado por el éxito, dijo: “Tenemos que hacer una bienal de dibujo de humor e historieta, así nos juntamos todos los dibujantes”. Se le fue dando forma y salió la primera Bienal del Humor y la Historieta, en el Museo Genaro Pérez. Ahí nos conocimos todos. Vinieron Quino, Caloi, Bróccoli, todos los dibujantes estrellas de Buenos Aires. Los maestros: el viejo José Luis Salinas, Alberto Breccia. Los dibujantes que quedaban de Rico Tipo, Rafael Martínez, el Menchi Sábat. Y vino el Negro, de Rosario. Fue un éxito total. Después se hizo la Bienal Internacional, cuando vinieron Moebius, que era una estrella fulgurante, una supernova, Hugo Pratt y otros.

Caloi nos contó que en Clarín querían quitar las historietas norteamericanas y armar una página de humor con dibujantes nacionales. “Se puede proponer una tira o una viñeta”, nos dijo. Con el Negro nos tirábamos a la viñeta porque ya sabíamos que una tira diaria te agota. Quino ya lo había dicho, hacer Mafalda era genial, pero después de tener una idea inteligente todos los días necesitás que te internen. Con el trajín de Hortensia las viñetas nos salían, era un oficio.

La facilidad que él tenía para el chiste era única. No le costaba nada. Después de haber sido un tipo muy serio, se fue ablandando por el éxito y el cariño de la gente. Cuando llegábamos a los boliches, nos aplaudían como si fuéramos estrellas, nos hacían firmar dibujos... Y todo porque éramos dibujantes de Hortensia.

En 1981 yo me fui a España y estuve dos años allá. Fue la época en que el Negro se empezó a afianzar profesionalmente. Se tomó en serio las publicaciones, los libros. Escribía un libro de cuentos por año.

Después de toda esa producción, vino su enfermedad. Un día me llamó y me dijo: “¿Vos sabés que en la mano izquierda se me han comenzado a dormir los dedos? Tengo que ir al médico”. Así empezó y fue in crescendo. En la última etapa me dijo: “Un día de estos me vas a tener que hacer los dibujos”. Se veía que ya no daba más. En un momento me di cuenta de cómo le estaban saliendo los dibujos. Pero no quería invadirlo porque era un tipo muy orgulloso. “Negro, cuando vos quieras lo empezamos a hacer”, y así comenzamos.

El Negro le dictaba los guiones desde la cama a Luisito, el pibe que lo cuidaba, y él los mandaba por mail. Luisito fue un héroe anónimo, no solamente le ayudó a hacer eso, hacía todo. María Teresa, mi mujer, pintaba los dibujos en Photoshop. Enfermo y todo, el Negro nos tapaba de laburo. Yo sabía que él quería que ni bien llegaran los guiones yo me pusiera a laburar. Un día me dijo: “No te asustes, pero Luisito te va a mandar el boceto”. Luisito hacía unas rayas, las escaneaba y me las enviaba. Y así siguió, hasta que no pudo más.

La página que más le gustó de las que hicimos fue la de los mexicanos. “Te hice un guion a tu medida para el domingo”, me dijo. Era cuando los yankis habían levantado el muro en la frontera con México. La idea del Negro era que en una torre estaban dos policías tejanos, de esos que usan sombreros blancos y escopeta calibre 12,70. Uno de los policías decía algo así como: “Yo me imaginaba que los de la otra parte iban a entretenerse con algo”. El asunto era que los mexicanos estaban pintando murales. “Hacele un mural, inventátelo”, me dijo el Negro. Entonces busqué por internet, elegí uno de los murales de Diego Rivera. Y me mandé un dibujazo. “Viste –me dijo después–, yo sabía”.

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