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Dossier Portugal

Portugal como finisterre

Traducción de Nicolás Barbosa López

La crisis económica que vive Portugal no es en absoluto un asunto reciente y asociado de manera exclusiva al comportamiento del euro. Un examen de la historia del país deja al descubierto las hondas raíces de la pobreza lusitana.

© Mauricio Abreu | Corbis

 

El dictador Oliveira Salazar gobernó Portugal durante casi medio siglo, de 1928 a 1968, con su mano o su influencia, y luego bajo la modalidad de misa de cuerpo presente a través de Marcelo Caetano. Salazar, una especie de viudo soltero, amante tan solo de su propio mesianismo, moldeó el país en el fundamentalismo beato de una opus grey a la que él llamó Estado Nuevo. Con las mismas dosis de misticismo y de cinismo, tenía una fe triple: 1) en sí mismo como Führer infalible; 2) en Dios como confesor leal del poder; 3) en la miseria como santuario natural de la virtud. Miseria económica, miseria cultural, miseria moral. Miseria-Patria. Sin fuerza para ser grande, el Portugal de Salazar alimentó el orgullo de su soledad y el culto de su pequeñez. “Un pueblo que tenga el coraje de ser pobre es un pueblo invencible”, le confesó un día el dictador-beato a su ministro de Negocios Extranjeros, Franco Nogueira. Esta frase encierra todo su credo y toda nuestra desgracia, incluida la que vivimos hoy. Cincuenta años después de la salida de Salazar y cuatro décadas después de la revolución de abril de 1974, el Portugal democrático, vasallo de una troika de contadores y amaestrado por un grupo de domadores de circo, sufre ahora la venganza póstuma del dictador. El país, sujeto desde 2011 a una intervención financiera internacional, está a merced de quienes creen que Portugal tiene todas las de ganar si queda más pobre. Pobre “en términos relativos, incluso en términos absolutos”, según explicó el primer ministro Pedro Passos Coelho. Estos tiempos son de contrarrevolución y sueños regresivos.

 

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