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Breviario

¿Sátira o cinismo?

¿Qué pretenden las columnas de Daniel Samper Ospina?

© Alberto Ruggieri | Corbis

 

A un lector escrupuloso podría resultarle inquietante que un hombre que se hubiera distinguido por su carrera como pornógrafo light apareciera, de repente, como voz de la opinión pública. Ese lector encontraría una contradicción en el hecho de que alguien dedicado a fomentar la explotación del cuerpo femenino (explotación que es estandarte de la traquetización en Colombia) escribiera semanalmente una columna en la que pretendiera sensibilizar a los lectores sobre las conductas irracionales de la sociedad nacional.

Pero en Colombia es raro encontrar lectores escrupulosos, y es usual, en cambio, ejercer actividades aparentemente incompatibles (para la muestra, los legisladores delincuentes). Por eso, a nadie parece sorprenderle que Daniel Samper Ospina, director de la revista SoHo (“Sólo para Hombres”), funja ahora también de columnista de opinión en Semana, una de las revistas más influyentes del país.

Samper podría decir que no ve contradicción; que con sus textos no pretende sensibilizar a nadie, ni ser la voz de la opinión pública, ni denunciar nada: sólo reírse. De hecho, si lo dijera, la mayoría de sus columnas lo corroborarían: en vez de crítica, hay en ellas vagos insultos, algunos dirigidos a nuestros impresentables gobernantes y otros a la oposición política, a la izquierda en su totalidad, a las mujeres que no se depilan, a los pobres, a la gente mal vestida, a los feos y a cualquiera que venga a mano para un chiste fácil.

Pero si Samper no quiere poner a sus lectores a pensar, si no quiere denunciar nada, si solo quiere hacer chistes chocantes, ¿entonces para qué escribe una columna de opinión? Quizás aspire a lucirse creyendo que transgrede con su iconoclasia moderada las mores de una sociedad parroquial.

En una entrevista publicada por El Tiempo, nuestro enfant terrible afirma que, siendo estudiante en el Gimnasio Moderno, se sintió “autorizado a disentir, a imprecar, a protestar, a increpar”. No sé muy bien en dónde ejerza tal vocación infantil. Me parece que sus columnas, en las que suele dejar en claro su posición social y menciona, sin que venga a cuento, a su papá, a su tía y a su esposa, son inequívocamente convencionales.

Tampoco me suena que en el Gimnasio Moderno, reputado colegio “Sólo para Hombres”, Samper haya aprendido a disentir. Creo, eso sí, que aprendió el humor que todavía usa: un humor flojo, de buena cepa bogotana, que no es distinto del que se lee en El Aguilucho o en cualquier otra publicación estudiantil de un plantel de élite: el humor del montador del curso que cuenta con que sus amigotes se reirán socarronamente de cualquier donaire que se le ocurra.

Para ser satírico, y no meramente un cínico, Samper tendría que dejar de usar el mismo criterio patriarcal, el mismo tono irrespetuoso, el mismo mal gusto y la misma superficialidad de la sociedad a la que quiere imprecar. Para ir más allá de la ridiculización, y hacer humor, tendría que dejar de alardear de su ignorancia (“el único yogui que me parece serio es el oso yogui”); tendría que dejar de recurrir al adjetivo “mamerto” para condenar a quien cometa la pesadez de tener conciencia social; tendría que entender que no es grotesco el “tapón mucoso” que sale del vientre de las mujeres al dar a luz, y que el juego de palabras “hoy hasta las toallas higiénicas tienen canales” no vale ni el papel en que está escrito; tendría que saber que al confundir en broma a María Isabel Urrutia, la campeona olímpica negra, con Paula Marcela Moreno, la ministra negra, lo único que está diciendo es que una negra es igual a otra. Y eso no es chistoso.

Pero, sobre todo, el columnista tendría que darse cuenta de que el buen sentido del humor, incluso el más ácido, se sustenta en la compasión. En Colombia, un país violento, excluyente e intolerante, a veces hilarante y muy rara vez humorístico, es peligroso que la parodia no esté bien definida. Hay que aprender que uno no puede, en nombre de una ironía mal entendida, coger a patadas a alguien y luego excusarse diciendo: “Es que estaba haciendo la parodia de una persona que coge a patadas a otra”.

Por más remoto que esto suene, es lo que hizo el enfant terrible en su columna sobre los desplazados que se manifestaron recientemente en el parque de la 93, donde escribe: “Traté de interceder y negociar directamente con alguno, porque finalmente un buen pobre no sobra y uno puede usarlo de distintos modos: para que vote por uno, por ejemplo, o para que trabaje sin prestaciones”.

Por cierto, he oído decir que Samper se jacta de no pagarles a las modelos que salen desnudas en las carátulas de SoHo. Me niego a creer que un prestigioso columnista de Semana explote a sus trabajadoras. Si ha permitido que las modelos posen gratis, seguramente es que estaba tratando de hacer un chiste: algo así como la parodia de un proxeneta.

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Comentarios a esta entrada

maria jaramillo

Bien por Carolina Sanin. La felicito por esa magnifica columna. El Sr. Samper cree que por ser quien es tiene patente de corso para ofender,burlarse y faltarle al respeto a personas que valen mil veces mas que el.

Sebastián Leal

Bastante flojo Carolina. Sin duda alguna la sátira y el fino sentido del humor de Daniel, hiere a muchos, pero es genial y eso no se pone en tela de juicio. Es necesario dejar tantas suceptibilidades políticas y literarias

María Elena Triana

Solo se aceptan comentarios para alabar? No me he suscrito para eso. Gracias

Su comentario

Carolina Sanín

Columnista de Arcadia. Los niños, su última novela, fue publicada en 2014

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