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Literatura

Contengan la respiración

(A propósito de El gran Gatsby)

Muchos años pasaron, tras su publicación, para que El gran Gatsby se convierta en el clásico que es ahora. Las razones y consecuencias de esa valoración tardía laten en las mismas páginas de la novela.

Ilustración de Lorena Correa

 

“Quiero algo nuevo” declaró Francis Scott Fitzgerald en 1922: “algo extraordinario y bello y simple e intrincadamente diseñado”. El gran Gatsby, la obra maestra que publicó tres años después, fue todo eso; fue, también, el germen de inagotables decepciones para su autor. “De todas las reseñas, aun las más entusiastas”, le escribió Fitzgerald a Edmund Wilson, “no hubo una sola que supiera mínimamente de qué iba el libro”. Hoy sabemos (o sé yo, en todo caso, y me permitiré aquí presentar mi argumento) que se trata de una de las grandes novelas del siglo XX en Estados Unidos, un momento y un lugar que no carecen de grandes novelas. La historia extraordinaria y bella y simple e intrincadamente diseñada de aquel impostor advenedizo llamado Jay Gatsby, de su auge y caída, de su dinero y de las formas de obtenerlo y sobre todo de las razones que lo llevaron a la riqueza y a la impostura, es un logro artístico tan importante como el de cualquiera de sus compañeras de generación. Y es una generación de fábula, un verdadero dream team literario, pues El gran Gatsby se publicó en el mismo año que tres novelas con las cuales pocos quisieran medirse: Manhattan Transfer de John Dos Passos, The Making of Americans de Gertrude Stein y Una tragedia americana de Theodore Dreiser. Al año siguiente se publicarían Fiesta, de un tal Ernest Hemingway, y La paga del soldado, de un tal William Faulkner. En medio de aquella camada de prodigios, El gran Gatsby se distingue por el hecho triste de que pocos se dieron cuenta de su naturaleza prodigiosa, y por el segundo hecho triste de haber sumido a su autor en una incertidumbre y una melancolía que lo acompañarían hasta su prematura muerte.

 

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