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Viajes

Equipajes abandonados

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 © Alan Copson | Corbis

 

Pocas cosas tan personales como una maleta. Por algo va cerrada. Por algo, cuando la abren ante los ojos del público en el área de registro de equipaje o en las aduanas, se produce esa ola de obscena curiosidad y esa otra ola de pudor malherido, que chocan de inmediato en el aire apresurado de aeropuertos o estaciones de tren y autobús. La de veces que he mirado de reojo el contenido de una valija y, luego, ya sorprendida por el contraste o ya maravillada por la coherencia, he seguido la silueta del dueño o dueña de la misma. Se trata, después de todo, del más efímero y el más portátil de los museos del yo: una selección ardua de objetos que acompañarán al errabundo muy cerca del cuerpo en ese fuera de lugar que es todo viaje, solo para terminar, con el paso del tiempo y al final del recorrido, confundidos entre los otros objetos propios de la vida sedentaria. ¡Y cómo cambia la esencia y el valor hasta del más humilde cepillo de dientes cuando se le encuentra, pensando ya que estaba perdido, dentro de una maleta!

Ese conjunto de cosas que se llevan en los viajes, que así define la Real Academia la palabra “equipaje”, es en realidad, pues, una curaduría del sí mismo. El resumen más íntimo y el más práctico a la vez: los objetos que retratan a la persona no como esa persona se soñó o se idealizó, sino como se cargó a sí misma por caminos específicos y en cuartos concretos. Son los objetos que la necesidad, más que el gusto o la banalidad, atrae hacia el círculo imantado del trayecto. Se trata de pequeñas fotografías objetuales del ser humano en sus momentos más vulnerables: cuando está fuera de casa, cuando todo es nuevo o desconocido; cuando se ha roto, en todo caso, la rutina diaria.

Seguramente algo parecido pasó por la cabeza de la artista contemporánea Sophie Calle cuando en 1981 se contrató por unos cuantos meses como camarera de un hotel en Venecia, y empezó a fisgonear, y a retratar, las posesiones personales de los viajeros. De entre todas las imágenes que se mostraron en museos del mundo, tal vez las más conmovedoras o apabullantes tengan que ver con maletas expuestas a la mirada de los otros. Los objetos diseñados para tocar el cuerpo tocan así la mirada del otro. Pupilas intrusivas. Iris ajenos. Publicadas luego en el libro Ecrit sur l’image. L’Hôtel, las fotografías y los textos no solo revelan el voyerismo de la artista sino, sobre todo, el nuestro. Ahí estamos, fascinados por ese espacio donde confluyen los objetos del mundo privado con la intrusión, también personal, de la mirada pública. Ahí estamos, viendo.

Si esa carga íntima, esa promesa de tacto del cuerpo, hace que los objetos de una maleta cobren especial peso, su abandono, especialmente cuando este obedece a causas ajenas o impuestas con violencia, no puede dejar de causar estupor o angustia. Tal vez por eso, de entre todos los dibujos que realizó el artista judío-checo Bedrich Fritta en y acerca del campo de concentración de Theresienstadt durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los más lúgubres sea el que tituló precisamente así: “Equipajes abandonados”, el cual todavía es descrito de la siguiente manera en las paredes del Museo del Holocausto de Berlín: “Las metáforas de Fritta son especialmente impactantes en su obra ‘Equipajes abandonados’, con sus árboles sin hojas contra paredes impenetrables, un oscuro cielo nocturno, y las maletas que yacen, abandonadas. Esta no es una historia de un momento específico del gueto, pero habla de la ausencia de seres humanos, de la vida extinguida”.

Algo similar se experimenta al ver los contenidos de las cuatrocientas maletas que el fotógrafo Jon Crispin encontró, a mediados de los noventa, en el ático de un manicomio en el norte de Estados Unidos: el Willard Asylum for the Insane, en el estado de Nueva York. Intactas por casi un siglo, estas valijas muestran los objetos de vidas no vividas: las vidas de hombres y mujeres que fueron encerrados en los pabellones de una institución estatal y que murieron, después, para ser enterrados en tumbas sin nombre, pero con número. La más sencilla de las búsquedas en internet nos pone en contacto, como espectadores inesperados a lo largo del tiempo, con las posesiones personales de Anna, por ejemplo: una carta que no se dirigía a ella, algunos cinturones dorados, un par de cepillos de dientes, un peine. O los objetos que alguna vez le sirvieron de algo a Frank C., veterano de la guerra: un pequeño juego de costura, un equipo de aseo personal, una pistola de juguete, algunas fotografías familiares, un uniforme perfectamente conservado. Las posesiones de Flora T. incluían una botella de perfume, un juego de cartas, y un ominoso juego de jeringas de vidrio, aparentemente usadas para inyectarla con sulfato de estricnina, una droga que se usaba en el tratamiento de la epilepsia a inicios del siglo XX.

Más recientemente, al principio de la primavera de 2011, una serie de maletas no reclamadas en estaciones de autobús de Tamaulipas, un estado especialmente golpeado por los crímenes relacionados con el narcotráfico, alarmó a la ciudadanía. Abandonada y muda, esta colección de bultos y maletas dijo más que muchas palabras acerca de la cruenta violencia que arrasaba, y arrasa, con la vida de hombres y mujeres cuyo único delito es transportarse por las carreteras del país. Aunque el número de maletas encontradas permaneció en disputa (las cifras iban de las 29 a las 400, por ejemplo), su contenido se utilizaría para esclarecer la identidad de los 145 cadáveres encontrados en fosas clandestinas cercanas a San Fernando, el mismo lugar donde fue descubierta la masacre de 72 migrantes, la mayoría de origen centroamericano, que estremeció a todo mundo en el verano de 2010.

Poco se llegó a saber del contenido de esas maletas. Poco sabemos de la selección de objetos que algunos consideraron indispensables en su camino hacia el norte del país. Pero ahí también, en esos museos portátiles y efímeros, se concentran las verdades más íntimas y las más prácticas de la migración. 


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