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Columna

Fondo blanco

En 1946, Días sin Huella ganó un montón de premios Oscar. Sin embargo, durante la entrega nadie mencionó al autor de la novela en la  que estaba basada: Charles Jackson, un dipsómano rehabilitado, inseparable de su personaje.

Afiche de Días sin huella


En una de las mejores escenas de esa obra maestra sobre el alcoholismo que es Días sin huella, Ray Milland recorre bajo el sol rajante toda la Tercera Avenida, a la ida por una vereda, a la vuelta por la otra; habla solo y lleva a la rastra su máquina de escribir. Está buscando desesperadamente una casa de empeño que le dé unos billetes para whisky a cambio de su máquina, pero todas las casas de empeño están cerradas porque es Yom Kippur en Nueva York. En una de esas interminables cuadras, que recorre repitiéndose a sí mismo como un mantra: “El delirio es una enfermedad nocturna, ahora es de día”, Milland se cruza con otro transeúnte por la calle. La cámara muestra al transeúnte viniendo hacia nosotros y Milland interrumpe su murmullo para decirle: “Hello, Charlie”. Le dice Charlie como quien dice Carlitos, o flaco, o chabón, como quien dice “nadie”, y es uno de los momentos más estremecedores de la película, porque el Carlitos que hacía ese cameo era Charles Jackson, el verdadero protagonista de Días sin huella, el que escribió el libro: no el guion sino el libro en el que se basó la película, que era una novela pero el mundo tomó como un testimonio, “el más poderoso aporte a la literatura de adicción desde las Confesiones de un fumador de opio de De Quincey”, como dijo el New York Times.

 

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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