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Entrevistas

Elogio de la controversia

Una conversación con Victor Navasky

    


Victor Navasky, editor de The Nation hasta 2005 • Ilustraciones de Juan Pablo Gaviria 

 

"La semana ha sido particularmente estéril en cuanto a acontecimientos excitantes”. Podría parecer una broma pero esta fue en 1865 la primera frase, en la primera página, del primer número de The Nation, y con ella arrancó su andadura el semanario político más antiguo de Estados Unidos, fundado por abolicionistas y baluarte de la izquierda norteamericana inconformista. Cuando asumió la dirección de esta cabecera, en 1978, Victor Navasky tenía 46 años, un título de abogado de Yale y una irrefrenable pasión por las revistas satíricas y políticas. Aquel día, repasando el archivo, se topó con el atípico principio y desde entonces lo consideró un signo de inquebrantable valentía y honestidad.

La revista que recibió Navasky estaba en un momento particularmente bajo con apenas 25.000 suscriptores, 7.500 de los cuales no habían renovado. En el momento cumbre en sus casi treinta años al frente de la cabecera, que abarcaron desde la administración Carter hasta el primer mandato de Bush hijo, alcanzó a tener unos 180.000, que se mantenían de forma constante. Entonces llegó la Guerra de Irak y se duplicó la cifra. “Nuestro chiste en la redacción era decir que lo malo para el país es bueno para The Nation”, cuenta Navasky. A esas alturas él había pasado a ser propietario del semanario, desde que en 1994 el extravagante dueño, un corredor de bolsa de Wall Street ajeno a las ideas políticas de la revista, decidiera pasarle los trastos a buen precio. Navasky (siempre reacio a convertir la revista en una fundación, porque esto no les permitiría apoyar a ningún candidato político ni dedicar artículos a proponer cambios legislativos) tuvo que conseguir tres millones de dólares para un proyecto editorial que en 130 años de historia siempre había dado pérdidas, excepto en tres ocasiones. A todos los posibles inversionitas, Navasky les advertía que si iban a poner dinero en The Nation ni soñaran con recuperarlo. Pese a ello, logró meter en el embrollo a un muy distinguido socio: el actor Paul Newman. Y así continuó una sólida tradición que se remontaba a principios del siglo xx: el director de The Nation desde 1918 a 1933, el millonario Oswald Garrison Villard (feroz crítico de la ocupación de Haití por Estados Unidos y contrario a mantener el control del Canal de Panamá, “el tipo de militante pacifista capaz de escribir que ‘el presidente McKinley merecía haber sido fusilado junto a todos los miembros de su gabinete por habernos metido en una guerra innecesaria con España”, como apuntó Navasky en sus memorias), y más adelante la directora que le sucedió de 1933 a 1955, Freda Kirchwey, eran también dueños de The Nation. Navasky se hizo cargo de las cuentas de la revista, de una fundación anexa que financia la investigación para reportajes, y puso en marcha las charlas, coloquios y demás actividades vinculadas a la revista y su financiación. En 2005 pasó a ser editor emérito de esta cabecera y hoy la directora de The Nation, Katrina vandel Heuvel, también es la propietaria.

La entrevista con Navasky se celebra una mañana de finales de julio en su despacho de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, donde ocupa la Cátedra Delacorte y dirige la especialidad en revistas del programa de posgrado. Este neoyorquino de 81 años, eminente miembro de la casta de viejos editores progresistas, con su barba blanca, su amplia sonrisa y fino sentido del humor, mantiene su particular estilo mesurado, diametralmente opuesto a la fanfarronería. Un Papá Noel de la izquierda estadounidense, quizá, aunque lo cierto es que el discreto y afable Navasky ha sido un constante y férreo defensor del debate público progresista, dando cabida a algunos de los más brillantes polemistas del siglo XX, desde Gore Vidal hasta Christopher Hitchens, en las páginas de las cabeceras a su cargo.

Esta mañana Navasky viste una guayabera azul claro. Calmado y atento ofrece templadas respuestas. Acaba de regresar de un crucero que cada año organiza The Nation para recaudar fondos, y habla con entusiasmo periodístico de un encuentro fortuito que tuvo allí con uno de los dos hombres del círculo de Martin Luther King que fueron acusados por Hoover de pertenecer al Partido Comunista, un episodio tras el cual la línea telefónica del reverendo fue intervenida por el FBI gracias a una autorización del entonces fiscal general, Robert F. Kennedy. Navasky descubrió aquella historia mientras preparaba su primer libro, Justice Kennedy, a finales de los sesenta.

La siniestra época McCarthy y las delaciones ante el Comité de Actividades Antiamericanas han sido un tema recurrente para Navasky. Poco antes de ocupar el cargo de director en The Nation, diseccionó en las páginas de esta misma revista las medias verdades que en un libro –firme candidato a los Pulitzer en aquel momento– se presentaban como evidencia irrefutable de la culpabilidad de Alger Hiss. El abogado Hiss trabajó en el Departamento de Estado y en la ONU, y fue acusado y juzgado dos veces por espionaje en uno de los casos más polémicos y esperpénticos de delación y persecución de la década de los cincuenta en Estados Unidos. Navasky arrojó luz sobre el dudoso método empleado por el autor de aquel libro y en 1986 publicó Naming Names, el título de referencia sobre la caza de brujas, con el que obtuvo el National Book Award.

“Lo llamamos Guerra Fría pero realmente fueron tres conflictos simultáneos: un enfrentamiento global entre imperialismos e ideologías rivales, entre capitalismo y comunismo, entre Estados Unidos y la Unión Soviética; un choque doméstico en Estados Unidos entre cazadores y cazados, investigados e investigadores, guardianes de la seguridad interna y protectores de la libertad individual, una guerra entre los azotadores de los rojos y los rojos; y finalmente, una guerra civil entre los cazados, una fuga dentro de la comunidad liberal, una batalla constante entre los anticomunistas liberales y aquellos que se denominaban progresistas, los llamados anti-anticomunistas”, escribe en la introducción. Pero en este libro Navasky no trató de elaborar una historia sino de investigar cómo, y por qué, gente por lo demás decente se sintió forzada a la traición. Para ello entrevistó a todos aquellos que dieron nombres ante los tribunales y accedieron a hablar de ello. ¿Qué lecciones había que aprender de ese episodio de colaboracionismo y traición a la americana? 

Hoy en día, “la gran amenaza roja”, el comunismo, parece haber sido sustituido por el terrorismo, algo que aparentemente da carta blanca para arrasar con las libertades civiles.

Uno de los problemas es que la guerra contra el terrorismo es una metáfora, pero actuamos como si fuera real. Nuestra respuesta conlleva el mismo tipo de suspensión de libertades civiles que en una sociedad democrática solo se acepta en tiempos de guerra. Pero no ha habido una declaración formal de guerra, el Congreso no ha aprobado una ley sino tan solo un acta. Tenemos que enderezar esta situación y ello requiere mucha educación interna, repensar las cosas de forma creativa. El asunto va más allá de una división entre republicanos y demócratas. Jack Goldsmith, profesor de leyes en Harvard que presidió la Oficina de Asesoría Jurídica durante la administración Bush, ha escrito varios libros en los que cuenta lo que vio venir y cómo se negó a seguir adelante con algunos de los proyectos que la gente de Bush quería realizar, y que la National Security Agency (NSA) ha acabado poniendo en práctica. 

Será complicado cambiar las cosas ahora que el mecanismo de espionaje a gran escala ya está montado.

Es verdad, hay un mecanismo pero no ha sido puesto a prueba en una corte judicial. Y el hecho mismo de que ya esté montado implica que se puede cambiar, mejorar o desobedecer. En la medida en que viola la conciencia de la gente, puede ser puesto a prueba. 

Algunos de los asuntos en los que usted ha estado interesado a lo largo de su carrera, como las escuchas telefónicas o los sistemas de vigilancia, han estallado otra vez. ¿El nuevo contexto cambia el panorama?

En 1981, Frank J. Donner, en The Age of Surveillance, anunciaba muchos de estos asuntos a los que nos enfrentamos ahora. Durante la guerra fría no resolvimos la relación entre derechos y libertades de una manera satisfactoria. Dicho esto, me apresuro a decirte que el advenimiento de las nuevas tecnologías, unido al llamado terrorismo mundial, crea una situación mucho más complicada. Nuestro gran reto es cómo desagregar los asuntos relacionados con la tecnología de aquellos relacionados con el terrorismo. No quiero decir que vaya a ser fácil, pero tenemos que atender este tema como no lo hemos hecho hasta ahora. 

En su libro Naming Names se preguntaba por el legado de esos años de delaciones en la cultura americana. ¿Qué opina en la actualidad?

Nadie se había molestado en hablar con la gente que dio nombres ante el tribunal, nadie que tuviera mis posturas políticas y que partiera de la idea de que estaba mal ser un informante. Era gratificante entrar en este territorio virgen y también era incómodo. Hubo quien me dijo que era morboso y macabro lo que estaba haciendo. Yo creía que era importante.

Forzar a la gente a delatar a sus amigos y dar sus nombres esparció un veneno durante los años de las listas negras del macartismo, y eso es relevante en muchas de las cosas que pasan actualmente. Hoy a la gente que da voces de alerta la queremos juzgar en un tribunal como traidora. Hay una conexión entre estas dos reacciones. 

¿La respuesta de la prensa ha sido adecuada? Este resulta ser también un momento particularmente difícil, con las noticias recientes de escuchas a los periodistas de Associated Press y los cargos contra un periodista de The New York Times por no revelar sus fuentes.

No. La prensa ha hecho algunas cosas bien, pero otras no tanto. Esa postura tradicional de que hay que atender siempre las dos versiones con ecuanimidad está bien en teoría, pero hay algunos temas en los que no hay dos versiones. Dos más dos son cuatro en este sistema y no hay por qué ser ecuánimes con quienes dicen que dos más dos son cinco. Esto abarca desde lo que defines como noticia, hasta la manera en que gestionas la petición del gobierno en cuanto a no publicar algo. The New York Times, que es uno de los mejores periódicos, retuvo una historia durante un año porque el gobierno se lo pidió. Ahora creo que están reconsiderando si debieron haberlo hecho. Esto tiene que ver con algunos de los asuntos que ahora están aflorando y nos persiguen. 

¿El caso Snowden?

Creo que hay una confusión respecto a cómo pensar en Snowden. Es alguien que ha prendido las alarmas y ha prestado un gran servicio público. Sin embargo, a mí me habría puesto las cosas más fáciles si hubiera hecho lo mismo que Martin Luther King. Es decir, si hubiera expuesto sus motivos ante una corte y, en caso de ser declarado culpable, hubiera aceptado cumplir una condena. Entiendo que eso es más fácil decirlo que hacerlo, y más aún si tenemos en cuenta el modo en que se ha manejado el caso de Bradley Manning. Alguien que da la voz de alerta no es un espía y las cortes lo deberían reconocer. 

Usted se define como un absolutista de la Primera Enmienda, que defiende a toda costa la libertad de expresión. ¿Son los de hoy malos tiempos para este tipo de absolutistas?

Sí, lo son, pero yo soy un firme creyente en lo que el filósofo Habermas llama “la autoridad del mejor discurso”, no creo en la censura. El trabajo del gobierno en una sociedad democrática es proteger a quienes ejercitan las formas de discurso menos agradables. La historia demuestra que más daño han infligido aquellos que intentaron acallar este derecho, que quienes han sido acusados de abusar de él. 

Su carácter es afable pero tiene un particular gusto por la polémica y los debates, ¿de dónde le viene?

Quizá mi psiquiatra sea la persona adecuada para contestarle, pero no tengo un psiquiatra. He tenido, sin embargo, lo que considero una educación muy afortunada de manera bastante accidental. Mi padre, aunque le fue muy bien en la escuela y era un lector voraz, no fue a la universidad porque se puso a trabajar en el negocio de mi abuelo. Él pensaba que el problema con la educación pública es que machaca tu entusiasmo, así que me mandaron a un colegio que formaba parte de las escuelas alemanas Waldorf, la Rudolf Steiner School. Allí no enseñaban a leer hasta que los niños tuvieran nueve dientes nuevos, es decir, mucho más tarde que en el sistema tradicional. Steiner sostenía que las personas se desarrollan en tres etapas: primero descubren el mundo que les rodea, luego el cuerpo, y en tercer lugar las ideas. Su sistema educativo está basado en esos principios, así que yo aprendí las tablas de multiplicar bailando detrás del profesor mientras cantábamos, y las vocales gesticulando. Eran los años previos a la Segunda Guerra Mundial y cuando estalló el conflicto la propaganda sostenía que todos los alemanes eran nazis. A mí me preguntaban por qué iba a un colegio de nazis si mi familia era judía. 

¿Se cambió?

Sí, coincidió con la graduación de mi hermana. A mí me tocaba recibir clase con puras chicas, así que mis padres accedieron a cambiarme de colegio. Pasé a la Little Red School House, que era parte de un movimiento de escuelas progresistas. Allí creían que la enseñanza debía relacionarse con actividades sociales; el currículo contemplaba incluso que trabajaras en una campaña política, la que tú quisieras. La mitad de los profesores de esa escuela acabaron siendo llamados a declarar en los tribunales de McCarthy. Aquello estaba impregnado de un aire izquierdista, comunista, liberal. Así que mi primera experiencia educativa fue la del espíritu, y la segunda la del compromiso. 

En Little Red School también fue donde Navasky empezó a publicar una serie de tiras cómicas con una compañera de clase, su primer escarceo con las viñetas y las revistas. Después de graduarse acudió al prestigioso Swarthmore College, de tradición cuáquera, y publicó en la revista universitaria. También se marchó un verano a Inglaterra pensando que en Londres podría trabajar en News of the World, pero acabó en un diario regional de Worcester gracias a una carta que decía: 

Esto es para presentarte a Victor Navasky, estudiante norteamericano interesado en aprender y trabajar en un periódico británico. El señor Navasky es amigo de la señorita Pat Bryson. La señorita Pat Bryson es la hija del señor George Bryson. El señor George Bryson es el fundador y director ejecutivo de la oficina de Young & Rubicam en Londres. Young & Rubicam es propietaria del 80% de News of the World. News of the World tiene el 100% de Berrow’s Worcester Journal. Por favor, ayude al señor Navasky como le sea posible. 

En su último verano de universitario trabajó como guía en el edificio de The Washington Post. Luego, recién graduado y con la Guerra de Corea en ciernes, fue llamado a cumplir el servicio militar. Pensó que terminaría en dc trabajando en alguna oficina de información, pero fue a parar a una compañía médica en Alaska, lo cual no impidió que se ofreciera como voluntario en el periódico militar de la zona –que más adelante acabaría editando–. Del ejército, Navasky pasó a la escuela de derecho de Yale, donde tomó cursos en leyes y arte, en Freud y jurisprudencia, y se apuntó a la clase que Tom Emerson (“Tommie the Commie”) impartió sobre derechos civiles, la primera en la historia de Estados Unidos. Pero quizá lo más importante que hizo en esos dos años fue lanzar una revista satírica bianual, de excéntrico formato alargado y tono gamberro, en la que participaron entre otros el dibujante David Levine y el novelista Kurt Vonnegut. El lema de Monocle: en el reino de los ciegos, el tuerto es rey. Siguió con ese proyecto en Nueva York, montando una hoja semanal e incluso una editorial de libros tipo “cómo ser una madre judía”, pero la falta de inversionistas acabó por hundir a Monocle. Entonces, recién casado con Annie –que acabó siendo una brillante agente de bolsa–, se lanzó a colaborar con distintos medios como freelancer, arrancó con el proyecto de su primer libro sobre Robert Kennedy y aterrizó en un puesto de editor en la revista dominical de The New York Times

En su libro de memorias Matter of Opinion cita dos posturas ante las colaboraciones periodísticas. La primera sostiene que uno solo pasa a ser editor si no consigue hacer funcionar su carrera como freelancer, y la segunda dice que solo freelancers muy inteligentes pueden dar el salto a la edición.

La presión para el freelancer es la de convertirse en especialista en un área, y entonces es cuando recurren a ti. Mi regla de oro era solo aceptar encargos que me permitieran revender o reutilizar la investigación varias veces. Leía un libro y eso me formaba para hacer una reseña sobre ese libro; luego hacía un artículo relacionado con el tema del libro; y por último yo mismo acababa escribiendo un libro relacionado con el artículo y la reseña, con lo cual la investigación tenía tres vías de salida. Era mi forma de hacerlo funcionar económicamente, pero aun así cuando me ofrecieron un puesto en The New York Times lo acepté de inmediato.

Christopher Hitchens (1949-2011)


¿Cómo le fue?

Aprendí mucho sobre cómo ser un periodista profesional, y estoy muy agradecido por eso. Pero, por otro lado, tenías que conformarte y adaptarte a una fórmula no abiertamente estipulada. Básicamente se suponía que no debías tomar posición en lo que escribías a menos que ya tuvieras una postura conocida de antemano, y entonces sí podías. A mí me atraía el periodismo de opinión precisamente por los obstáculos que el periodismo generalista oponía ante las ideas no convencionales. 

Y entonces llegó a The Nation.

Ahí logré tener lo mejor de los dos mundos: los beneficios de una oficina, los colegas y la comunidad, y la libertad de hacer lo que quería y de escribir sobre lo que quisiera dentro de un límite. 

Navasky empieza su último libro, The Art of Controversy, editado el año pasado, con el relato del único motín que la redacción le organizó. El motivo de la entrada en tromba de los redactores, correctores y editores de The Nation a su despacho fue una viñeta de David Levine (ver p. 49). En ella el ex secretario de Estado, Henry Kissinger, aparecía en una cama montado sobre el cuerpo de una mujer cuya cabeza era un globo del mundo. Estaban cubiertos por la bandera de Estados Unidos. Era 1984 y acababa de hacerse público el informe de la Comisión Kissinger sobre la Iniciativa de la Cuenca del Caribe. El dibujo había sido rechazado por The New York Review of Books, que lo consideró demasiado fuerte, y Levine, viejo amigo de Navasky desde los tiempos de Monocle, se lo había ofrecido a The Nation. Acusado de machista en la carta de protesta que firmó la redacción, y ante comentarios tales como “¿por qué no abusa Kissinger de un hombre del tercer mundo?” o “¿por qué no está ella encima?”, Navasky decidió convocar una asamblea, pero advirtió que no sometería a votación la decisión final puesto que se trataba de una cuestión estética. No resulta difícil imaginar el aire tranquilo con el que ofreció este argumento, tan sereno que logró convencer a los más airados, a pesar de tratarse de un principio, como él mismo admite, totalmente arbitrario. No hubo votación pero sí bronca, que tocó a su fin cuando el columnista británico Christopher Hitchens, vestido con impecable traje blanco, calmó a una furiosa redactora que adivinaba un gesto de pasión en la mano de la mujer-mundo aferrada al colchón:

–Créeme, querida, eso no es un agarrón de pasión.

Si en aquel momento pensó que el enfado de la redacción se debía al contenido políticamente poco correcto de la viñeta de Levine, años después Navasky identificó el nervio de la cuestión al ver las multitudinarias y violentas manifestaciones que provocó la publicación de las caricaturas del profeta Mahoma en un periódico danés. “¿A qué responde la ira de quienes se sienten ofendidos por viñetas y caricaturas?”, escribe en la introducción a su libro, en el que trata de diseccionar la sátira gráfica. 

La revuelta contra la viñeta de Levine fue la única protesta formal que usted recibió en casi treinta años. ¿Cómo manejaba esa redacción de inconformistas?

No es fácil, déjame que te diga. Hubo otra ocasión en que un anuncio les molestó, pero no se trata tanto de que irrumpan en tu oficina. Siempre he pensado que The Nation es una revista para generar un diálogo entre radicales y liberales, más que entre demócratas y republicanos, así que la discusión que surgía en nuestras páginas no era la misma que ocupaba las páginas de los medios generalistas. Los debates eran, por ejemplo, entre las mujeres que consideraban que debía prohibirse toda la pornografía y los libertarios que pensaban que nada debe ser prohibido. O entre los partidarios de intervenir por causas humanitarias –por ejemplo en Bosnia para defender los derechos humanos– y los pacifistas que descartaban la participación en cualquier conflicto armado. Las discusiones eran distintas de las que aparecían en los otros medios. 

¿Y trascendían dentro de la revista?

Teníamos una correctora en The Nation que empezó como becaria, muy lista y trabajadora, pero también muy radical en sus posturas políticas. Era tan buena que pasó a ser nuestra jefe de corrección. Un corrector se supone que se fija en el estilo y edita para que todo suene coherente y esté claro; pero ella editaba no solo en aras de la claridad sino también desde una postura ideológica. Quería que nuestros colaboradores liberales fueran más radicales. Aquello confundía a los autores, pues al principio trabajaban con un editor que les hacía el encargo, luego con otro que les ayudaba a darle forma al texto, y cuando ya parecía que estaba listo caía en manos de la correctora y ella lo editaba desde el principio otra vez. ¿Cómo mantienes a alguien así? Era muy eficiente y no tenía miedo de expresar sus ideas; había que integrarla en el proceso editorial de manera sana y sin que subvirtiera el proceso e intentara colar sus ideas. Eso era el pan nuestro de cada día en The Nation. Al respecto, no puedo ofrecer ningún consejo diferente a que debes respetar las ideas de la gente y tratar de ser lo más abierto posible. Yo probablemente consultaba poco cuando estaba a cargo. Parte de mí cree que un gran editor imprime su sello en la publicación que dirige, pero, ¿cómo lo haces? En mi caso, me gusta pensar que trataba de sacar lo mejor de cada autor. 

¿Es ese su estilo como editor?

Yo no soy un gran editor de mesa, pero he sabido reconocer el talento de muchos autores y he tenido algunas buenas ideas. Por ejemplo, traje al escritor y periodista Calvin Trillin cuando escribía en Time, porque vi que tenía un gran don para el humor mordaz y la sátira, que más adelante volcó en las páginas de Vanity Fair y The New Yorker.

 Un humor que a menudo usó para hacer bromas a costa suya.

Fui uno de sus blancos favoritos. ¿Necesita uno tener piel de elefante para este oficio? Sí. Al final se trata de dar a los mejores la posibilidad de ir hasta el final en lo que realmente quieran hacer. Ser lo más cuidadoso posible en la verificación de los datos –y lo más riguroso posible en términos de gramática, para evitar errores–, es la mejor manera de proteger el derecho a difundir ideas que pongan en tela de juicio la sabiduría convencional.

Gore Vidal (1925-2012)


¿Defendía también la independencia interna?

Me gustaba particularmente el final de la revista, la parte dedicada a cultura y críticas. Siempre pensé que la mejor forma de preservar y proteger esta sección era dar al editor de esas páginas absoluta libertad y autoridad. Con nosotros colaboraba mucha gente que también escribía libros, pero eso no les daba ningún tipo de preferencia. No quieres convertirte en un órgano de promoción de tu gente. 

Usted contó con distinguidos y feroces polemistas en su cuadra, escritores como Gore Vidal y Christopher Hitchens. ¿Cómo lidió con gente de una inteligencia igual de grande que su ego?

En el caso de Christopher, lo único realmente importante era que los verificadores de datos consultaran con él antes de la hora de la comida. Luego podía sentarse y escribir en una prosa impecable unas ideas muy brillantes, después de tres martinis y cuatro vasos de vino, pero no era buena idea poner en cuestión algún detalle de sus artículos. Podía ser bastante brutal y desagradable. 

¿Y los demás?

Cada caso es distinto. El columnista político Alex Cockburn tuvo una mala experiencia con The Village Voice. No les gustó que recibiera una beca del Instituto Árabe. Mi parecer al respecto es que si hubiera sido dinero de la Fundación Guggenheim no les habría importado. Dieron por hecho que las posturas políticas de Alex estaban influidas por el dinero, y ese dinero estaba influido por la política. Lo cierto es que tienes que juzgarle por lo que escribe, no por tus prejuicios, y él era un polemista increíblemente dotado.

Con Gore Vidal, una de las primeras cosas que hice cuando me contrataron en The Nation fue ir a verle a California. Nos habíamos escrito y fue muy hospitalario. Le dije que queríamos que formara parte de nuestro proyecto y acabó siendo lo que en inglés se llama un contributor editor. Más adelante, cuando una revista no quiso publicar uno de sus artículos sobre Irán, nosotros decidimos sacarlo. A partir de ahí empezó a colaborar más con nosotros. 

(Aunque Navasky no lo cuenta esta mañana, en sus memorias narra que fue invitado tiempo después por el dueño de Penthouse a una cena en su lujosa residencia del Upper East Side. Al preguntársele cuánto pagaba a Vidal por sus artículos y contestar que la misma modesta tarifa que al resto de los colaboradores –250 dólares–, su anfitrión, atragantado, contó que él le había ofrecido 50.000 y Gore lo había rechazado. Navasky tampoco hace mención a la agria pelea en torno a la guerra de Irak que acabó por separar a Hitchens de la revista.) 

¿Qué tenían en común estos polemistas?

Eran escritores extraordinariamente dotados, muy inteligentes, con estilos inimitables. En ese sentido ocurre como con los caricaturistas, a quienes no puedes parafrasear. Su uso del lenguaje era un elemento crítico en la exposición de sus ideas. No es solo que generaran controversia y fueran inconformistas; no es solo que nadaran contra la corriente y fueran originales; es la combinación de todo eso con un principio, no expresado claramente, de excelencia literaria. Esa es tu verdadera armadura contra los críticos. Y una vez que tienes a uno o a dos de estos polemistas, es más fácil que vengan otros a tocar tu puerta, porque te conviertes en un sitio prestigioso en el cual publicar o desde el cual tirar tus granadas. 

Estos implacables polemistas, ¿necesitaban más apoyo y más distancia?

Un periodista que tuvo un problema con William F. Buckley Jr., el director de la National Review, le dijo una vez: “Deberías hacer lo que Navasky hace con Cockburn, que le apoya pero eso no significa que esté de acuerdo con él”. Simplemente creo que tienes que proteger el derecho de tus columnistas a decir lo que quieran. Cuando les llamas estás haciendo una apuesta a largo plazo. Básicamente le estás diciendo: “Este es tu show, pero no puedes cometer ningún error factual, no puedes romper la ley ni calumniar a nadie y por eso tendrás un editor”. Si hay una controversia, el director será quien decida, pero la presunción es a favor de quien escribe. Él o ella tiene una voz y dice lo que quiere; a cambio, escribe con regularidad y cobra menos de lo que le pagarían en otro lugar. Nosotros no podíamos pagar tarifas competitivas, pero nuestros columnistas sabían que podían escribir lo que quisieran y como quisieran. 

El tercer grupo con el que ha tratado de forma intensa han sido los inversionistas. ¿Cómo lo llevaba?

Bueno, yo tengo una vena empresarial y no solo no me molestaba lidiar con la parte económica, sino que además lo disfrutaba. Me divertía pedir dinero a la gente, porque pensaba que era por una buena causa. Lo pasaba bien diciéndoles que las posibilidades de que recuperaran su inversión eran prácticamente nulas. Cuando me respondían que era demasiado dinero para invertir en algo que no daría rendimientos, yo les contestaba que si no podían permitírselo no lo hicieran. Por otro lado, la mayoría de los inversionistas quieren tener voz en una revista, pero nosotros montamos un sistema para que no la tuvieran. Como en las producciones de Broadway, donde los inversionistas carecen de voz y voto, y aunque pueden retirar su dinero si no están de acuerdo, no pueden opinar directamente. 

¿Y la competencia?

Cuando yo era niño, The Nation y The New Republic eran las dos revistas a las que mis padres estaban suscritos. Para muchos eran como productos siameses. Sus posturas políticas eran totalmente intercambiables. Entonces llegó primero la Guerra Fría y luego el asunto judío y los derechos civiles. Ahí las publicaciones tomaron posturas diferentes. The New Republic consideraba impensable publicar a algunos de los que salían en nuestras páginas, y esto acabó por convertirse en una invitación a conectar con un cierto tipo de talento. La cuestión de Israel tuvo algo que ver, aunque yo no lo pensaba así en ese momento. The New Republic tenía una postura inamovible y nosotros una cierta apertura; algo que nos convertía en un lugar atractivo para que Edward Said quisiera publicar con nosotros. Cockburn era un crítico feroz de Israel, pero teníamos a otras personas como Eric Walterman, cuyo judaísmo e Israel eran elementos fundamentales en su identidad. 

The New Republic fue comprada hace poco por Chris Hughes, un joven socio de Zuckerberg en Facebook.

Él está transformando la revista y, más que como un semanario de opinión, la ve como una versión política de Vanity Fair. Aunque aún no han encontrado su identidad, parece ser un momento muy interesante para estar allí y, además, él no tiene reservas a la hora de pagar a la gente. Cuando lo presenté en una charla en Columbia, cité un artículo en el que se decía que Facebook tiene billones de usuarios y él tiene un 1% de la compañía, lo cual equivale a más de mil millones de dólares. Se encogió de hombros. Es una persona con encanto y nada tonto. 

Con internet y los blogs parece haber una edad de oro de la opinión, aunque no está claro si todo lo que se publica ha sido suficientemente editado y verificado.

Eso se explica porque el viejo modelo económico que sostenía nuestras pequeñas publicaciones, y que nunca fue excesivamente bueno, está bajo amenaza debido a que los modestos anuncios han migrado a otro lugar. El coste de la distribución y el correo ha subido, así que las suscripciones impresas son muy caras de mantener. Además, se ha acelerado el proceso editorial tanto en la versión impresa como en la cibernética. Hice un estudio para la Fundación MacArthur, que publicó la Columbia Journalism Review, sobre la relación de las revistas con sus webs, y a través de una encuesta descubrimos que incluso una cabecera tan prestigiosa como The New Yorker no verifica su versión online con el rigor que caracteriza su versión impresa, y tampoco edita igual. Hoy hay muchas opiniones volando por ahí, lanzadas al aire, pero son algo distinto de lo que recogen los semanarios de opinión que publican ensayos largos, esperamos que meditados y razonados, originales y fiables en cuanto a la información en que se basan. Así que la ironía es que, a pesar de todo, internet hace más acuciante la necesidad de las revistas de opinión. 

Cuando todavía dirigía The Nation, a mediados de los noventa, Navasky se tomó un sabático para reflexionar sobre el papel crítico, en todos los sentidos, que estas publicaciones están llamadas a cumplir. El viejo editor narra en sus memorias cómo durante aquellos meses que pasó en Harvard encontró una de las claves en la definición que Jürgen Habermas hace de la esfera pública, ese espacio que no se rige por las leyes del mercado, ni tampoco está dominado por el Estado. De allí concluyó que la democracia necesita una conversación constante, un debate abierto, aunque suceda en tiradas cortas. Pero, “¿cómo mide uno su influencia en corrientes intelectuales, en presunciones culturales, en el sentimiento de lo posible, en el clima de opinión?”, se pregunta. Y su respuesta se condensa en un aforismo: “La batalla por ejercer influencia es a menudo una batalla por el futuro”. Este credo es el que Navasky sigue esparciendo entre las nuevas generaciones de periodistas, aquí en un despacho en la séptima planta de la Escuela de Periodismo de Columbia.

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Andrea Aguilar

Escribe a menudo en el diario El País. Desde el 2007, vive en Nueva York y trabaja como periodista freelance.

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