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Breviario

¡Ay, ay mija!

Traducción del portugués de Margarita Sierra

La encargada de hacer las cejas de la presidenta de Brasil relata la relación con su más famosa clienta.

 © Lorena Correa 

Con movimientos rápidos, Rose Paz coge un hilo de algodón blanco, ata una punta con otra, enrolla parte del hilo en cada mano y hace un complejo arreglo en forma de equis. Luego se aproxima al rostro de la mujer que está tendida en un sillón reclinable y, mediante un movimiento de pinza con una mano, logra que la línea del hilo se mueva muy cerca de la piel, arrancando el vello facial desde la raíz con el simple paso del hilo estirado. Rose practica la depilación egipcia para delinear las cejas. Sin liberar la pinza de su mano, arranca uno a uno los vellos faltantes, a lo que sigue un pequeño quejido y una posible maldición por parte de la clienta. Un movimiento mal ejecutado podría agudizar el inevitable dolor, y no es raro que broten lágrimas involuntarias.

 

A muchos ministros y gobernantes les gustaría ser recibidos en el Palácio do Planalto, en Brasilia, con la misma frecuencia que Rose. Una vez al mes, ella delinea las cejas de su clienta más poderosa: Dilma Rousseff. La presidenta es atendida por Rose en la mañana, antes de comenzar a despachar. Las sesiones duran alrededor de media hora y transcurren entre insultos esporádicos de Dilma, cada vez que Rose jala un vello bruscamente, seguidos siempre por el vocativo “mija”.

Rousseff tiene las cejas naturalmente arqueadas, dibujadas en un estilo sobrio, como conviene a una jefe de Estado. Rose toma solo unos pocos vellos de la parte superior para darles un rasgo más liviano. “Pero es poca cosa”, explica.

Rose estudió estética y cosmetología, y una especialización en Chile la convirtió en diseñadora de cejas. El diseño ideal –explica– debe comenzar entre el final de la frente y el inicio del contorno de la nariz. “Si la ceja es demasiado arqueada puede dar un aire sexy o enojado, para lo cual usted tiene que quitar el pelo del punto alto y aliviar el aire severo, cuando sea el caso”, dice. Si la mirada está caída, se busca dar a la ceja un movimiento que la levante, delineándola desde su punto más alto. “Si hay fallas, las relleno con tinta especial”.

Antes de dibujar cejas, Rose Paz se ganaba la vida como maquilladora, un oficio que aprendió en el Senac, institución de formación profesional popular en Brasil. Comenzó a trabajar en televisión en el programa del famosísimo obispo Edir Macedo, en São Paulo. Como el programa comenzaba a las seis de la mañana, Rose llegaba a las cuatro para preparar a los invitados. También trabajó en telenovelas y en el programa de Ana Maria Braga, quien años después vendría a ser una de las presentadoras más conocidas en Brasil. Completaba su presupuesto maquillando brujas y vampiros en Halloween para el Playcenter, uno de los parques de diversiones más populares de São Paulo, cerrado el año pasado. Incluso tuvo una experiencia como maquilladora de cadáveres, pero abandonó la profesión después de dos turnos en un hospital. “Lo peor fue pasar la noche sola con el cliente”.

Rose ya había tenido a su cuidado la cara de otros políticos antes de que le fueran confiadas las cejas presidenciales de Dilma. En la campaña electoral de 1994, fue ella quien preparó a Fernando Cardoso para sus apariciones en programas de televisión. Aplicaba polvo para atenuar el brillo de la cara y ocultaba las ojeras del ex presidente.

Al final de 2007 una colega le presentó a Rousseff, entonces ministra jefe de la Casa Civil. Las dos se entendieron y Rose comenzó a ir a la casa de su nueva clienta. Estuvo cerca de ella cuando Dilma superó un cáncer linfático y después se convirtió en su maquilladora oficial durante la campaña electoral de 2010.

Contratado para suavizar la imagen de Dilma en la cruzada electoral, el peluquero Celso Kamura propuso a Dilma un corte al estilo de Carolina Herrera y así redefinió su imagen. A Rose Paz le encargaron la rutina de mantener su maquillaje.

Rose viajó con Rousseff por el país y llegó a acompañarla a Nueva York durante la campaña. Era común que fueran a dormir ya de madrugada para despertar a las seis de la mañana. Ese fue el período en que Rose menos durmió en su vida. La candidata tenía que estar presentable pero, con el ritmo frenético de la campaña, el trabajo no salía a su gusto. “Una vez que terminé de maquillarla, ella me dijo: ‘Estoy horrible, mija’ ”. Había ocasiones en que Dilma se exaltaba. “Un día llegué devastada a casa y le conté a mi hermana: ‘Hoy ella maldijo hasta a mis antepasados’ ”.

La presidenta tiene la costumbre de disculparse de una manera peculiar, por las curvas. “Ella no pide disculpas, pero se vuelve y dice: ‘¿Tienes un caramelo en tu cartera, mija?’. Entonces yo sé que ella se está disculpando”. Un día en que Rousseff había perdido la paciencia, la reconciliación llegó con un paseo al final de la mañana. “Ella no dejó que ningún ministro subiera al carro y gritó: ‘Rose viene conmigo. Ven, hija’ ”.

Rose dice que no se deja intimidar por la histeria presidencial. Vivió tiempos más difíciles cuando fue maquilladora de la cantante Roberta Miranda y pasó cinco años de gira con su entourage. “Había días en que yo entraba a su habitación y ella comenzaba a tirar cosas”, contó. “Fue mi escuela de paciencia. Comparada con ella, Dilma Vana Rousseff es muy tranquila”.

Rose Paz tiene 42 años y las cejas discretas como su personalidad. Trabaja en jeans, chaqueta negra y zapatos Oxford. Tiene un estudio al norte de Brasilia, donde atiende con su hermana Rosana, a quien ha entrenado para hacer la depilación con cera, diseñar cejas y maquillar como ella. El estudio tiene dos camas blancas reclinables, hay algunas revistas pero ninguna foto de las actrices, políticos y periodistas que ya han atendido.

Entre un grito y otro, en cierta ocasión una mujer preguntó una vez a Rose si ella había trabajado durante la dictadura. “Porque esto aquí es una tortura”, agregó en broma. El estudio vive lleno: recibe unos cien clientes por semana.

Rose cobra 20 reales por quitar la pelusa con la técnica de la línea. Por modelar las cejas, el precio es de 39 reales, casi el doble de lo que cobran los salones de Brasilia. La más célebre clienta paga con cheque y Rose deja a su criterio decidir cuánto será. “Ella nunca llena el cheque por el valor completo, y me dice: ‘Porque rica no soy, mijita’ ”.

 

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Carol Pires

Es reportera de la revista ´Piauí´ en São Paulo y hace parte de los nuevos cronistas de Indias, seleccionados por la FNPI.

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