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Cine

Néstor Almendros en Colombia

Tras su paso por Caliwood en los años ochenta, Néstor Almendros dejó una profunda huella entre los cinéfilos locales. Esta crónica recorre el itinerario colombiano del director de fotografía ganador del Premio Oscar en 1978.

 
 Néstor Almendros junto a François Truffaut © Un homme a la cámera • Hatier (1990)
 
En 1963, el escritor Germán Arciniegas contrató para Cuadernos, la revista en español que dirigía en París, a un joven catalán que venía de Cuba y que parecía tener especiales conocimientos sobre el mundo del cine. Se llamaba Néstor Almendros, tenía la edad de Cristo y se destacaba por haber realizado algunos cortometrajes experimentales, por ejercer la crítica en distintas publicaciones en la isla y por haber fundado, junto a Guillermo Cabrera Infante y Germán Puig, la Cinemateca de Cuba. En el número 77 de la revista, Almendros comenzó su trabajo polemizando con el también escritor y también colombiano Eduardo Caballero Calderón, a causa de un artículo que este había publicado criticando el cine latinoamericano. Almendros, con una elegancia que no neutralizaba su vehemencia, reaccionó frente al autor de Tipacoque, refutándole sus argumentos en contra de la comercialización del cine, en contra de los cineclubes y del cine “doctrinario”. Hijo de las recientes teorías de la nouvelle vague, Almendros afirmaba que no por el hecho de ser popular el cine dejaba de ser importante, ni por el hecho de ser elitista el cine perdía su esencia, ni mucho menos se podían combatir las actitudes contestatarias, porque eso terminaría convirtiendo al “séptimo arte” en un adorno de agencia de turismo. El cubano-catalán lo sabía muy bien. Había salido de la isla cuando la situación para muchos intelectuales se fue volviendo insoportable. Tras haber probado suerte en los Estados Unidos y haber sufrido los embates de la intolerancia en los primeros años de la revolución, Almendros había quemado sus naves y se había instalado en Francia, donde sobrevivía dictando clases de español y trabajando para la televisión escolar. Hasta que un golpe de suerte le cambiaría el destino para siempre: estaba parado en una esquina de la Place de l’Étoile en París, durante el rodaje del filme de sketches titulado Paris vu par..., cuando el director de fotografía de Eric Rohmer se peleó con el realizador y dejó la cámara tirada en el andén. Almendros se acercó al productor (Barbet Schroeder) y le ofreció sus servicios para solucionar la emergencia, al menos por ese día. Lo que comenzó como un accidente terminó siendo una de las carreras más fructíferas, sensibles e inteligentes en la historia de la dirección de fotografía de la segunda mitad del siglo xx.

Para los cinéfilos colombianos, el nombre de Néstor Almendros comenzó a ser tenido en cuenta, cómo no, gracias a la curiosidad de los cineclubes. Si se revisa su inmensa filmografía (más de cincuenta películas en dos décadas) se pueden hacer algunos cálculos y, recordando los títulos que llegaron o dejaron de llegar a Colombia en los años sesenta y setenta, se puede concluir que el interés comenzó a manifestarse gracias al filme en blanco y negro de François Truffaut titulado El niño salvaje. En 1969, se vivían tiempos de militancia. El Cine Club de Cali, fundado por Andrés Caicedo, adoraba las películas de Truffaut y presentó dentro de su programación la película citada. El hecho de que hubiese “un cubano” en los créditos y que, por lo demás, diera la cara ante el mundo con unas imágenes que fusionaban muchos lenguajes lo convertía en una figura digna de tener en cuenta. No importaba que Almendros fuese “un gusano” ante los ojos revolucionarios de la cinefilia local. Lo que importaba era el Cine, con sonoras mayúsculas. Y los resultados de su trabajo con Rohmer, Truffaut o Schroeder lo convertían en uno de los nuestros. En aquel tiempo, los iberoamericanos necesitábamos ejemplos de grandes nombres que figuraran en los libros de la historia del cine. Allí ya estaba, con sobrados méritos, don Luis Buñuel. Poco a poco, aparecían los aguerridos realizadores del “tercer cine”. En el medio se encontraba, en la silenciosa sapiencia de su oficio, el enigmático Néstor Almendros.

La confirmación desconcertante de su genio llegó en 1978 cuando, contra todos los pronósticos, se llevó el Premio Oscar, gracias a su trabajo en la película Days of Heaven de Terrence Malick. Poco a poco, Almendros se fue convirtiendo en un personaje de referencia en el mundo de las imágenes, lo que no es muy normal en la dirección de fotografía, que en términos generales es considerada una labor de técnicos salvo en nombres excepcionales como los de Sven Nykvist o Gordon Willis. Los años pasaron y la década de los setenta siguió triunfante para Néstor. Colaboró con Truffaut (desde L’histoire d’Adèle H., pasando por L’homme qui aimait les femmes o La chambre verte), se engolosinó con la belleza de Brooke Shields en La laguna azul, y consolidó su carrera en los Estados Unidos con directores como Robert Benton (Kramer vs. Kramer) o Alan J. Pakula (Sophie’s Choice).

Es en ese momento, en los primeros años de la década de los ochenta, cuando comienza su breve pero sensible relación con Colombia. Todo comenzó con el director y productor Barbet Schroeder, quien llegó al Festival de Cine de Cartagena con su película Tricheurs. En ese viaje, se obsesionó con el país. Un año después, regresó al festival acompañando a Almendros, pero esta vez era el productor del primer largometraje documental de Néstor como realizador, llamado Conducta impropia, filme de denuncia sobre la situación de los homosexuales en Cuba. La película causó un pequeño revuelo local, toda vez que el de Cartagena, por aquellos días, era un festival cercano a los cubanos de la isla. Fue una verdadera sorpresa descubrir el tono del documental (dirigido con Orlando Jiménez Leal, quien ya había enloquecido a los cartageneros con su película El súper). Almendros nunca había sido un “militante” de la causa anticastrista y su homosexualismo había sido tan discreto como su miopía. Pero coConducta impropia decidió salir del clóset con inusual contundencia y, apoyado por el mecenazgo del siempre fiel Barbet Schroeder, sacó adelante un tremendo tesoro del documental político iberoamericano.

 

 Néstor Almendros y el director Barbet Schroeder en el Museo La Tertulia de Cali  0149 • © Eduardo "La Rata" Carvajal 


Si se continúa revisando su filmografía, después de su excelente trabajo en Heartburn de Mike Nichols, y en Nadine de Robert Benton, pasarían tres años antes de que el nombre de Néstor Almendros regresara a las pantallas (y nada menos que con el episodio de New York Stories dirigido por Martin Scorsese). Se especuló que se habían complicado sus problemas ópticos o que había descubierto “la enfermedad”, la que terminaría por llevárselo para siempre en 1992 (un 4 de marzo, la misma fecha del suicidio de Andrés Caicedo). En realidad, por aquellos días, Almendros estuvo sano y fuerte en Colombia: en 1985, Barbet Schroeder, obsesionado por filmar una película en el país donde había vivido su infancia, llegó con el guionista norteamericano Myron Meisel para reescribir un guion que había trabajado con Pascal Bonitzer y que se titulaba Machete. Schroeder y Meisel estuvieron en los Llanos, pescaron las terribles “coloraditas” y luego se encerraron en Cali, en el apartamento del director Luis Ospina, a trabajar un par de semanas en el proyecto. Pasaron algunos meses y Barbet anunció su regreso a Cali, porque su Machete parecía afilado, con la posibilidad de contar con Ángela Molina y Miguel Bosé como protagonistas. Por aquel tiempo, Ospina, en compañía de Jorge Nieto, preparaba el rodaje de En busca de “María”, el documental/puesta en escena sobre el primer largometraje filmado en Colombia, a partir de la novela de Jorge Isaacs. Eran los tiempos en que en Cali no se paraba de filmar. Todos los amigos colaboramos en el proyecto: Mayolo hizo el papel del director Máximo Calvo, Ospina representó el rol de Alfredo del Diestro, la script Elsa Vásquez fue María y el que firma estas líneas representó el dificilísimo rol de Efraín. El día en que estábamos haciendo la prueba de vestuario, se anunció la llegada de Barbet Schroeder a Cali con un invitado sorpresa: el mítico Néstor Almendros.

Temeroso como nadie ante la posibilidad de un secuestro, Almendros prefirió que su llegada al Valle fuese lo más discreta posible. Meses atrás, había estado en Bogotá dictando un taller de dirección de fotografía y el gremio cinematográfico de la capital se nutrió de su sencilla y sabia inteligencia cinéfila. Cuando se supo de su inminente aterrizaje, Ramiro Arbeláez, el director de la Cinemateca La Tertulia, se encargó de recibirlo. Apenas lo supe, y aprovechando que me encontraba vestido con el esmoquin decimonónico de Efraín, le propuse a Ramiro que lo acompañaba a recoger a los visitantes y podríamos jugarles una pequeña broma. Así fue. Al llegar al aeropuerto (supongo que en aquella época aún se llamaba Palmaseca) fui hasta el muelle internacional con mi elegantísimo traje y, al ver a Almendros, me presenté como el delegado de la alcaldía encargado de custodiarlo. El director de Nadie escuchaba me agradeció el gesto y elogió la elegancia de los empleados locales. En ese momento, apareció Barbet y desbarató el encanto con un abrazo de complicidad. Al día siguiente, todo el equipo de rodaje de En busca de “María” partió muy temprano a la Hacienda El Paraíso para el primer día de trabajo. Cuando estábamos filmando la famosa escena de la piedra, en la que Efraín le lee a su amada fragmentos de la novela Atala de Chateaubriand, llegaron Almendros y Barbet al rodaje. Ante la mirada experta de un Premio Oscar y de nuestro amigo-productor-director-estrella, era inevitable que todos nos pusiéramos muy nerviosos. En especial Ospina pues, cinéfilo como pocos, sabía de quién eran los ojos que lo estaban mirando. Para colmo, comenzó a llover. Ospina, sin saber qué hacer, le pidió disculpas a Almendros por la lluvia. El maestro tomó el asunto muy en serio y le dijo al director de fotografía, Víctor Morales, que los mejores planos que había hecho en exteriores los había rodado así. “El secreto es que el agua no se vea, si en la escena no llueve”, dijo, como si fuera Júpiter. Y así se filmó. Nunca se vieron las gotas en la película terminada.

Al día siguiente, nos invitaron a un matrimonio en una hacienda azucarera, a la que invitaron también a Néstor y a Barbet porque podía ser una posible locación para Machete. Como el lugar les pertenecía a ricos terratenientes de la región y el fantasma del secuestro podía salir en cualquier momento, el director de Barfly nos insistió en que el tema se evitara a como diera lugar. “Néstor es capaz de tomar un avión y regresar a Nueva York”, nos dijo. Pero pronto nos olvidamos de la advertencia. En una mesa de cinéfilos descontrolados, Almendros estuvo toda la tarde hablando como nadie, muy divertido, complacido de encontrar tantos camaradas del cinematógrafo. En algún momento, apareció mi amiga de la adolescencia María Isabel Cruz, a quien siempre trataba de seducir diciéndole que era idéntica a la actriz Mary Steenburgen. Ella nunca le había dado importancia al hecho. Pero la llegada de Almendros me cayó como anillo al dedo pues él había sido el director de fotografía de Goin’ South, la película dirigida y actuada por Jack Nicholson en la que “la doble” de María Isabel Cruz era protagonista. Apenas la vi, la arrastré de un brazo hasta donde estaba Almendros y, sin ninguna introducción, se la puse al frente: “Néstor”, le supliqué, “¿a quién se te parece?”. Néstor la miró dos segundos y no dudó en decir: “¡Pero si es el vivo retrato de Mary Steenburgen!”. Triunfé. Sin embargo, María Isabel Cruz nunca me paró bolas.

Regresamos a Cali en una camioneta descapotada, conducida por el hijo de uno de los dueños de la hacienda. Almendros se fue adelante con el chofer y el resto de la pandilla nos fuimos atrás, contando los minutos porque esa noche en la Cinemateca se presentaba General Idi Amin Dada, el documental de Barbet Schroeder con fotografía de Almendros que casi les cuesta la cabeza en Uganda. Durante todo el viaje, el hijo del hacendado no paró de contarle a Almendros las historias de todos los secuestros que se habían presentado en esa carretera. Almendros las oyó feliz y jamás dijo que quisiera regresarse a Nueva York.

A la noche siguiente, luego de un día intenso de búsqueda de locaciones en el departamento del Cauca, Néstor dictó una charla en La Tertulia acerca de su experiencia profesional. Al finalizar, comenzó la proyección caleña de Conducta impropia y el director se retiró a sus habitaciones. Muy temprano en la mañana, Barbet y Almendros partieron para siempre. Cuando nuestro amigo el fotógrafo Eduardo “la Rata” Carvajal fue a la habitación de Néstor a organizar los restos de la partida, se encontró con la siguiente nota manuscrita que aún conserva: 

Cali, de abril, 1985

Amigos Ospina, Sandro, Liuba, Ramiro, Isabela, María, Mayolo, Larry, Carvajal, Marta Elena et al.

Anoche, mientras ustedes veían “Conducta”, yo leía fascinado a Caicedo en la torre del museo. Era la pieza que faltaba del bello rompecabezas. En un breve tiempo, he tenido el privilegio de asomarme por un balcón a un mundo casi perfecto. Consérvenlo. No lo estropeen. ¡Suerte! Néstor. 

Durante un taller en Bogotá; al  fondo aparece la directora Marta Rodríguez © Eduardo "La Rata" Carvajal 


Nunca lo volví a ver. Como tantas veces ha sucedido en la historia del cine, Machete no pudo realizarse. Quince años después, Barbet Schroeder cumplió su sueño de rodar en Colombia, al filmar en Medellín La Virgen de los sicarios. Pero Almendros no regresó. La última vez que oí su voz fue a través del teléfono, cuatro años después, cuando viajé a Nueva York al tour de los Rolling Stones de 1989. Nos hospedamos con Ospina y Karen Lamassonne en el apartamento de Barbet y, una noche, llamó Almendros. Al saber que estábamos allí y las razones de nuestro viaje, le pidió a nuestro anfitrión que pasáramos al teléfono. Cuando me tocó el turno, me saludó con su traviesa sonrisa y me regañó: “Sandro... Pero, ¿cómo vienes a Nueva York solo para ver esa bemba?”, refiriéndose, por supuesto, a Mick Jagger. Tras una descarga de bromas mutuas, nos despedimos. Luis Ospina lo siguió viendo y en una ocasión fue a su apartamento. En un espacio vacío, entre muy pocos objetos, estaba el Oscar. “¿Lo puedo coger?”, le pidió Ospina. “Será la única vez que tenga un Oscar en mis manos”. Por supuesto que Almendros le hizo entrega de la estatuilla.

Tras el rodaje de Billy Bathgate de Robert Benton, Néstor enfermó. Después de su muerte, conversé con su gran amigo Guillermo Cabrera Infante, quien aseguraba que las difíciles condiciones del rodaje de dicha película precipitaron su caída. Pero, tarde o temprano, el dramático final iba a suceder, pues el monstruo del sida (el mismo que había precipitado el suicidio del escritor cubano Reinaldo Arenas en 1990) ya se había instalado en su cuerpo, ese cuerpo del que se sentía tan orgulloso (“lo más importante que aprendí en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma es que un cineasta debe tener muy buena salud”, comentaba). Sin embargo la muerte se lo llevó muy pronto. Por fortuna, quedaron sus películas y los recuerdos felices de quienes lo conocimos.

Pero la historia no termina ahí. En el año 2012 el pintor cubano radicado en Miami, Ramón Alejandro, publicó una erudita y festiva novela en clave titulada Adua la pedagoga, en la que se le rinde homenaje y, al mismo tiempo, se destapan las galantes plumas de Almendros, pues “Adua la pedagoga era el alias secreto del notable fotógrafo, quien fuera amigo íntimo del autor, y a quien van dedicadas muchas de las páginas de este libro…”, como se comenta en la contratapa del libro. No se trata, por supuesto, del mejor testimonio sobre un hombre tan refinado como Néstor, pero sí es el develamiento de uno de sus secretos mejor cuidados, mediante la traviesa pluma de un artista integral. Almendros en todo caso no se sentía cómodo con los rosados desplantes de sus amigos secretos. Cuentan que, cuando estaba rodando en las calles parisinas con los adustos directores franceses, temía que se aparecieran las escandalosas locas cubanas a saludarlo. Riesgos del oficio. De todas maneras, si se quiere tener una memoria exacta de quién fue Néstor Almendros para la historia del cine, allí están sus dos libros esenciales: Cinemanía, el volumen póstumo en el que recoge sus artículos sobre el oficio de sus pasiones, donde comenta: “¿... cómo un director de fotografía se atreve a escribir un libro sin ser un profesional de la escritura? En realidad debieron haberse invertido los términos de la pregunta: ¿cómo un crítico de cine se atrevió a convertirse en director de fotografía?”. Porque si algo fue Néstor Almendros en vida (como Cabrera Infante, como Manuel Puig) fue un cinéfilo con todas las letras. Ahora bien, si se quiere el testamento integral sobre su trabajo, está, a no dudarlo, en Un homme à la caméra, uno de los libros más hermosos que se han publicado sobre el oficio de las imágenes cinematográficas, escrito por su propio protagonista.

Cuando creía que Néstor Almendros había desaparecido del mundo, su nombre comenzó a perseguirme. Mientras estudiaba en la Universidad de Barcelona, vi la entrevista que le hiciera Joaquín Soler en 1978 para el programa de la televisión española llamado A fondo. En ella, el fotógrafo hablaba de su infancia catalana y de su casa “entre las calles Casanova y Sepúlveda”, las cuales quedaban a pocos pasos de mi alma máter. Un par de días después, salió en las librerías locales el libro El arte de la nostalgia. Cartas de Néstor Almendros a Guillermo Cabrera Infante, compilación hecha por la profesora Dunia Gras Miravet en la que se recoge la correspondencia que Néstor le envió, a lo largo de su vida, al autor de Tres tristes tigres, la cual había sido cuidadosamente guardada por su viuda, Miriam Gómez. Al parecer, las cartas de vuelta del cubano al catalán desaparecieron para siempre. Se dice que los tesoros póstumos de Almendros corrieron de mano en mano y las cartas de Caín se esfumaron.

La pregunta que muchos fetichistas nos hacíamos tenía que ver, cómo no, con el destino de la estatuilla del Premio Oscar. La respuesta la encontré en los días en que leía El arte de la nostalgia. Compré, con ganas de cachondeo, el libro Servicio completo (Anagrama, 2013) de Scotty Bowers, las memorias de un curioso personaje del Hollywood de la edad de oro, que hacía los contactos para las aventuras eróticas de grandes estrellas. A finales de los setenta, al parecer, Bowers se hizo muy amigo de Néstor y aquel lo alojaba en su casa. Cuenta Bowers que, la noche de la premiación de los Oscar, Almendros no quería ir a la ceremonia, convencido de que no iba a ganar. Entre Bowers y otro amigo lo obligaron a enfundarse el tuxedo y lo dejaron en la puerta del Dorothy Chandler Pavilion. A la madrugada del día siguiente regresó Néstor a la casa, borracho, con la estatuilla en sus manos. La historia, según Bowers, termina así: “No mucho después de su muerte llegó una carta y un paquete de un abogado neoyorquino. La carta explicaba que, en su testamento, Néstor me había dejado su Oscar de la Academia y el paquete contenía la estatuilla cuidadosamente envuelta. Es mi tesoro, pero confieso que me considero simplemente su custodio”. Los románticos cinéfilos colombianos quisiéramos reclamar ese tesoro para la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Caliwood. 

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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