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Cine

Duni Kuzmanich

El punky Franciscano

Más reconocido por su trabajo como codirector de Don Chinche que por sus películas, la obra fílmica de Dunav Kuzmanich permaneció inédita durante décadas. A propósito de la retrospectiva que tendrá lugar en el Festival de Cine de Cartagena, el autor del documental Duni repasa el anecdotario del director chileno.

 

© Corporación Dunav Kuzmanich 


El 11 de septiembre del 73, el día del golpe de Estado en Chile, Duni estaba en Antofagasta haciendo la preproducción para una película de época con la que siempre soñó y que nunca logró filmar. “Si ese día hubiéramos tenido dinamita, podríamos haber dejado a todo Chile sin energía, pero no estábamos preparados”, solía decir.

Con los militares en el poder, las cosas comenzaron a cambiar muy rápido para él; era evidente que el cerco se estaba cerrando y los allanamientos a su casa se volvieron constantes. A finales de los sesenta, Duni había ingresado al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y hacía parte de un grupo de cineastas y documentalistas que trabajaban en la clandestinidad, entre los que estaban los hoy destacados directores Carlos Flores, Pablo Perelman, Sergio Trabucco y Angelina Vásquez.

Pocos meses después del golpe, Duni fue arrestado por agentes de la Dina, la policía secreta de Pinochet. Regresaba de Argentina junto a su amiga francesa Monique Darrigade. Cuando llegó, los agentes llevaban cinco días esperándolo en el techo de su casa en el barrio Bartolomé de las Casas. Duni había enterrado un montón de armas junto a la piscina, sobre todo varias Colt 45, su pistola preferida después de verla en muchos spaghetti westerns. Tras una larga búsqueda, los agentes no hallaron los “berretines”, pequeñas caletas que habían aprendido a hacer con el grupo guerrillero de los Tupamaros. Tampoco encontraron los microfilmes que estaban dentro de la crema de dientes, ni los documentos que ocultaba en los cilindros de las linternas, ni las municiones escondidas en neumáticos. Eran tan brutos, recuerda Monique con risa maliciosa, que se llevaron un libro sobre el cubismo, aduciendo que era el vínculo perfecto de la izquierda chilena con la Cuba castrista.

Lo que los salvó aquella vez fue el pasaporte diplomático de Monique. Tan pronto se anunció su captura, el gobierno francés amenazó con romper relaciones con Chile si ellos no aparecían.

Santiago no era un buen sitio para pensar diferente.

Duni se había casado en 1966 con la historiadora colombiana Isabel Sánchez, a quien había conocido gracias a la amistad surgida entre él y Pepe Sánchez, hermano de Isabel. El director colombiano había llegado a Chile amenazado por los militares luego de que ayudara a la filmación del histórico documental Río Chiquito (1965), en el cual los franceses Jean-Pierre Sergent y Bruno Muel mostraban la lucha campesina que derivó en la formación de las Farc.

Ante la presión constante de la dictadura, Duni e Isabel decidieron salir de Chile en 1974. Viajaron al puerto de Valparaíso y ahí tomaron la motonave Verdi en la que partieron hacia Colombia. En Bogotá estaban sus cuñados Pepe y Carlos Sánchez haciendo cine; aprovechaban la bonanza de los llamados “cortos de sobreprecio” de Focine, en los que Duni comenzó a trabajar como guionista unas veces, otras como asistente de dirección y más adelante como director. El equipo que formaba con los Sánchez funcionaba muy sincronizado y según el proyecto intercambiaban sus roles.

A pesar de estar instalado en Colombia, Duni siguió yendo a Chile de manera clandestina, hasta que falló su buena fortuna. Fue capturado de nuevo y llevado al centro de reclusión Tres Álamos, donde estuvo preso durante veinte días. La familia Kuzmanich contactó a los Sánchez y estos a su vez a la Cancillería en Colombia. Entonces comenzó el tire y afloje diplomático hasta que Duni fue dejado en libertad con la condición de abandonar el país en las siguientes veinticuatro horas, siempre bajo estrecha vigilancia de agentes de la Dina. En ese último día en Chile, se despidió de su hermana Sonia: “¡Ahora me voy y no vuelvo nunca más!”.

El embajador de Colombia en Chile se encargó de acompañarlo hasta que cerraron las puertas del avión, pues temía que ocurriera lo que ya se había reportado varias veces: los expatriados eran bajados por la puerta de atrás del avión y nunca más se sabía de ellos. Sobre lo que ocurrió en Tres Álamos solo volvió a hablar una vez y trató de borrarlo para siempre de su vida. Por Chile solo sentía amor y algo parecido a la nostalgia. Únicamente guardaba un odio profundo y enquistado por una persona, un milico: el coronel Espinosa. “A ese sí me gustaría volver a verlo, tiene cara de perro”, decía. 

Duni no se llamaba Duni. Su nombre completo era Dunav Kuzmanich Salinas, nacido en Santiago en 1935. Su padre se llamaba Jakov Marko Kuzmanich Yanovich, pero cuando llegó a Chile el personal de extranjería lo rebautizó Santiago, pues les pareció muy largo, extraño y confuso un nombre con tanta ka y tanta ye y tanta zeta. Nacido en la antigua Yugoslavia, llegó a Chile buscando minas. Venía de vivir múltiples aventuras en Japón y Bolivia, había sufrido una trepanación craneana, que incluyó el injerto de un casco de metal en su cabeza para tratar una herida que había sufrido en la Primera Guerra Mundial. La madre de Duni se llamaba Eva, era chilena y venía de una familia aristócrata de provincia venida a menos. Luego de que Duni casi se ahogara cuando tenía tres años, ella había decidido no volver a mirar el mar, ni ninguna laguna, ni ningún río en su vida. Y lo cumplió hasta la muerte: si iba a la playa, se sentaba dándole la espalda al mar. Y es irónico, cuando menos, pues Dunav es el nombre que lleva el río Danubio cuando cruza serpenteando la actual Croacia.

Macul fue el barrio donde creció Duni, cerca de los viñedos Cousiño. Allí acababa el Santiago de esa época, hasta allí llegaba el tranvía y comenzaba el campo. Sin ser mediocre, nunca se destacó en el colegio. Es más, fue expulsado de todos los colegios católicos de Santiago, hasta recalar en el seminario de los salesianos. Pero no tenía madera para ser sacerdote y, luego de beberse las reservas de vino de los curas, salió de allí afanado.

Durante los tempranos años sesenta, comenzó a estudiar pedagogía en la Universidad de Chile, donde pasó horas dedicado al ajedrez hasta conseguir un nivel casi profesional. Al mismo tiempo empezaba a interesarse por el teatro, la actuación y finalmente su gran pasión: el cine. Viajó varias veces como mochilero por Argentina, Uruguay y Brasil en compañía del actor chileno Ernesto Malbrán, junto a quien hacía pantomima en las calles para sobrevivir. También durante esos años se hizo gran amigo del cantautor Ángel Parra, con quien compartía la pasión por la música y en particular por las payas; debido a estas, Duni asumió el seudónimo de Jacinto Rey “el payador del pueblo”. De la mano del folclor y el cine dejó para siempre la pedagogía y se acercó a la política. Hizo algo de publicidad; por ejemplo, el director chileno Sergio Trabucco asegura que el eslogan político “Los trabajadores tenemos el corazón a la izquierda” fue inventado por Duni. Apoyó la campaña que llevaría a la Presidencia a Eduardo Frei en 1964, trabajó en la oficina de comunicaciones del Palacio de La Moneda y su posición política comenzó a radicalizarse.

Por esos años, Duni se lanzó a hacer su primer intento de rodar una película. Se llamaba Desafío (1967) y estaba basada en un ballet folclórico del mismo nombre. “Los gañanes se enfrentaban a los guasos por un lío de faldas, con cuchillos y rebenques en una coreografía preciosa”, recuerda Trabucco, antes de mencionar con una respetuosa sonrisa que Duni cometió la novatada de romper el eje de la filmación, por lo cual los dos bandos parecían alejarse en vez de enfrentarse. De esta fallida producción solo se han recuperado 22 minutos.

En 1969, el estreno de El Chacal de Nahueltoro revolucionó el mundillo cinematográfico de América Latina. La película dirigida por Miguel Littín, con asistencia de dirección de Pepe Sánchez –los que estuvieron cerca aseguran que el crédito debió ser mínimo el de codirector–, puso los ojos del mundo sobre Latinoamérica. Bajo esa influencia, Duni dirigió su primer largometraje, Juan Maula y el garrudo(1970), una historia de la tradición oral chilena donde un campesino le vende el alma al diablo para obtener riquezas y, cuando el garrudo regresa a reclamar lo que le pertenece, Juan Maula lo engaña por medio de “las doce palabras redobladas”.

Su nariz de Cyrano, marca registrada de Duni © Corporación Dunav Kuzmanich 


La producción, filmada en Lolol, un pequeño pueblo a unas cuatro horas de camino de Santiago, fue protagonizada por actores naturales que habían participado en un concurso de teatro campesino, cuyo premio era hacer una película. Funcionarios de la Cineteca chilena aseguran que hubo una premier privada para Allende, pues la idea de hacer teatro en la provincia era una de las banderas culturales de su gobierno. Cuando Salvador Allende asumió el poder en 1970, Duni fue nombrado subdirector de Chile en Marcha, el noticiero del gobierno que mostraba la revolución social que Allende estaba intentando implementar. A pesar de los cambios sociales que se comenzaban a evidenciar en el país, la sensación generalizada era que los militares, instigados por la CIA, no iban a permitir a Allende terminar su mandato. 

 Duni siempre decía: “Hay dos tipos de directores de cine, los que hacen películas y los que hablan de las películas”. Él se instaló en Bogotá, montó Producciones Talahue (chilenismo “puta la huevá”) y comenzó a convertirse en uno de los que hacen películas; uno de los más interesantes directores del cine colombiano, a pesar de que su obra no se conoce debido a una soterrada censura, malas decisiones, malos productores y malas compañías. Sobre esto, el director Víctor Gaviria dice: “Es muy posible que la suerte de las películas de Duni tenga que ver con un acercamiento descarado, franco y explícito con la mafia. Él era un tractor que iba pateando todo y manifestando que la vida era distinta, él era una revolución andando”.

En su afán por producir, aplicaba eso de que el “film justifica los medios”, al igual que el llamado a “todas la formas de lucha”. Cuenta Gaviria que “él se encontró con una gente de izquierda, unos manes mafiosos que trabajaban con guerrilleros del ELN y que ponían la plata al servicio de la revolución”. Por su parte, el documentalista Pierre Carlès, considerado por muchos como el Michael Moore europeo, afirma que “a él no le interesaba si había plata o no, lo importante era acabar las producciones, sacarlas. Y a pesar de las imperfecciones técnicas, sus películas cuentan con total coherencia, un trasfondo de lucha de clases y guiones increíbles. Tal vez el silencio que ha rodeado su cine en Colombia se debe a que él fue un reproche viviente: es un chileno que hizo las películas que los colombianos no hicieron, y eso no les debe haber gustado”.

Duni comenzó trabajando con Pepe Sánchez, pero entró pisando fuerte a la historia del cine colombiano gracias a Canaguaro (1981), considerada por muchos como una de las primeras y más importantes películas de cine político en el país: la traición del gobierno a las guerrillas liberales lideradas por Guadalupe Salcedo en los Llanos Orientales, el desplazamiento campesino y el despojo de tierras. Le siguieron La agonía del difunto (1982), Ajuste de cuentas (1984), El día de Las Mercedes (1985) y Mariposas S.A. (1986).

Aunque muchas de estas películas no fueron vistas por los colombianos en su momento, uno de los trabajos realizados por Duni en los años ochenta fue ampliamente reconocido y sigue siendo recordado en todo el país. Durante casi toda la década, Dunav Kuzmanich escribió y dirigió junto a Pepe Sánchez y Héctor Ulloa la serie de televisión Don Chinche. Además de sus geniales libretos y de haber dado “brillo, sabor y color a la televisión colombiana”, según Ulloa, la serie tenía una de esas peculiaridades de producción propias de Duni: del primer al último capítulo, Don Chinche fue grabada con una sola cámara, tal como se hace el cine. A Duni le fascinaba hacer esta serie, entre otras razones por contar en el reparto con Hernando Casanova. “El Culebro” solía llegar al set arrastrando la resaca y sin haber estudiado el libreto; por eso las paredes del taller donde grababan estaban cubiertas con las líneas que no había logrado memorizar. Duni le perdonaba cualquier cosa al Culebro y volvería a trabajar con él en todas las películas que hizo en Colombia.

El método de trabajo de Duni se apoyaba en guiones perfectamente estructurados y una preproducción exhaustiva donde todo estaba sincronizado para poder hacer las películas en poco tiempo, con recursos irrisorios y en medio de una industria inexistente. Sus cuadrículas y matrices eran legendarias; Víctor Gaviria asegura que sus problemas de producción vienen desde que tomó un curso de cine con Duni, pero faltó a la clase en la que él explicaba su método. Afirma que Duni “estaba tan obsesionado con el tema que aseguraba que era posible filmar una película de hora y media en solo media hora. Los amigos que le aprendieron ahora son unos materialistas históricos”.

En Colombia comenzó a marginarse de cualquier participación política. Pero nunca abandonó su posición crítica, casi anárquica, y estaba al tanto de todo lo que ocurría en el país. El actor Carlos “el Gordo” Benjumea recuerda que a pesar de que muchos eran de izquierda y con posiciones verdaderamente recalcitrantes en el medio de la televisión, no pasaban de la revolución de cafetín, “éramos los marxistas millonarios”, dice burlándose de su exitosa película El taxista millonario (1979).

La pasión que Duni había dedicado al folclor y a su actividad clandestina en el MIR, mientras vivía en Chile, la enfocó en Colombia únicamente a hacer películas que contaran nuestras miserias, tan parecidas en toda Latinoamérica. Escribía y filmaba como poseso, y si por hacer una película tenía que engañar al mismo diablo, como Juan Maula al garrudo, estaba dispuesto a todo.

Nunca faltaban anécdotas en los rodajes, pero quizá la más escandalosa transcurrió durante la filmación de Mariposas S.A., en una fiesta legendaria para la cinefilia colombiana. La película era rodada en La Dorada y todos los actores y técnicos fueron invitados a una fiesta en la Hacienda Nápoles. Como en la producción actuaba Lisandro Meza, la parranda se armó en cuestión de segundos y, en un pestañeo, Pablo Escobar estaba bailando con Leonor González Mina, “la Negra Grande de Colombia”. “¡Güepa! ¡Que vivan los artistas!”, cantaba Escobar mientras bailaba “Las tapas”, el éxito del momento de Lisandro Meza.

El Culebro Casanova estaba en la fiesta junto a Rey Vásquez, recordado por ser un tierno e ingenuo ladrón en Don Chinche. Cuando estaban ligeramente alicorados fueron invitados a la mesa del capo, les presentaron a Pablo Escobar, y Rey, sin saber qué decir, le preguntó sonriente: “¿Y entonces qué, don Pablo, mucha plata o qué?”. Y para la cereza del postre, cansado de que la gente se le acercara a Escobar para pedirle un apartamento, un tractor, una platica... Rey decidió que a este “señor”, al que todos le pedían pero a quien nadie le daba nada desde la Primera Comunión, había que darle un detallito; entonces se quitó su reloj Zenith y se lo regaló a Pablo Escobar en medio de abrazos y algarabía. La resaca comenzó cuando los funcionarios de Focine, a pesar de haber estado en la fiesta, informaron sobre todo lo ocurrido en el rodaje. Y fue una larga resaca. Casi treinta años después, Mariposas S.A. apenas está a punto de ser estrenada en el Festival Internacional de Cine de Cartagena.

 A mediados de los ochenta, del mismo modo en que había cerrado para siempre su vida en Chile, Duni se fue a vivir a Medellín y cerró para siempre su capítulo en Bogotá. Se separó de su esposa, de sus amigos, de todo el medio. Armó una nueva familia y comenzó de nuevo en una ciudad que lo enamoró de inmediato. Para definir a los paisas le encantaba contar el chiste de lo parecidos que eran ellos a Jesucristo: “Viven con la mamá hasta los 33 años, la mamá cree que el hijo es dios y el hijo cree que la mamá es virgen”.


Rodaje de El día de las Mercedes, 1985 © Juan Carlos Orrego 

 

Yo lo conocí en Medellín, pero estoy seguro de que mi mamá no es virgen (¡mamá, lo sé todo!). Comenzó como nuestro profesor de cine en los años noventa en la upb y poco a poco sus estudiantes nos fuimos volviendo sus amigos. Era el polo a tierra de un grupo de desadaptados apasionados por el cine. Hoy esos antiguos estudiantes lideran la Corporación Dunav Kuzmanich, encargada de dar a conocer su legado y el método que dejó plasmado en su Cartilla de narración audiovisual, publicada por el Ministerio de Cultura en 2008.

Duni era la fuerza y el empuje tras los proyectos, un maestro, una especie de hermano mayor que te confronta pero se emborracha contigo. Sin darnos cuenta nos convertimos en una familia: la “Dunicueva” era una religión y Duni su profeta.

Nos reuníamos en el parqueadero subterráneo de un pequeño edificio que había sido acondicionado como apartamento de soltero, estudio de televisión, parrilla de luces, sala de edición y habitación de huéspedes. El lugar mutaba, según las necesidades del momento, a salón de recepciones, fiestas de grado o cumpleaños, a motel de ocasión, salón de ensayos, oficina de producción o sede de opíparas cenas y reuniones conspirativas.

Era un maravilloso anfitrión y generoso como ninguno. Había optado por vestir casi siempre con un pantalón de algodón morado, casi lila, que se volvió su marca registrada. Fumaba con sus dedos largos, larguísimos, que salían de unas manos que enamoraron a muchas incluso en sus últimos años. Aún jugaba ajedrez, pero como sus rivales no daban la talla, optó por largas partidas de Scrabble. Sin embargo, sobre todas las cosas, en la Dunicueva lo que se hacía era hablar, y cuando Duni tomaba la palabra todos escuchaban. Se debatía fuerte sobre lo que ocurría en Colombia y en el mundo. Si no tenías buenos argumentos era aconsejable quedarte callado. Juntos vimos caer las Torres Gemelas. El 11 de septiembre de 2001 fue un día de emociones extrañas y confusas para Duni, pues también había sido un 11 de septiembre cuando las bombas cayeron sobre el Palacio de La Moneda, Allende murió y su vida cambió para siempre.

Cuando comenzó la preproducción de mi película Apocalípsur (2007), la tropa se apoderó de la Dunicueva y verlo en la excitación del rodaje me permitió entender que eso era lo que más le gustaba en la vida: hacer películas, pulir el guion, corregir el plano de la producción, ensayar con los actores. Tenía un brillo en los ojos como el de un niño pequeño ante un juguete nuevo. Fue por la amistad que Duni tenía con el Culebro Casanova que este participó en la película, casi como un favor, pues cuando le dije los honorarios que teníamos para él, en un instante, sin que me diera cuenta y con una agilidad increíble, me había bajado el pantalón hasta las rodillas y me decía: “Claro, no me pagués y además te lo mamo gratis”. Ese día vi a Duni llorar de la risa.

Cuando terminó el rodaje y en mi nevera solo quedaba un pimentón arrugado y dos cubetas sin hielo –habían cortado ya la luz–, viví con él un par de semanas. Los martes y jueves pasaba un carrito del Salón Versalles que le llevaba empanadas chilenas (en Chile se les dice empanadas, sin el “chilenas”), caminábamos religiosamente a comprar el baguete del día y si las finanzas lo permitían un buen vino; si no, un vinito. Veíamos mucho cine, todo el que podíamos. Su actor fetiche era Vittorio Gassman, a quien había conocido cuando estaba de mochilero por Buenos Aires. Adoraba a Kramer, el personaje de Seinfeld, y lo comparaba con Buster Keaton, salvando las diferencias. Me enseñó mucho de cine, pero más de la vida. En esa época me dio el único consejo para no ir a cagarla como director: “¡Huevón, nunca te acostés con la productora!”.

Su dignidad no tenía límites, su sentido del honor era incuestionable, si hubiera vivido en otra época le hubiese tocado batirse en duelo dos o tres veces por semana. En una de las tantas ocasiones que escaseaba el dinero, unos productores mexicanos le ofrecieron 100.000 dólares por un guion suyo llamado La reina. Aunque necesitaba el dinero, exigía que se rodara en Medellín o no lo vendía. Y no lo vendió. Odiaba este capitalismo fariseo y depredador, detestaba a los curas y sus lujos monárquicos, le dolían la injusticia y los poderosos, los bancos, los políticos, etcétera. Había mutado de demócrata cristiano a marxista, bordeando la anarquía, y al final era casi un punky franciscano.

En más de una ocasión, Duni paralizó sucursales bancarias, ante las filas, la inoperancia y el desdén de las entidades. Entonces comenzaba a denunciar las cifras de las ganancias obtenidas por el banco, los miserables sueldos de los cajeros, las presiones e injusticias laborales como si perteneciera al sindicato. No había un solo banco cerca a la Dunicueva que no le diera trato preferencial.

La última vez que lo vi, estaba flaquito, flaquito. Era una gran nariz y bajo ella un saco de huesos. Era la viva imagen del famoso sudario, una versión criolla del Cristo yacente de Mantegna: se alzó la camisa y estaba en los huesos, las costillas se le marcaban totalmente: “Estoy como pa’ estudiar anatomía”, dijo, y sonrió dulcemente.

A los ocho días, el 9 de agosto de 2008, luego de revisar la edición de su Cartilla de narración audiovisual, Duni murió de cáncer con la misma discreción y elegancia con la que vivió, y vistiendo su pantalón púrpura. Nadie más consecuente con su forma de pensar y de sentir la vida. Nadie más enamorado de esta Colombia machetera. Nadie tan generoso con el otro, tan respetuoso del otro. 

 Después de tantos años, rompimos la promesa que le hicimos de nunca hacerle un documental (lo sentimos Duni, pero no mucho). Descubrimos que era un acertijo que seducía a quien se acercaba. Se encargó él mismo de ir borrando su pasado, para vivir el presente a tope y sin remilgos. Fue siempre discreto y lejano a los aspavientos de la vanidad, por lo que se negó firmemente a los homenajes en Chile y los que intentaron hacerle en Colombia. Lejos del halago y ajeno a hablar sobre sí mismo y su vida, se negaba de manera rotunda a las fotos y a ser grabado o entrevistado.

Con la ayuda de Rafael Escobar, Miguel Rivas y Pierre Carlès, fuimos y encontramos a su familia y a sus compinches en Santiago y Buenos Aires, a sus actores naturales de Lolol, Chile, a todos los cómplices y a los “huérfanos adoptivos” que dejó regados por toda Colombia. El documental se llama Duni –no tuve que pensarle mucho al título–, y será estrenado el próximo marzo durante la edición 54 del Festival Internacional de Cine de Cartagena, junto a una merecida retrospectiva de sus películas, que con esfuerzo y dedicación han recuperado y remasterizado la Fundación Patrimonio Fílmico y Proimágenes. Típico de Duni, estrenando películas después de muerto.

Al avanzar en el documental, comprendimos que Duni fue tres Dunis. La versión chilena: un muchacho con la fe intacta, la vehemencia de la juventud, las ganas de cambiar el mundo. Llevaba un bigote poblado y era un seductor silencioso pero efectivo, de camisas coloridas con cuellos anchísimos como para despegar vuelo en cualquier momento. Un dandi que tras esa fachada se movía en la clandestinidad jugándose el pellejo en cada movida. Al llegar a Bogotá, ese Duni austral va desapareciendo, con cada día que pasa se va colombianizando y su vida en Chile comienza a ser solo un recuerdo del pasado. Únicamente el ir y venir de cartas con su hermana Sonia y sus sobrinos le sigue ligando a Chile. Este Duni de Bogotá es el de la abundancia, el del reconocimiento en el medio, el del respeto místico que le rendían los actores. Y por último, el Duni paisa, tan paisa que en el barrio no le decían Dunav sino Duván. Allí se concentró en compartir su conocimiento de enciclopedia, en replicar su método, en enseñar con disciplina el rigor de hacer cine, y allí fuimos una familia feliz. Cuando le preguntamos: “Duni, ¿querés ir a morir a tu patria?”, sin pestañear contestó: “¡Esa ya no es mi patria!”. Y cuando le insistimos: “Duni, de verdad, ¿no querés ir a Chile a morir junto a tu familia?”, se rió y dijo: “¡Ustedes son mi familia po huevón!”. 

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Su comentario

Javier Mejía

Director y guionista de 'Apocalípsur', la Mejor Película Colombiana en el FICCI de 2007.

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