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Comic/Caricatura

Si yo fuera superhéroe

Antes de Stan Lee, el mundo de los cómics era bastante distinto. Este testimonio recorre los años previos a Marvel Comics, y la forma en que el creador de Los Cuatro Fantásticos concibió algunos de sus personajes. 


  © Kim Kulish • Corbis 

 

Marvel Comics no siempre fue Marvel Comics. Cuando yo empecé a trabajar allí, en 1939, la compañía se llamaba Timely Comics. Nunca supe por qué. Y luego me ocupé tanto que no tuve tiempo de averiguar. Para ser sincero, ni siquiera había pensado en el tema. Se llamaba Timely Comics antes de que yo entrara a trabajar allí, y también después. Pero no nos atasquemos en el primer párrafo. Por algún lado tenemos que empezar.

Yo tenía diecisiete años cuando me integré al equipo de Timely. En aquellos días, tener diecisiete era ser mucho más joven que hoy. Ahora conozco un montón de ejecutivos de casas editoriales, productoras de cine y canales de televisión que no parecen ser más viejos que eso, pero en 1939 las cosas eran diferentes.

 

En todo caso, no voy a contar mucho acerca de esos primeros días porque terminaría hablando el doble, y siempre hay que dejar algo para un eventual “volumen dos”. Suficiente con decir que comencé en Timely como miembro del equipo de escritores, lector de pruebas y, siempre que se necesitaba, mensajero. Un par de meses después, mis dos jefes, Joe Simon y Jack Kirby, se retiraron de Timely y el dueño de la editorial, Martin Goodman, me pidió que hiciera las veces de editor y director de arte mientras encontraban a alguien más maduro para que hiciera el trabajo. Bueno, parece que trabajar en cómics hace que un tipo madure muy rápido porque nunca me reemplazaron, y aquí estoy desde ese día.

Durante mis dos primeras décadas de labores en Timely, la manera como operaba el negocio de los cómics era bastante simple. Si se ponían de moda las películas de vaqueros, nosotros producíamos cómics de vaqueros. Si llegaba el furor por los policías y ladrones, nos poníamos a moler para llenar el mercado con historias de crímenes. Y cuando la tendencia eran las historias de amor, Timely (al igual que toda la competencia) se convertía en la gran editora de revistas románticas. Sencillamente, le dábamos al público lo que quería. O al menos eso pensábamos.

En cuanto a nuestros lectores, todos asumíamos que eran una brigada de mascadores de chicle. Claro, de seguro habría algunos adultos iconoclastas que ocasionalmente picaban el anzuelo y compraban una revista. Y sabíamos que un porcentaje de nuestros cómics se vendía a soldados que estaban de servicio y buscaban una literatura fácil, escapista. Pero básicamente, nuestro público estaba en el rango entre los que empezaban a caminar y los que cumplían trece o catorce. O al menos eso pensábamos.

¿Se dieron cuenta de la manera brillante como usé el recurso de escribir la misma frase provocadora al final de dos párrafos consecutivos? Es para hacerles saber que las apariencias engañan. Es un artificio que se usa mucho en la escritura de los textos de cómics, y no quería dejarlo pasar.

Está bien. Ya tienen ustedes todos los indicios, ya conocen los antecedentes del negocio de las historietas. Estamos llegando al punto en que el mundo estaba listo para proclamar el nacimiento de Marvel Comics. Pero antes, a riesgo de seguir acumulando el suspenso, aguanten conmigo un poco mientras discutimos el elenco de personajes de esta primera etapa.

¿Quiénes eran las personas que creaban y producían los cómics en Estados Unidos? Para responder esta candente pregunta, tengamos en cuenta que el cómic siempre ha sido un negocio que consiste en vender enormes cantidades, sacando una ganancia mínima por unidad. Lo cual es una manera elegante de decir que a los guionistas y a los dibujantes se les pagaba mal. Si no me falla la memoria (¿y por qué habría de fallarme?), recibí 50 centavos por página el día que entregué mi primer guion. En el mundo del cómic siempre se trabaja a destajo: a uno le pagaban por página. Mientras más historias salieran de mi cabeza, más podía ganar. El guionista de cómics tenía que ser primero un afiebrado del género, con una personalidad volcada hacia ese arte; ciertamente no estaba allí por el dinero. Y, a diferencia de otras formas de escritura, no había regalías al final del camino. Ni derechos de autor. No quedaba nada. Uno escribía sus páginas, cobraba su cheque y ya estaba.

Tal vez esto sirva para entender por qué la calidad narrativa de los primeros cómics dejaba tanto que desear. Sabíamos que estábamos escribiendo para niños (o eso pensábamos, ¿recuerdan?). El pago no era lo suficientemente extravagante para atraer a alguien como Hemingway o Bernard Shaw. Incluso el autor de novela negra Mickey Spillane trabajó brevemente para Timely a comienzos de los años cuarenta, pero se cansó y se fue a buscar la fama y la fortuna como escritor en otras áreas.

El panorama no era muy diferente para los dibujantes. El presupuesto para ellos era un poco más alto que el de los guionistas, pero les tomaba más tiempo completar una página, así que estábamos empatados. De hecho, en esos días había varios artistas que a la vez escribían los argumentos, hacían los diálogos y hasta coloreaban. No voy a mencionar sus nombres aquí, porque mi intención no es hacer una historia del cómic sino del origen de Marvel (a lo cual llegaremos tarde o temprano, lo prometo) y si omito a alguno nunca más me volverá a hablar, y un tipo como yo necesita todos los amigos que pueda tener.

Si alguien necesita más información sobre los orígenes de la historieta, le recomendaré algunas lecturas. Ahora, el gran momento está por llegar. Ya se siente en el ambiente. Todo el mundo está esperando a que les hable del nacimiento de Marvel con la aparición de Los Cuatro Fantásticos.

Llegamos al año 1961. Habían pasado 22 años desde que empecé a trabajar con Timely y todavía era editor, director de arte y guionista principal. En ese momento la tendencia eran las historias de monstruos, así que publicábamos una plétora infernal de historietas de miedo con insectos gigantes y criaturas escamosas. Jack Kirby, famoso por haber dibujado las primeras aventuras del Capitán América, se había retirado de la empresa pero recientemente había regresado y lo nombré artista de cabecera. Con él nos divertimos de lo lindo publicando historias de monstruos con títulos imperecederos como Xom: la criatura que se tragó a la tierra, Grottu: el oso hormiguero gigante, Thomgorr: el extraterrestre antisocial, Fin Fang Foom (cuyo subtítulo no puedo recordar; ni siquiera recuerdo si era macho o hembra) y otros de igual valor artístico y literario.

¡Sí, cómo gozamos produciendo nuestros cuentos de monstruos! Al mismo tiempo, National Comics tenía a Superman, a Batman y todos esos tipos adorables con disfraz. Archie Comics se mantenía publicando las aventuras de Archi, Torombolo y sus divertidos amigos. Por su lado, Harvey Comics captaba su público con el fantasma Gasparín y su séquito. Y en la competencia estaban también las editoriales Charlton, Dell y Gold Key. Los cómics inundaban el mercado, pero nada extraordinario estaba pasando.

Por esa época había tenido una conversación con mi esposa. Bueno, no es inusual, ella y yo hablamos con frecuencia. Pero en aquella ocasión Joan me hizo notar que, después de veinte años de trabajar en la producción de cómics, yo seguía escribiendo material para televisión, frases de publicidad y artículos de prensa para completar mi tiempo. Se preguntaba por qué no ponía en las historietas el mismo empeño y creatividad que ponía en mis otros trabajos independientes. El hecho es que yo siempre había pensado en los cómics como un oficio de paso (aun después de todos esos años). Esa pequeña disertación me hizo saber que había llegado el tiempo de concentrarme, de labrar verdaderamente una carrera en el azaroso mundo de las revistas de cómic.

No terminaba la encantadora señora Lee de impulsarme a tomar la feroz resolución y ya estaba sosteniendo otra charla, esta vez con Martin Goodman. Martin era mi editor en jefe, mi amigo y mi primo político... no necesariamente en ese orden. Y era, sin esforzarse, el mejor empresario, el editor más inteligente y el ejecutivo de publicaciones más audaz que yo hubiera conocido. Incluso sospecho que sería un crack de la escritura si se hubiera inclinado por ello. Martin no solo publicaba cómics sino muchos otros tipos de revistas, y casi todo su tiempo lo invertía en las novelas de bolsillo, de modo que me dejaba solo y con mucha libertad en el área de los cómics. Nunca supe si era porque me tenía una infinita confianza o porque no pensaba que los cómics tuvieran futuro.

Como sea, Martin me mencionó que había un título que era el más vendido entre todos los comics. Era una publicación de National Comics llamada La Liga de la Justicia, y contaba las historias de un equipo de superhéroes. No necesitamos mucho esfuerzo para pensar en una estrategia. “Si La Liga de la Justicia vende tanto”, dijo él, “¿por qué no sacamos nosotros una historieta acerca de un equipo de superhéroes?”.

Su lógica era irrefutable. Además, ya me estaba cansando de hacer esas innumerables revistas de monstruos. Y Joan quería que sentara cabeza y me convirtiera en alguien importante en el campo del cómic. El tiempo era perfecto. Los elementos estaban dispuestos. Era el destino.

Lo natural para mí fue elegir a Jack Kirby como dibujante de la nueva revista de superhéroes que íbamos a producir. Jack había diseñado probablemente el mayor número de tiras de superhéroes en el gremio, y era un artista como no hay dos. Ya habíamos trabajado juntos durante años, en tiras y en historietas de muchos estilos. Y lo que es más importante, teníamos un método de trabajo único y exitoso. Yo le daba a Jack el plan general de una historia y él dibujaba toda la historieta, dividiendo el argumento en el número exacto de viñetas repletas de acción y drama. Entonces me pasaba las páginas dibujadas y yo agregaba las leyendas y los diálogos, que con suerte les darían una dimensión realista a través de la caracterización aguda de los personajes.

¡Ah, pero este no sería uno más de los cientos de cómics que confeccionara en mi larga y lacrimosa carrera! No. Esto iba a ser algo diferente, especial. Algo que dejara a mi editor estupefacto, a mi público sobrecogido y a mi esposa satisfecha en su deseo de verme triunfar en mi propia esfera.

Es cierto que este nuevo equipo de superhéroes sería creado de acuerdo a los requerimientos del mercado, pero sería un equipo que el mundo de los cómics no hubiera conocido antes. Por primera vez iba a hacer el tipo de historia que yo disfrutaría si fuera un ávido lector de cómics. Y los personajes serían del tipo que me permitiera relacionarme en el plano personal. Serían de carne y hueso, tendrían sus faltas y sus flaquezas; serían batalladores pero, lo más importante, en el fondo de sus mamelucos de colores seguirían teniendo pies de barro.

Mientras más lo pensaba, más me sentía poseído por el concepto. Lo que quedaba era soñar esos personajes y crear con ellos un grupo que engranara a la perfección. Lo primero que me vino a la mente fue la necesidad de una relación amorosa. Por primera vez tendríamos un héroe y una heroína que estuvieran comprometidos. No más de esas sugerencias recatadas de que ella amaría al tipo si tan solo conociera su verdadera identidad. Y hablando de identidades, estaba completamente decidido a hacer una serie de superhéroes sin identidades secretas. Sabía, de hecho, que si yo personalmente tuviera superpoderes no lo guardaría como un secreto. Soy bastante exhibicionista. Entonces, ¿por qué nuestros amigos ficticios debían ser diferentes? Una vez aceptada esta premisa, el siguiente paso lógico fue descartar el uso de uniformes. Si nuestros héroes iban a vivir en el mundo real, tenían que vestirse como la gente de verdad.

Poco a poco todo fue tomando forma. Tendríamos un líder del equipo y su amada. Ella tendría un hermano menor, para que los lectores sintieran empatía. Pero no demasiado joven: mi mayor piedra en el zapato fue siempre el personaje del ayudante adolescente del superhéroe común. Insisto, si yo fuera un superhéroe de verdad, por ningún motivo me la pasaría andando por todos lados con un adolescente pecoso. Lo mínimo que sucedería es que la gente empezaría a murmurar. En fin, después de esto sentí que debía haber un miembro más de este ménage que todavía no tenía nombre. Un personaje que había que incluir para darle dramatismo, pathos, color, y que trajera a la historia una cualidad no convencional. Sería el más improbable de los héroes: feo, malhumorado y asocial, poseído por la fuerza bruta y un genio de los mil demonios. Y tenía que convertirse en el más popular.

Luego de darle algunas vueltas con Martin y con Jack, decidí que este pintoresco cuarteto se daría a conocer como Los Cuatro Fantásticos. Escribí la sinopsis del primer capítulo para que Jack empezara a dibujar, y el resto es historia.

Concebida y producida en 1961, la historieta fue apenas la primera de una línea ininterrumpida de publicaciones mensuales que estaban destinadas a desarrollarse, a crecer, a mejorar en cada número. De hecho, la caracterización psicológica profunda que se convertiría en uno de los rasgos de los personajes de Marvel Comics apenas aparece esbozada en esas primeras viñetas. Con el paso de los meses, el dibujo fue progresando hasta hacerse más pulido, más ilustrativo y detallado. Los personajes comenzaron a definirse más nítidamente y los toques satíricos (otro de los aportes de Marvel al género) fueron haciéndose más presentes.

Pero incluso en esa primera, primitiva, aparición de los Cuatro Fantásticos veo con certeza una calidad única de la imaginación interpretativa. La ruptura y un nuevo punto de partida respecto a todos los cómics de superhéroes que se habían hecho antes. 

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Stan Lee

Artista del cómic, ha creado personajes como Spiderman y Hulk. Fue durante muchos años el editor de Marvel Comics.

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