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Breviario

El monólogo del claxonólatra

¿Qué pasa por una mente atrapada en un trancón?

© Levi Blanco

 

El claxonólatra va por el mundo, es decir por Esmógico City, que para él es un mundo del que su vehículo lo hace soberano, y va proclamando su señorío claxoneando fuerte y continuamente. Va trompeteando para proclamar el derecho a enriquecer el ruido ambiental, o sea la gran contaminación sonora, con los aullidos o ladridos o mugidos de su amado instrumento sonoro, el de su virtuosismo de ilustre pitecántropo: el claxon.

 

El cronista, desde luego, no intentaría meterse en el cerebro del claxonólatra, pues sabe que es un cerebrito muy estrecho y raro (raro por escaso), pero se atreve a oír el monólogo interior del susodicho: “¡Paaah paaaah paaaah paaaah!, también mi boca claxonea, y es que de veras hay que espantar a los pinches transeúntes que creen que las calles son también para ellos, los pendejos. Ese buey en dos patas que se me atraviesa ahora que un pinche semáforo le echó la luz verde cree que debo rendirle honores dejándolo pasar nomás porque no tiene claxon que ponerse. Que sepa que yo soy el Nomberguán del volante y el virtuoso del claxonazo, esa es como quien dice mi razón de ser, y que soy padre de un titipuchal de chavitos a quienes ya les regalé claxoncitos para que vayan siendo hombrecitos claxoneros, para que sepan un día, yendo al volante como hijos de señorón, claxonear por acá, por allá y por acullá, como hombrecitos, como meros machos en plenitud de velocidá y de claxonazo, no como esos peatones pendejos, tan insolentes en su retrogradez que ni vehículo que ponerse tienen, pobres diablos, vaya, ni siquiera una mísera bocina que les dignifique la mísera existencia. ¡Y ahí les va, méndigos, mi claxon me anuncia, paaah paaaah paaaah!, me prolonga, es mi grito de victoria, soy rey en trono de cuatro ruedas. ¡Paaah, paaah paaaahhh!, ¡este claxon sí se oye! ¡Ahí va el golpe, apártense, homúnculos de nomás dos patas! Y si resulta que un pinche imprudente peatón se cruzó nomás porque el sonso vio verdear el semáforo, pues sí, me lo echo, lo dejo como calcomanía pegada en el suelo, por güey, por peatonto, ¿y qué me importa que la pendeja autoridá quiera cobrármelo como ciudadano sueco o suizo o de una nacionalidá dizque civilizada nomás por ser extranjera? ¡Caramba, yo soy el rey y mi automóvil segundo! ¡Paaah paaaaah paaaaaaaaaaaaaaaaaaah!”.

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José de la Colina

Reside en México. Es un permanente colaborador de la revista Letras Libres y el autor de 'Libertades imaginarias'.

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