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El mundial que no celebré

6 postales de fútbol

Traducción de Savio Ventura

La pasión por el fútbol puede encarnar historias que limitan con lo divino, o que requieren barro en los guayos para cobrar vida. Voces colombianas, brasileñas, uruguayas y argentinas completan este variopinto anecdotario que tiene al balón como protagonista.

Ilustración de Davide Bonazzi

 

La dictadura militar, además de haber sido un período muy difícil para Brasil, fue la época en que ametrallaron mi casa. Todos estábamos adentro: Garrincha, mis hijos y yo. Aquellos hombres entraron, le dispararon a todo y yo nunca supe la razón.

Corría el año 1970, en aquel entonces ya habíamos recibido llamadas telefónicas y cartas anónimas. Nos sentíamos amenazados y dejamos el país. Yo creo que lo hicieron por Garrincha, pero también por mí, ya que en esa época era muy impulsiva y decía lo que pensaba, al igual que ahora. Yo andaba mucho con Geraldo Vandré y debieron haber pensado que estaba involucrada en política. Yo soy una obrera de la música, ¿y cuál es el obrero que no protesta?

Nos fuimos a Roma. Garrincha, que no había sido seleccionado para aquel mundial, se encontraba desesperado por no estar jugando y también por no tener un hogar. Estábamos en un hotel viendo a Brasil ser campeón en México 70. En esa ocasión Juca Chaves fue a celebrar en la Piazza Navona, donde se ubica la Embajada de Brasil. Estábamos encerrados en el apartamento y Garrincha quería salir de cualquier manera, quería participar de la fiesta; sin embargo estaba sumergido en una gran depresión. Él perdió la casa, tuvo que dejar el país y no sabíamos cómo volver.

Mientras Brasil celebraba por haberse convertido en el primer tricampeón en la historia de los mundiales, el país cometía barbaries con su población. Garrincha sentía una mezcla de alegría y dolor, porque quería celebrar pero al mismo tiempo sentía rechazo por todo lo que nos había sucedido.

Imagínese lo que significa para un hombre, que en mi opinión está por encima de cualquier otro nombre del fútbol brasileño, haber sido expulsado de su país. Eso ya es horrible, vergonzoso. Ahora imagínese a ese hombre viendo aquella victoria, confinado en una jaula de piedra, en el extranjero, sin entender nada, sin saber lo que había pasado con nuestra casa.

Esa fue la época en que más bebió y no salía de casa porque le avergonzaba que lo vieran borracho. Yo hacía lo posible para que no tomara tanto, pero todo era en vano.

Me sentía tan angustiada que tenía ganas de invadir la Embajada brasileña en Roma, pero me contuve. Seguimos viviendo en un hotel y recibimos gran ayuda de Chico Buarque y Marieta. Ellos se habían exiliado en la ciudad y fueron dos amigos del alma.

Allá tuve un buen mánager, trabajé mucho y gané suficiente dinero para pagar las facturas. Durante una cena conocí a Ella Fitzgerald, que para entonces daba conciertos con repertorios de bossa nova. Ella se enfermó y yo acabé reemplazándola. Pero cuando se enteraron de que estaba trabajando en Italia sin permiso, tuvimos que salir de Roma. Entonces fuimos a Portugal por un tiempo.

Un día estábamos en el Casino Estoril, cerca de Lisboa, y encontramos al presentador Flávio Cavalcanti y a Maurício Sherman; este último dirigía un programa en el canal tv Tupi. Ellos le regalaron a Garrincha una camiseta de Brasil para homenajearlo, ¿pero quien quería una camiseta de la selección en ese entonces?

“Gracias..., pero, ¿dónde está mi casa, donde está mi hogar? Ya vestí la camiseta de Brasil anteriormente, di todo lo que pude haber dado a Brasil”, contestó él.

Cincuenta años después del golpe, nadie jamás tomó medidas con respecto a lo que nos sucedió en aquel año de 1970, y hasta el día de hoy sigo peleando por Mané Garrincha.

Cuando yo canto “O meu guri”, lo hago con mucha fuerza, es una manera que tengo de cantar una música de Chico, sin embargo homenajeando a Mané. Ellos son los dos guris de mi vida.

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