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Literatura

Sobre la escritura oscura

Traducción de Héctor Abad Faciolince

Muchos escritores son fieles a la idea de que un texto indescifrable siempre esconde una forma de profundidad, cifrada en los códigos de “lo literario”. Para el autor de Si esto es un hombre, la oscuridad de un texto, más que transmitir una verdad incomunicable, supone un profundo desprecio por el lector.

Ilustración de Bea Crespo

 

Nunca se deberían imponer límites o reglas a la escritura creativa. Quienes lo hacen obedecen en general a algún tabú político o a miedos atávicos: en realidad, un texto escrito, de cualquier manera que haya sido escrito, es menos peligroso de lo que comúnmente se cree. La famosa sentencia sobre Mis prisiones de Silvio Pellico, que le habría hecho más daño a Austria “que una batalla perdida”, es una hipérbole. De un modo experimental se puede constatar que los libros o los relatos, por buenas o malas que sean sus intenciones, son objetos esencialmente inertes e inocuos; incluso en sus encarnaciones más innobles (por ejemplo esos híbridos patológico-porno-nazi-sexistas) no pueden provocar sino daños escasos, con seguridad menos graves de los que producen el alcohol, el tabaco o el estrés laboral.

A su debilidad intrínseca ayuda también el hecho de que hoy en día cualquier escrito es sofocado en pocos meses por la gran marea de otros escritos que van sepultando al anterior. Además, las reglas y los límites, como están determinados históricamente, tienden a cambiar con mucha frecuencia: la historia de todas las literaturas está llena de episodios en los cuales obras valiosas y válidas han sido combatidas en nombre de principios que poco después se demuestra que eran mucho más caducos que las obras criticadas; y de ahí puede deducirse que muchos libros preciosos deben haber desaparecido sin dejar huella, derrotados en la disputa interminable entre los que escriben y los que prescriben, es decir, quienes dicen cómo se debe escribir. Desde lo alto de nuestra época permisiva, los juicios (verdaderos procesos, en tribunales legales) contra Flaubert, Baudelaire, D. H. Lawrence, parecen tan irónicos y grotescos como el proceso a Galileo, de lo profundo que nos resulta hoy en día el desnivel entre quienes eran juzgados y quienes los juzgaban: los últimos amarrados a su tiempo, los primeros vivos para todo futuro imaginable. En suma, llevar ante la ley a los narradores produce cierta utilidad.

Dicho lo anterior, y renunciando por lo tanto enfáticamente a cualquier pretensión normativa, prohibicionista o punitiva, quisiera agregar que me parece que no debería escribirse de manera oscura, porque un escrito tiene mucho más valor, y mucha más esperanza de difusión y duración, cuanto mejor se lo comprenda y cuanto menos se preste a interpretaciones equívocas.

Es evidente que una escritura perfectamente lúcida presupone a un escritor del todo consciente, lo cual no corresponde a la realidad de las cosas. Todos estamos hechos de yo y de ello, de espíritu y de carne, y además de ácidos nucleicos, de tradiciones, de hormonas, de experiencias y traumas lejanos o cercanos; por esto mismo estamos condenados a arrastrar con nosotros, desde la cuna hasta la sepultura, un doppelgänger, un hermano mudo y sin rostro, que sin embargo es tan responsable como nosotros de nuestras acciones, y por lo tanto también de nuestras páginas. Como se sabe, ningún autor comprende a fondo lo que ha escrito, y todos los escritores han llegado a estudiar asuntos agradables y horrendos que los críticos han encontrado en sus obras sin que ellos supieran que los habían puesto ahí; muchos libros contienen plagios, conceptuales o verbales, de los cuales los autores declaran, de buena fe, no haberse dado cuenta. Es algo contra lo cual es imposible combatir: esa irracionalidad y lo inconocible que cada uno de nosotros alberga en sí mismo deben ser aceptados, incluso autorizados a expresarse en su propio (necesariamente oscuro) lenguaje, pero no deben ser considerados como la única fuente de nuestra expresión.

No es verdad que la única escritura auténtica es la que “sale del corazón”, ni que provenga de todos los distintos ingredientes irracionales del conocimiento mencionados arriba. Esta opinión, alabada durante mucho tiempo, se funda en la presuposición de que el corazón que “nos dicta por dentro” es un órgano distinto al órgano de la razón, y más noble que este, y que el lenguaje del corazón es el mismo para todos, lo cual no es así. Lejos de ser universal en el tiempo y en el espacio, el lenguaje del corazón es caprichoso, adulterable e inestable como la moda, de la cual de hecho forma parte. Tampoco se puede sostener que sea igual a sí mismo dentro de los límites de un país o una época. Dicho de otra forma, el del corazón no es ni siquiera un lenguaje, o si mucho es un argot, una lengua vernácula, cuando no un invento individual.

Por esto, a los que escriben con la lengua del corazón les puede pasar que resulten indescifrables, y entonces es lícito preguntarse con qué finalidad han escrito: de hecho (y me parece que este es un postulado ampliamente aceptable) la escritura sirve para comunicar, para transmitir informaciones o sentimientos de una mente a otra, de un lugar a otro, de un tiempo a otro tiempo, y aquel que no es comprendido por nadie no transmite nada, clama en el desierto. Cuando esto ocurre, al lector de buena voluntad hay que darle tranquilidad: si no entiende un texto, la culpa es del autor, no suya. Corresponde al escritor hacerse entender por aquellos que desean entenderlo: ese es su oficio, escribir es un servicio público, y al voluntarioso lector no hay que decepcionarlo.

A este lector, que tengo la curiosa impresión de tener a mi lado cuando escribo, admito que puedo haberlo idealizado ligeramente. Se parece al gas perfecto de los termodinámicos, perfectos solamente en cuanto su comportamiento es perfectamente predecible, basados en leyes más simples, mientras que los gases reales son más complicados. Mi lector “perfecto” no es un docto, pero tampoco es un inexperto sin recursos; no lee por obligación ni por pasar el tiempo ni para que otros admiren lo culto que es, sino porque siente curiosidad por muchas cosas, y quiere escoger entre ellas, y no quiere delegar esa elección en nadie más; conoce los límites de sus conocimientos y de su preparación, y orienta sus elecciones de acuerdo con estos. Específicamente: ha escogido mis libros según su propio saber y entender, voluntariamente, y sentiría incomodidad y dolor si no entendiera cada línea de lo que yo he escrito, más aún, de lo que le he escrito: pues es verdad, escribo para él, no para los críticos ni para los poderosos de la Tierra ni para mí mismo. Si no me entendiera, él se sentiría injustamente humillado, y yo, culpable de no haber cumplido con un contrato.

Aquí es necesario enfrentar una posible objeción: a veces se escribe (o se habla), no para comunicar, sino para descargar la propia tensión, o expresar una alegría, una pena, y entonces se clama también en el desierto, se gime, ríe, canta, impreca.

Quien grita, siempre y cuando tenga motivos válidos para hacerlo, merece comprensión: el llanto y el luto, bien sean contenidos o escénicos, son benéficos porque alivian un dolor. Grita Jacob sobre el manto ensangrentado de José; en muchas ciudades el duelo vivido a los alaridos es un rito casi obligatorio. Sin embargo el alarido es un recurso extremo, útil como las lágrimas para un individuo, pero inoficioso y burdo si se lo usa como un lenguaje, ya que tal cosa no puede ser, por definición: lo inarticulado no es articulado, el ruido no es sonido. Por este motivo, estoy un poco harto de los elogios que se les tributan a textos que (cito al azar) “gritan en los límites de lo inefable, de lo no-existente, del gruñido animal”. Estoy cansado de los “densos aglomerados de magma”, de los “rechazos semánticos” y de las innovaciones que nacen ya podridas. Las páginas en blanco son blancas, y conviene llamarlas blancas; si el rey está desnudo, lo honesto es decir que está desnudo.

Personalmente también estoy cansado de los elogios que se le han prodigado, vivo y muerto, a Ezra Pound, quien quizá haya sido incluso un gran poeta, pero quien para estar seguro de que no le entendieran a veces escribía en chino, y estoy seguro de que su oscuridad poética tenía la misma raíz de esos delirios de superhombre que lo condujeron en primer lugar al fascismo y luego a marginarse: una y otra cosa provenían de su profundo desprecio por el lector. Tal vez el tribunal estadounidense que consideró a Pound un enfermo mental tenía razón: como escritor instintivo que era, debía ser un pésimo pensador, y esto lo confirman su comportamiento político y su odio maniático por los banqueros. Ahora bien, quien no es capaz de razonar debe someterse a un tratamiento, y respetarlo dentro de los límites de lo posible, incluso en el caso de que, como Ezra Pound, intentara hacer propaganda nazi contra su propio país en guerra con la Alemania de Hitler: pero no hay que elogiarlo ni ponerlo de ejemplo, porque es mejor ser sanos que insanos. Lo efable es preferible a lo inefable, la palabra humana al aullido animal.

No es casual que los dos poetas alemanes menos descifrables, Trakl y Celan, hayan muerto suicidas ambos, a la distancia de dos generaciones. Su destino común hace pensar en la oscuridad de su poética como en una especie de presuicidio, en un no-querer-ser, en una fuga del mundo, cuya coronación fue la muerte intencional. Hay que respetarlos, porque su “aullido animal” tenía motivaciones terribles: para Trakl, debido al naufragio del imperio de los Habsburgo, en el cual él creía, durante la vorágine de la Primera Guerra Mundial; para Celan, hebreo alemán que se salvó milagrosamente de la carnicería alemana, debido al desarraigo, y por la angustia sin remedio frente a la muerte triunfante. Con Celan, sobre todo, porque es un contemporáneo nuestro (1920-1970), el razonamiento debe ser más serio y más responsable.

Se percibe que su canto es trágico y noble, aunque de un modo confuso: penetrarlo es una empresa desesperada, no solo para el lector corriente, sino también para el crítico. La oscuridad de Celan no es desprecio por el lector ni insuficiencia expresiva, ni perezoso abandono al fluir del inconsciente: es verdaderamente un reflejo de la oscuridad de su destino y del destino de su generación, y se adensa cada vez más alrededor del lector, estrechándolo como en una tenaza de hierro y hielo, desde la cruda lucidez de su “Fuga de la muerte” (1945) al caos amenazante y sin salida de sus últimas composiciones. Esta tiniebla que crece página tras página, hasta el último balbuceo desarticulado, consterna como el estertor de un moribundo, y de hecho no es otra cosa. Nos atrapa como atrapa un remolino, pero al mismo tiempo nos defrauda, pues había algo que debía ser dicho y no fue dicho, y por lo mismo nos frustra y nos aleja. Yo creo que Celan como poeta debe ser más meditado y más compadecido que imitado. Si el suyo es un mensaje, este se pierde en el “ruido de fondo”: no es una comunicación, no es un lenguaje, o si mucho es un lenguaje oscuro y manco, como es precisamente el lenguaje de los agonizantes, y está solo, como todos lo estamos en el momento de la muerte. Pero ya que nosotros los vivos no estamos solos, no deberíamos escribir como si estuviéramos solos. Tenemos una responsabilidad mientras estemos vivos: tenemos que responder por todo aquello que escribimos, palabra por palabra, y hacer que cada palabra dé en el blanco.

Por lo demás, hablarle al prójimo en una lengua que no puede entender puede ser un mal vicio de algunos revolucionarios, pero no es para nada un instrumento revolucionario: es, por el contrario, un antiguo artificio represivo, que todas las iglesias conocen, vicio típico de nuestra clase política, y fundamento de todos los imperios coloniales. Es una forma sutil de imponer el propio rango: cuando el padre Cristóforo dice “Omnia munda mundis” a fray Fazio, que no sabe latín, entonces este último, “al oír esas palabras llenas de un sentido misterioso, y proferidas con tanta seguridad… le pareció que en ellas debía estar contenida la solución de todas sus dudas. Se calmó, y dijo: ‘¡Basta! Usted sabe mucho más que yo’ ”.

Tampoco es cierto que solamente a través de la oscuridad verbal se pueda expresar esa otra oscuridad de la que somos hijos, y que yace en nuestras propias honduras. No es verdad que el desorden sea necesario para pintar el desorden; no es verdad que el caos de la página escrita sea el mejor símbolo del caos último al que estamos abocados: creer esto es un vicio típico de nuestro siglo inseguro. Mientras estemos vivos, y cualquiera sea la suerte que nos haya tocado o que hayamos escogido, no cabe duda de que seremos mucho más útiles (y mucho más agradables) a los otros y a nosotros mismos, y por mucho más tiempo se nos recordará, cuanto mejor sea la calidad de nuestra comunicación. El que no sabe comunicarse, o se comunica mal, en un código que es solo suyo o de muy pocos, es infeliz, y dispensa infelicidad a su alrededor. Si se comunica mal deliberadamente, es un malvado, o al menos una persona descortés, porque obliga a quienes lo siguen al cansancio, a la angustia o al aburrimiento.

Por supuesto no basta que el mensaje sea claro para que sea válido, pues es posible ser claros e inútiles, claros y mentirosos, claros y vulgares, pero este es otro asunto. Si uno no es claro, no hay ni siquiera mensaje. El aullido animal es aceptable por parte de los animales, de los moribundos, de los dementes y de los desesperados: el hombre sano e íntegro que lo adopta es un hipócrita o un incapaz y se condena a no tener lectores. El discurrir entre hombres, en la lengua de los hombres, es preferible al ulular animal y uno no entiende por qué va a ser menos poético que este.

Pero, repito, estas son preferencias mías, no normas.

El que escribe tiene la libertad de escoger el lenguaje al que mejor se acomode, y todo es posible: que un escrito oscuro para su mismo autor resulte luminoso y abierto para quien lo lee; que un escrito incomprendido por sus contemporáneos se vuelva claro y sea ilustrativo decenios o siglos después.

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Witton Becerra

Ahora entiendo de dónde vienen las ideas del traductor cuando escribió "Los umbrales".

Witton Becerra

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