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Poesía

Hundert vierundsiebzig fünf hundert siebzehn

Elegía a Primo Levi

© Mondadori | Getty Images

 

Este es tu número, Primo:
Ciento setenta y cuatro - quinientos diecisiete,
tatuado para siempre en tu antebrazo izquierdo.
Y tu número, Primo, no era un número primo.
Con tu mente científica tenías que saberlo,
pues dos números primos,
el siete, tan sencillo, y otro insospechado,
el veinticuatro mil novecientos treinta y uno,
eran los divisores de tu nombre,
tan largo y frío y fuerte, en alemán,
como cinco apellidos vergonzosos:
Hundert Vierundsiebzig Fünf Hundert Siebzehn.

Pero ya no es posible,
después de Auschwitz,
jugar con las palabras.
El adornado Adorno lo dijo, equivocándose.
Schwarze Milch der Frühe,
Negra leche del alba, gritó Celan,
robando luz al infierno irracional,
y tú, Primo, de un modo sosegado y racional,
con la fiel precisión de la tabla periódica,
dijiste, en tu Shemà: Considerad
si esto es un hombre
.
Y no, no eras un hombre.
Durante dos inviernos fuiste un perro,
mucho menos que un perro, una fiera,
y menos que una fiera, una alimaña,
menos que una alimaña, una piltrafa,
menos que una piltrafa. Un número, Primo,
que ni siquiera era primo:
“Häftling Fünf Hundert Siebzehn”
te llamaban, abreviando tu nombre a las últimas cifras,
“Recluso quinientos diecisiete”
y quinientos diecisiete,
tampoco era un número primo, Primo,
ni un número Fibonacci, ni un número Bell,
ni un número catalán, ni un número perfecto,
nada, quinientos diecisiete: un número corriente,
divisible por once y por cuarenta y siete,
un número cualquiera, como todos.

Gracias a ti, y a otros, la poesía fue posible
después de Auschwitz, y gracias a un hombre,
Lorenzo Perrone, un albañil,
que te regaló una camisa vieja, remendada,
y restos de su propia comida,
arriesgando la vida, día a día, durante meses,
y que murió alcoholizado por los malos recuerdos
cuando ya habías vuelto al mundo de los hombres.
“A Lorenzo le debo estar vivo, hoy”, dijiste,
no tanto por su ayuda material,
sino p...

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