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Palabras mayores

Muy polémica ha resultado la versión abreviada que hizo Julio César Londoño de la novela María de Jorge Isaacs. ¿Es justo referirse a este proyecto editorial en términos de “mutilación” y “censura”? ¿No resulta totalmente ingenuo recibir con prevención cualquier versión abreviada, ignorando toda una rica tradición literaria en este género? 

El año pasado, un conato de polémica agitó las a menudo calmas aguas de la crítica literaria en Colombia. Fabio Martínez y Harold Alvarado Tenorio escribieron sendos artículos para quejarse de la “mutilación” y “censura” que Julio César Londoño supuestamente les infligió a la María y al Alférez real. Ambos, el profesor de Cali y el profesor de Buga, se lamentaban en sus columnas no solo de que las instituciones culturales de su departamento financiaran ediciones abreviadas de nuestros clásicos, sino que encima se prestaran gozosas para lo que uno de ellos no vaciló en tildar como “decapitación” y “asesinato”.

Se la mire por donde se la mire, la supuesta polémica no es más que una típica demostración de fariseísmo. Alvarado Tenorio y Martínez tienen doctorados en literatura y por lo tanto saben que las ediciones abreviadas existen en todas las lenguas, que a menudo cumplen un papel destacado en el fomento de la lectura –en particular del canon literario– y que autores de primerísima fila han sido asiduos practicantes de ese arte.

 

Es una lástima que, en la presentación, el supuestamente culto alcalde de Cali solo se haya referido de manera tangencial a esa antiquísima costumbre. Habría sido mucho más convincente si hubiera citado el caso de Cortázar con Robinson Crusoe, libro al que el autor de Rayuela le hizo graves supresiones cuando lo tradujo para la editorial Viau en 1945, pero sobre todo si hubiera recordado los ejemplos de André Gide con Michel de Montaigne y de Moses Hadas con Edward Emily Gibbon.

En 1938, la editorial Longmans & Co. de Nueva York le pidió a Gide que hiciera una antología de los Ensayos de Michel de Montaige especialmente concebida para un público no francés. Gide no se limitó a seleccionar los textos: eliminó de ellos la casi totalidad de las citas en griego y latín, abrevió extensos pasajes y en general cortó eso que él llamaba “estopa” y que, según su criterio, “impide a menudo que los ensayos del señor de la Montaña lleguen a nosotros como dardos”. En la actualidad The Living Thoughts of Montaigne, presented by André Gide, lo mismo que su versión francesa, se utiliza regularmente en las universidades anglosajonas y en el bachillerato francés. A nadie se le ocurre afirmar, como ridículamente hace Fabio Martínez en su artículo de El Tiempo, que “hoy en día no solo se mutilan cuerpos humanos; se mutila, así mismo, el legado literario de la humanidad”.

Del trabajo de Moses Hadas con los seis voluminosos tomos de la Decadencia y caída del Imperio Romano de Gibbon cabe decir exactamente lo mismo. Hadas, que fue un eximio profesor de griego y latín en la Universidad de Columbia, sintetizó en 1962 esa obra maestra de la historiografía en un sustancioso volumen de poco más de 300 páginas. Desde entonces, es el texto de referencia con que se inician los estudiantes de humanidades y de ciencias políticas en un buen número de universidades adscritas a la Ivy League. A Jorge Luis Borges le parecía un “abridgement” tan meritorio que nunca dejaba de recomendarlo.

(Por cierto: la primera y única traducción de ese tomito fue publicada en Bogotá a finales de 2013. La hizo el profesor venezolano José Rodríguez Iturbe bajo el auspicio de la Universidad de la Sabana. Otra prueba de que, si bien las imprentas académicas en Colombia publican trabajos de primer nivel, apenas se esfuerzan por comunicárselo al público.)

Las intervenciones de la María y El alférez real hechas por Londoño deben leerse con espíritu inquisitivo y, si es necesario, ser demolidas hasta los cimientos (o, por supuesto, encomiadas, como corresponda). Pero fingir, como hacen el par de profesores vallunos, que las ediciones abreviadas son un escándalo, que solo se encargan por “un afán desmedido de lucro”, y porque el editor cree que los lectores “somos unos tarados”, no solo es una forma, otra más, de banalizar la crítica literaria, sino de frivolizar palabras con un peso nada metafórico en nuestra historia. “Mutilación”, “censura”, “decapitación”, “asesinato”: el mismo Isaacs, que participó en diecisiete insurrecciones contra el gobierno, se habría abstenido de utilizarlas para hablar de la edición de un libro.

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