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Cine

Esperando a los pájaros

Una conversación entre Ángel Unfried y César Acevedo sobre "La tierra y la sombra"

Es la película ganadora de la Cámara de Oro del Festival de Cannes. Más allá de la euforia generada por el reconocimiento en la historia del cine colombiano, ¿qué ocurre en la pantalla?, ¿cómo fue rodada la película?, ¿de qué hilos echó mano el director César Acevedo para tejer su ópera prima?

 

 

 

©Cortesía Burning Blue

 

Frente al Parque Nacional, César Acevedo fuma un cigarrillo mientras espera que comience la cuarta de siete entrevistas que dará este miércoles por la tarde. Así ha sido desde el pasado 23 de mayo, cuando ganó la Cámara de Oro, premio que reconoce a la mejor ópera prima del Festival de Cannes. Una entrevista tras otra. Primeras planas. Reconocimientos de la Alcaldía de su natal Cali. Una carta del presidente en la que lo felicita por el logro obtenido gracias a la nueva Ley de Cine aprobada durante su mandato.

Apenas dos días atrás, el 22 de junio, La tierra y la sombra, película que ha causado todo este revuelo, fue proyectada por primera vez en una sala colombiana. La prensa invitada pasó rápidamente de la expectativa a un silencio ahogado, claustrofóbico. Esa es la sensación que acompaña al espectador a lo largo de toda la película. Una tristeza creciente se va elaborando en la pantalla, una tristeza próxima, familiar.

“En principio, vos ya sabés de dónde viene la película –Acevedo responde en pausado caleño, sin poder evitar algunas de las respuestas muchas veces repetidas desde que los medios lo persiguen–. Yo perdí a mi mamá cuando era niño y mi papá se volvió una figura ausente. También mataron a mi abuelo y viví muy de cerca lo que mi papá sintió en ese momento: la resignación, el sentimiento de pérdida que se le ancló en el alma y que a mí en parte me tocó heredar. Esa era una realidad que yo no quería simplemente aceptar y dejar atrás. A través de la película quería mostrarle a la gente que eso no es algo normal, que no resulta natural simplemente renunciar al pasado”.

En esa intención de reivindicar el arraigo, la tierra  sostiene la película desde el primer plano. Alfonso, un viejo campesino, vuelve a su hogar después de una larga ausencia. La cámara lo espera al final del sendero, abierto en diagonal en medio de la caña. Al paso de un camión, la tierra se levanta hasta ocupar todo el plano, árida, como un abrazo violento. La misma locación y el mismo encuadre reaparecen en una escena posterior, casi idéntica, y su fuer...

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Ángel Unfried

Director de la revista El Malpensante. Ha colaborado en Diners, Shock, Bacánika, La República y El Heraldo. Editor y relator de varios talleres de la FNPI.

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