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Arte

Misión Lobregón

Sobre la falsificación existen rumores, consejas, señalamientos, pero al final del día es poco lo que puede sacarse en limpio. ¿Quién o quiénes falsifican? ¿Es eficiente la justicia en estos casos? ¿Los culpables pagan multas o van a dar a la cárcel? Estas y otras preguntas se resuelven con gran detalle en la siguiente crónica sobre un pintoresco falsificador de cuadros de Alejandro Obregón.

 

Alejandro Obregón retratado en su taller de Barranquilla

 

El pintor Omar Gordillo escuchó repicar el teléfono y fue a contestarlo. No reconoció la voz, pero se sobresaltó cuando supo que era “el tolimense suertudo”, aquel personaje que solo había visto en los periódicos.

Intercambiaron un saludo protocolario; luego prestó atención al motivo de la llamada:

–Como usted ha sido cercano a los hijos de Alejandro Obregón y un conocedor y evaluador de su obra, le propongo que me ayude a conseguir la firma o al menos la autenticación de alguno de los cuadros que yo encontré del maestro y le doy el 50% de las ganancias.
–Bueno –respondió Gordillo con voz ronca y carrasposa–, tráigalos mañana a mi apartamento y les echo un ojo.

Colgó, para de inmediato volver a levantar el teléfono. Marcó, preguntó por Rodrigo Obregón, hijo del pintor. Una voz al otro lado le contestó que no estaba y que regresaba al país en un par de días.

Al día siguiente, el tolimense suertudo se presentó en la casa de Gordillo con varios cuadros enmarcados y una maleta negra. Recostaron las obras en las paredes de la sala y, tras una breve inspección, Gordillo le pidió un par de días para examinarlos en detalle. La entrega de los once cuadros se formalizó con una carta que los dos firmaron. Acordaron verse el 25 de enero de 2003, al final de la tarde.

 

 

 

Los cóndores, tema recurrente en la obra de Obregón, fueron torpemente imitados por los falsificadores

 

 

Gordillo regresó a la sala de su apartamento. A primera vista, los cuadros le parecieron cursis falsificaciones. El autor había usado cartulinas, papel y en el mejor de los casos un lienzo barato, de hilos delgados color crema. Parecía como si antes de pintar hubiera calcado las siluetas de un alcatraz, un toro o un cóndor y luego las hubiera rellenado con colores. Observó que los cóndores estaban erguidos, pero les faltaba el suelo, una roca, algún tipo de sustento.

Miró el retrato: un rostro barbado, parche en el ojo izquierdo, bandera de Inglaterra en el pecho y una inscripción al costado. Lo giró, atrás se leía El pirata inglés. Sabía que Obregón había pintado a Blas de Lezo, el almirante español tuerto, cojo y manco, pero nunca a piratas. Solo por eso el cuadro debía de ser falso.

Siguió con las flores carnívoras, búhos, mojarras, barracudas, temas por los que se reconocía al maestro barranquillero, y en todos ellos sobresalía el trazo inconfundible del imitador inexperto. Lo más inverosímil era un cuadro titulado Colgué los guayos, compuesto por un pito, una tula y un par de zapatos de fútbol. Gordillo se quedó atónito por la impostura.

Por si fuera poco, los cuadros tenían en una esquina la firma de Obregón y en la otra, para rematarlos, una segunda firma que decía “Lobregón”.

A los pocos días, Gordillo llamó de nuevo a Rodrigo Obregón, le contó que las obras estaban en su apartamento, que las había fotografiado –en particular las firmas– y que todo el tiempo había pensado lo mismo: ¿qué hacemos con el tolimense suertudo? 

 

 

***

 

El día de la cita, Rodrigo llegó al apartamento de Gordillo poco después del almuerzo y fue directo a ver los cuadros. Tal como lo había sospechado, solo eran torpes falsificaciones. Ansioso, se asomó por la ventana, esperando encontrar al embaucador en la calle, pero solo vio a una pareja de novios sentados en un parque.

El tolimense suertudo no tardó en llegar. Se presentó como Ismael Morales Marín, y se sorprendió al encontrar a Rodrigo en el apartamento. Conversaron de cómo había conseguido las obras y les contó que en el diario El Universal de Cartagena lo habían apodado de ese modo por haber comprado en 1981 una escultura en cuyo interior se ocultaban 36 dibujos de Alejandro Obregón. Rodrigo conocía la historia, muchos se la habían repetido, y él, fingiendo, se mostraba estupefacto, como si la escuchara por primera vez. También sabía de la oferta de miles de dólares a Gordillo si lograba autenticar los cuadros. Permanecía tranquilo pues tenía escondida una grabadora en el pantalón y a su lado, como acompañante casual, estaba su abogado.

Entre los dos hicieron una larga serie de preguntas. Por toda respuesta, Morales abrió su portapapeles y mostró los certificados de los antiguos propietarios –to-dos convenientemente muertos– que habían adquirido los cuadros al maestro. Al sacar un documento arrastró consigo una hoja llena de firmas ensayadas: Obregón, Obregón, Obregón, Obregón. El peso de esa hoja disparó la ira de Rodrigo, que se abalanzó con fiereza sobre la mesa y alcanzó a sujetar una esquina del papel. De un zarpazo, justo en el otro borde, cayeron las manos de Morales. Forcejearon, cada uno tomándola de un lado. Antes de ceder y separarse, Rodrigo pensó: “A este malparido lo van a capturar de todas formas, que se quede con esa hoja”. Ya había hecho la denuncia en el DAS, ya había pedido apoyo para la captura y ya había avisado a los medios, así que soltó la hoja e Ismael Morales volvió a respirar, aliviado.

Obregón y Gordillo se despidieron del tolimense suertudo alegando que no estaban seguros de la procedencia de las obras. En cuanto se abrió la puerta, una nube de fotógrafos y cámaras atiborró el pasillo. La pareja de novios que estaba sentada frente al apartamento se coló por la puerta identificándose como agentes del DAS y Rodrigo rapó una manotada de cuadros, los lanzó al suelo y acusó públicamente al tolimense suertudo diciendo: “Ismael Morales Marín es un estafador y yo lo denuncio ante la ley colombiana…”. Después bailó flamenco encima de los cuadros y los arrojó como si fueran un frisbee.

–Era un mensaje contra los falsificadores –me dijo Rodrigo Obregón diez años después del hecho–. Un hijo no pisotea así los cuadros verdaderos de su papá. Y la maldita hoja con las firmas nunca más la volví a ver. Desapareció esa prueba.

Rodrigo estaba satisfecho porque era la primera vez, desde la muerte de Alejandro Obregón en 1992, que se capturaba a un falsificador. Encargó del pleito a Wilson Rivera, su abogado acompañante. Apresaron por primera vez a Ismael Morales y así se abrió el proceso.

 

***

 

El caso 671666 llegó a una unidad especializada del DAS y dos detectives encubiertos se encargaron de darle trámite. Debían investigar “un presunto delito de defraudación a los derechos de autor”. Tenían copia de las dos denuncias hechas por Rodrigo Obregón, una del 24 de enero, antes de la captura, y la otra que se levantó cuando lo apresaron. En los anexos estaban la lista con los derechos del capturado, sus impresiones digitales, copias de las obras y un caset marca Sony EFX 60, rotulado por el lado A: “Caso Obregón”.

El informe detallaba que Morales había sido interceptado por agentes del DAS cuando salía de la residencia del pintor Omar Gordillo, en el barrio Nuevo Country II. “A las 17 horas, fue conducido a la sala de custodia transitoria del DAS, junto con once pinturas que llevaban la firma de Obregón, algunas de ellas con una firma adicional que decía Lobregón”. En resumen, para los detectives se trataba de una investigación sobre un avivato.

Un par de días más tarde soltaron a Morales.

 

***

 

Pasado un año, Rodrigo Obregón solo había sido contactado una vez por la Fiscalía. Ese abril, mientras manejaba, recibió una llamada de Caracol Noticias para saber qué opinaba del fallo. Rodrigo respondió: “¿Cuál fallo?”. “El fallo que dice que los cuadros son verdaderos”, le respondieron. Como pudo, recuerda, maniobró para evitar estrellarse y las únicas palabras que masculló fueron: “¡Que qué! ¿Pero cómo? ¿Cómo...?”.

De inmediato cambió el rumbo para buscar al juez del caso. Tras preguntarle por el procedimiento, este le respondió, cortante: “Precluí y fallé en los términos de acuerdo a las pruebas científicas”.

No era tan solo que el abogado de Rodrigo hubiera conducido el caso con negligencia. El examen radiográfico de la historiadora y experta en arte María Cecilia Álvarez White aseguraba que se apreciaban “pinceladas compatibles con la caligrafía pictórica de Alejandro Obregón”; el análisis de Alonso Restrepo, un destacado galerista, afirmaba que “todo su conjunto confirma mi apreciación de que fueron ejecutados por el maestro Alejandro Obregón”, y el estudio grafológico de María Dolores Vargas Ochoa, que se había declarado sin experiencia en obras de arte, concluía: “Las firmas se identifican con el gesto gráfico de las muestras”.

Poco habían importado los testimonios de Omar Gordillo y de los hermanos Diego y Rodrigo Obregón. El primero incluso había declarado que ponerle dos firmas a un cuadro era algo poco usual en las obras de su padre, y cuando sucedía, siempre era la misma firma, no rúbricas de épocas diferentes.

 

***

 

Respaldado por el fallo, Morales aprovechó el momento para anunciar en los noticieros que impondría cinco demandas –falsa denuncia, perjuicios, lesiones personales y otras–, cada una por 5.000 millones de pesos.

Sus ventas se dispararon. Cargaba con su portapapeles lleno de documentos: compra de los cuadros a Federico Heidman, quien a su vez había comprado los cuadros a Ramón Vinyes, “el sabio catalán” de Cien años de soledad, sellos y fotocopias de los artículos publicados en El Espectador el 3 de noviembre de 2002, y en El Universal el 6 de agosto de 1994 y el 13 de enero de 1995. Los críticos de arte y el círculo artístico recibieron al tolimense suertudo. Unos corrían la voz del gran descubrimiento; otros hablaban de las cualidades técnicas, atributos, y de etapas desconocidas de experimentación. Morales simplemente se refería a ello como el “descubrimiento de un período gris en la obra del maestro barranquillero”.

–La solución era irme del país pero eso era darle la razón a Morales –recuerda Rodrigo–. Era un escenario ridículo: la farsa de haber capturado a un falsificador que se creía artista y un hijo que supuestamente no conocía las obras de su padre. ¿Se imagina eso? ¡Si nosotros crecimos orinándonos encima de los cuadros de mi papá! Gateamos encima de ellos. Era un reality show, ¡y ahí sí que la justicia estaba funcionando!

Para enfrentar las nuevas demandas e impugnar el fallo, Rodrigo ya no quería a un abogado genérico sino a un experto en derechos de autor. Le recomendaron al joven Camilo Mercado.

–Fueron dos o tres años, básicamente, interponiendo recursos para frenar la entrada de Rodrigo a la cárcel –me dijo Mercado–. Luchábamos contra el falsificador, contra los desprestigios promulgados por el círculo artístico y además contra la justicia, porque tocaba levantar una preclusión (una cosa juzgada, de carácter definitivo) y reactivar las pesquisas.

 

***

 

Fue entonces cuando Silvana Obregón, hermana de Rodrigo, decidió rastrear el origen de las firmas impresas en los documentos de compraventa que anexaba Morales. En Cartagena buscó la Notaría Tercera, que funcionaba en el centro de la ciudad en los años setenta. Al preguntar por el notario Orlando Herrera Macía se enteró de que estaba jubilado, con la suerte de encontrar a su hija en el cargo. Juntas le llevaron los documentos y de este modo se descubrió que tanto el sello como la firma eran falsos.

Rodrigo Obregón y Camilo Mercado llegaron a la siguiente audiencia con las nuevas pruebas, pero el juez dictaminó que estas debían ser cotejadas primero por los investigadores. Los grafólogos viajaron a Cartagena e hicieron firmar muchísimas veces al notario jubilado. Comparaban y no encontraban ninguna coincidencia visible. Tampoco en los sellos. Pasaron a la declaración: “Jamás vi al maestro Obregón en mi despacho, me hubiera gustado que hubiera ido por allá para conocerlo personalmente, lo que hubiera sido un honor”, dijo. De inmediato, en la misma notaría, los detectives escribieron su reporte: no sabían de arte, pero entendían qué significa el delito de falsedad en documento público.

 

***

 

Con las nuevas pruebas, los detectives reabrieron el caso y empezaron a levantar un perfil de Morales: medía aproximadamente 1,70; era de piel trigueña, contextura gruesa, cabello ondulado, corto, de color negro, con tiras de canas, y tenía los ojos castaños. Había nacido en Ibagué hacía 63 años, sus estudios llegaban hasta sexto de bachillerato, aunque tenía un título como técnico en inseminación artificial de bovinos, y en ese momento declaraba que su oficio era la compraventa de carros. Sus padres habían fallecido y hacía dos años estaba separado. Eso lo había llevado a establecerse en Bogotá.

Los detectives averiguaron que desde 1970 comerciaba con arte. En 1979 intercambió su casa de bahareque en Barú por dos tallas en madera, Cabeza de Charles de Gaulle y Barracuda de Ruppel, más seis pinturas de 35x50 centímetros. En 1981 entregó a Omaira, una lancha ballenera de 18 pies de eslora, para recibir diez pinturas, una de ellas titulada El extraterrestre, y una escultura en madera con la firma de Obregón tallada en la garganta. Para 1995 ofrecía en la casa de subastas Christie’s un Pirata inglés, un Búho y una Barracuda amarilla. El precio base en el catálogo fue de 8.000 dólares.

En medio de su búsqueda, los detectives también consiguieron un par de cartas entre Ismael Morales y Christie’s, donde la casa de subastas le pedía al tolimense suertudo dos obras más para ofrecerlas: un Pirata Barbarroja, estimado entre los 3.500 y los 4.500 dólares, y una Barracuda en madera, que oscilaba entre los 5.000 y los 7.000 dólares. La autenticidad de esas cartas no pudo ser comprobada por los investigadores; tampoco por Rodrigo y Diego Obregón.

Con el fin de conocer más a fondo al sospechoso optaron por un seguimiento intensivo. Rondaron su domicilio. Poco a poco se familiarizaron con su rutina, movimientos, relaciones con el mundo del arte, dónde comercializaba, cuáles eran sus negocios activos. El fin, con todo ello, era identificar plenamente a Morales y estar seguros de la información recolectada. Confirmaban y volvían a confirmar. Hablaron casualmente con algunas personas, sin presentarse como detectives.

–Cuando es difícil dar con un número de cédula –me explicó uno de ellos–, se planta una patrulla en uno de los sitios que frecuenta el sospechoso y se le piden papeles a todo el mundo. Así se obtiene la cédula y se corrobora el nombre completo, porque algunos delincuentes se hacen llamar con alias.

Ese informe dio un pequeño panorama de cómo se movía el negocio de las falsificaciones: no siempre se usaba dinero, también se pagaba con lotes, fincas, carros, apartamentos, escopetas con incrustaciones de oro, con lo que fuera, siempre y cuando se pudiera comercializar. Estas compraventas parecían más un remate que un intercambio y Morales era un eslabón en la gran cadena de la falsificación, quizá igual de grande que las redes de hurto de obras artísticas.

 

 

Ismael Morales Marín, "el tolimense suertudo", exhibe algunos de sus Lobregones

 

Los detectives empezaron a seguir a Morales. Lo levantaban: llegaban antes de que despertara y saliera de su casa. Lo acostaban: solo lo abandonaban cuando estaban seguros de que dormía.

Lo vieron con otras obras, tenía contactos y varias personas lo identificaron como vendedor de arte nacional e internacional. La Plaza de Lourdes era su centro de operaciones y todo parecía indicar que su apartamento en Suba era el almacén. Entonces, con identidades falsas, los detectives se le presentaron como comerciantes interesados en comprarle.

–No es solo decir: “Quiero un Obregón. ¿Cuál tiene?” –me cuenta con firmeza uno de ellos–. Pueden responder ofreciendo un cuadro de Rayo y, por lo menos, se debe saber cómo pintaba para decir: “Claro, es un Rayo pero no me interesa”. O simplemente esperar y cambiar el tema de conversación.

Lo mejor, sugieren los detectives, es hacerse amigo del falsificador.

–Cuando se llega a comprar o a preguntar por una obra, hay en juego más que la obra. La gente quiere saber quién es uno. En ese momento, empieza toda la película de quién se es, cuál es el correo electrónico, Facebook, teléfonos, dónde vive, estudió, trabajó y trabaja. Va bien montada para que no se escape ningún detalle. Como se trata de arte, el perfil creado es alto. No podemos llegar en bus. Mínimo en taxi. Con traje y corbata.

Esta etapa culminaría con la solicitud a la Fiscalía de una diligencia de interceptación de los teléfonos de Morales, de registro y allanamiento de su residencia.

El 17 de diciembre de 2004, mediante resolución, se dio vía libre para chuzar los celulares de Morales. Los reportes indicaron que sus conversaciones giraban en torno a negocios con las obras llamadas Barracudas y El cóndor. Se enteraron del interés en presentarlas internacionalmente en DeRemate.com. Descubrieron que Ismael Morales se daba a conocer por comercializar obras de otros pintores renombrados, además de Obregón.

Los detectives siguieron estudiando los movimientos en el apartamento de Morales en Suba. Se mantuvieron cerca de él con la excusa de comprarle.

Finalmente, el 21 de junio de 2005 fue aprobado el allanamiento. Le cayeron a las cinco de la mañana y lo descubierto resultó ser el mayor contingente de arte falso en toda la historia de Colombia: 243 cuadros en total.

Enrollados debajo de la cama, en el baño, la alacena, el clóset, la sala, los detectives encontraron cuadros con firmas de Picasso, Caballero, Grau, Lemaitre, Tamayo, Giacometti, Morales, Botero y Guayasamín, lienzos y esculturas de Obregón, además de bocetos, papel mantequilla y un lienzo en blanco. Morales alegó de inmediato que las obras eran suyas y que habían sido adquiridas legalmente a lo largo de 45 años. Mostró documentos, certificados, firmas, compraventas: lo esperado.

Los detectives llevaron los cincuenta nuevos cuadros de Lobregón a Carmen María Jaramillo, experta en la obra de Obregón, para que los analizara. Ella concluyó que los trazos y el registro de las obras no correspondía con las realizadas en vida por el maestro. El color se había aplicado de manera “tímida, fragmentaria, en formas rígidas, duras, delineadas en lápiz rojo y con un pigmento muy diluido”; en cambio el trazo del maestro era firme y fluido, en su composición “superponía capas y capas de pintura, sus telas tenían un tejido grueso [preparadas para la conservación] y en la década mencionada, años cuarenta, solo pintaba con óleos, no con acrílicos, y apenas comenzaba a configurar su estilo, todavía no aparecían barracudas, búhos, toros, alcatraces o cóndores, y cuando pintó cóndores, siempre estaban posados en tierra o sobre una roca”.

 

***

 

La principal táctica de defensa durante las audiencias a las que fue citado Morales entre 2004 y 2011, luego del primer fallo, fue la dilatación del proceso. Su abogado se presentaba unas veces con afán, otra veces enfermo –usualmente era gastroenteritis–, y luego pedía comedida y gentilmente, llamando “doctor” al juez, que se aplazara la cita. Después de cinco aplazamientos consecutivos, el juez le señaló que ese tipo de conducta podía ser investigada por el Consejo Superior de la Judicatura.

Entonces el abogado cambió de estrategia. Comenzó a insistir en que él y su cliente ya habían “explicado hasta la saciedad la procedencia de las obras” y que dicha procedencia “se encontraba respaldada por hechos incontrovertibles”. También criticó la valoración hecha por Jaramillo, la perita en arte, y cada vez que veía oportunidad recordaba que ya existía “un pronunciamiento de fondo que conceptuaba que las obras incautadas eran originales”.

Duró en esa tónica hasta que Silvana Obregón encontró al notario que, supuestamente, había avalado los documentos de compraventa presentados por Morales, y ambos –abogado y cliente– empezaron a cobrar conciencia de que esa prueba pesaba terriblemente en su contra. Luego se comprobaría que en otro de los documentos de compraventa que presentó Morales también se habían falsificado las firmas y los sellos de una segunda notaría en Cartagena.

 

***

 

Omar Gordillo y su familia empezaron a notar un cambio. Muchas de las llamadas a su casa eran para decirle a él, a su esposa o a la contestadora: “Por sapo, por ayudar al hijueputa de Rodrigo Obregón... ¡Espere y verá!”.

Uno de los vigilantes de su cuadra le decía que a las seis de la mañana llegaba un señor, aguardaba bajo el árbol, tomaba fotos y anotaba cosas en una libreta.

En dos ocasiones, un carro rojo esperó frente al apartamento a que Gordillo saliera y luego, conservando la distancia, empezó a seguirlo. Gordillo trató de despistarlos dando tres vueltas en la primera glorieta. Igual, giraron con él. La primera vez logró perderlos al entrar al parqueadero de un centro comercial. En la segunda tuvo que acelerar a fondo y, metros antes de un CAI, frenar en seco. El chillido de las llantas asustó a los policías, pero Gordillo se bajó con las manos en alto pidiendo ayuda, mientras el otro auto siguió de largo.

Cuando Gordillo visitaba algunos cafetines de la

Plaza de Lourdes, le comentaban que se hablaba mal de él y le advertían que quienes lo hacían eran gente peligrosa.

El abogado Camilo Mercado no quiso arriesgarlo y lo inscribió en el Programa de Protección a Testigos. Toda la seguridad que le ofrecieron fue hacer dos rondas policiales al día por el frente de su casa, o la alternativa de una sigilosa salida de la ciudad. Gordillo prefirió mudarse.

 

***

 

Más o menos, cada tres meses se fijaba una nueva audiencia. Cada ocho meses aproximadamente, el proceso avanzaba y casi enseguida volvía al punto de partida. Entonces, sorpresivamente, los recibió un nuevo fiscal.

–El tipo –recuerda Rodrigo Obregón– no tenía ni idea de qué era un cuadro y qué era un zapato. Decía: “No sé quién tenga la razón, si ellos o ustedes”.

Además, el caso cambió de juzgado de conocimiento tres veces: del 49 pasó al 5 y después al 2. Por si fuera poco, el despacho del fiscal se mudó a la carrera 33 con calle 18 como parte de una iniciativa de descongestión en la Fiscalía y eso retrasó el proceso otros dos meses.

Para 2007, la mayoría de pruebas en contra de Morales ya habían sido recolectadas y formaban parte del caso. Al verse contra la pared, el tolimense suertudo empezó a cambiar de abogado. Cada nuevo litigante –fueron cinco en total– reciclaba la retahíla de que no conocía bien la situación de su cliente y que por lo tanto era indispensable solicitar un aplazamiento de la audiencia.

Al final, las únicas pruebas adicionales que logró reunir Morales fueron un par de constancias. La primera, firmada por un funcionario de aduana, aseguraba que las obras que le habían presentado aquel 8 de julio de 1994 eran las mismas que había visto y enviado a España por petición directa de Ramón Vinyes en 1979. La segunda, firmada por una empleada de servicio del “sabio catalán”, sostenía que ella había cuidado con insecticidas contra polillas, gorgojo y comején obras como Barracuda, Iguana, Plantas carnívoras, Águilas, Aguiluchos y otras de los comienzos del artista como Marina y El extraterrestre, y que, por más polémica que causaran porque no eran parte habitual de la temática del maestro, ella atestiguaba que eran los mismos originales que había limpiado por veinte años.

Estas pruebas fueron desvirtuadas cuando se presentó una biografía de Ramón Vinyes, fallecido en 1952.

 

***

 

Con todas las pruebas en su contra, Morales casi cumple la meta de la prescripción y solo el 3 de febrero de 2012, nueve años después de abierto el proceso, en el Juzgado Tercero Penal del Circuito de Descongestión se dictó el nuevo y segundo fallo que lo condenaba por defraudación a los derechos patrimoniales de autor con una pena principal de 24 meses de prisión y una multa de veinte salarios mínimos legales para el año 2005, es decir, 7.630.000 pesos.

Al dictaminar, el fiscal propuso quemar las obras frente a él, en la misma sala del Juzgado, pero no fue posible. Para su satisfacción se cortaron en tiras, se empacaron en bolsas, se llevaron hasta un lote y se quemaron. Hasta el último momento, algunos funcionarios se acercaban para preguntar si, entre las obras, no habría siquiera una verdadera.

Las cinco demandas interpuestas contra Rodrigo Obregón se cayeron una a una. Hasta la fecha, el tolimense suertudo –¿escurridizo?– no ha pagado la multa y mucho menos un día de cárcel.

 

 ***

 

Ya no hay DAS. Desde 2008, a los falsificadores los investiga el Grupo de Delitos contra el Patrimonio de la Dijín. Allí llegan las denuncias. Tres detectives se las distribuyen. Entre ellos, un representante de la oficina de prensa y un investigador de la Interpol me explicaron cómo se mueve ahora el negocio: ya no se encuentra un falsificador con muchas obras, ahora se exhiben catálogos de obras originales por internet; los compradores eligen cuál quieren, encargan, y la obra se vende.

Meses después, en la misma oficina de la Dijín, recordé lo que alguna vez me advirtió Rodrigo Obregón: “Los cuadros del tolimense suertudo podrían seguir circulando, estar en cualquier parte y, con algo de suerte, hasta tú mismo te los podrías encontrar”.

Justo el día que quería concluir mis entrevistas, uno de los investigadores del grupo me llevó hasta su escritorio, y en la esquina, reposando contra la pared, me señaló un objeto envuelto en tantas capas de vinipel que parecía una momia indescifrable.

—¿Qué es –pregunté.

–Un nuevo caso –me dijo–. Tenemos que averiguar quién tumbó a una señora que pagó 60.000 dólares por otro cuadro falso de Obregón. 

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