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El último samurái

Un perfil de Óscar Castro

Admiración y desconcierto causaba Óscar Castro en quienes lo conocían. ¿En qué consistía el magnetismo inquietante de este jugador de ajedrez, acusado de ser borracho y despilfarrarlo todo, incluso su excepcional talento?

 

El maestro internacional de ajedrez Óscar Castro murió el pasado 12 de abril en Medellín, a los 62 años de edad. Él hubiera querido pasar inadvertido, y casi lo logra. Pero los genios llaman la atención, aunque no quieran; y a veces justamente la llaman porque no quieren. Uso esa gastada palabra porque no encuentro otra y porque David Bronstein, uno de los más grandes genios del ajedrez del siglo xx, le dijo una vez a Castro: “Usted es un genio”; y porque Leontxo García, apenas se enteró de la muerte de Castro, escribió una nota en El País de España en la que dijo: “Era un genio que nunca quiso ejercer como tal”.

Castro aprendió a jugar tarde en comparación con la mayoría de ajedrecistas y con el estereotipo del niño prodigio. Él decía que se había enganchado al ajedrez a los trece años (“crecí y aprendí a jugar ajedrez entre prostitutas”.) La metáfora adicta es mucho más exacta en este caso de lo que se piensa: como hombre propenso a las propensiones, vivió y murió como un yonqui del ajedrez. Solo quienes han sentido ese llamado irrenunciable de las piezas en el tablero escaqueado pueden comprender cabalmente que alguien sea capaz de entregar ya no horas ni días sino décadas a descifrar las interconexiones y las posibilidades del juego. En pocas e imprecisas palabras: el ajedrez le truncó una carrera en las matemáticas que apenas había iniciado.

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Pablo Arango

Es profesor de filosofía en la Universidad de Caldas. Ha publicado los libros 'De la belleza y otros caprichos de conservador' (Universidad de Caldas, 2006) y 'Grandes borrachos colombianos. Vol .1' (Editorial Libros Malpensante, 2016)

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