Google+ El Malpensante

Artículo

Español, no castellano

A pesar de los intentos de la Real Academia por someter el idioma a una reglamentación estrecha y anquilosada, el español tiene la rara suerte de reinventarse simultáneamente en culturas muy diversas. A esa lengua viva y felizmente bastarda está dedicado este texto, preámbulo del Manual de escritura lanzado por Libros Malpensante en el pasado mes de agosto.

Ilustración de Eva Vázquez

 

El punto de partida de un manual de escritura es el idioma, en nuestro caso, el español. En España, la cuna de este maravilloso vehículo de expresión, existe una polémica sobre el nombre, pues algunos prefieren llamarlo castellano para no herir la susceptibilidad de las otras naciones y regiones de la península. Semejante polémica resulta absurda en América Latina. Lo que hablamos los 350 millones de personas que vivimos al sur del Río Bravo y al oeste de Brasil es español, no castellano, por la simple razón de que no fuimos colonizados mayoritariamente por castellanos –que sí abundaban entre los altos dignatarios de la Colonia–, sino por gentes de toda la península: andaluces, extremeños, canarios, asturianos, murcianos, toledanos, cántabros, navarros, incluso catalanes, vascos y gallegos hispanohablantes, y me quedo corto. Todos ellos nos dejaron sus virtudes y sus vicios, además de su idioma, que ya en el nuevo continente sufrió transformaciones importantes, aunque nunca radicales. En Argentina se habló lunfardo unas pocas décadas, y en tal cual reducto de esclavos cimarrones, digamos San Basilio de Palenque en la Costa Caribe colombiana, se llegó a usar un dialecto difícil de entender, pero ambos fenómenos tuvieron corta vida.

La Real Academia Española (RAE en adelante) es, como su nombre lo indica, una institución de raigambre monárquica y peninsular. Surgió por razones ideológicas que no podemos discutir aquí y, desde un principio, ancló su ideario en la profunda desconfianza que causaban en la Corona del siglo XVIII las formas de hablar y de escribir de la gente del común. Al referirse a ellos, los académicos los llamaban “el vulgo”, palabra de obvia connotación despectiva. Pasaron dos siglos y medio y subsistió, morigerada y matizada, esta desconfianza, la cual por décadas fue dirigida con particular énfasis a los latinoamericanos. Ya para los años cincuenta del siglo XX y tras algunas escaramuzas como la que enfrentó a Borges con Américo Castro, se decía que la supervisión académica del idioma era necesaria porque este se hallaba en peligro de desintegración. Pasó otro medio siglo y la unidad del español no aparece amenazada por ninguna parte, excepción hecha de Filipinas, donde la derrota de la Corona española en la guerra contra Estados Unidos condujo a un debilitamiento paulatino de la cultura en español. Al final, los hispanohablantes prácticamente desaparecieron del archipiélago por la fuerza mancomunada del tagalo y del inglés, las dos lenguas oficiales. También hay quien diga que la forma de hablar de los latinos de segunda y tercera generación en Estados Unidos implica una desintegración del español. La verdad, sin embargo, es que la mayoría de ellos habla spanglish, no español. Dado que con el tiempo el inglés ha disuelto en Estados Unidos el idioma de casi todos los inmigrantes, exceptuando algunos chinos e italianos, el spanglish puede interpretarse como una muestra de fortaleza, no de debilidad del español. Si en ningún país de América Latina pegaron las monarquías, no se entiende por qué deberíamos adoptar instituciones de origen monárquico.

Entrando ya en el habla concreta, el español, aparte de alguna palabra o giro que significa A en un país, B en otro y nada en un tercero, tiene una sorprendente unidad, de suerte que los neologismos y las incorrecciones son lo que los chinos llaman “un tigre de papel”, o sea, una amenaza falsa. Dos son los fenómenos que pueden destruir un idioma: un analfabetismo rampante, como el que siguió a la caída del Imperio romano y destruyó el latín en el sur de Europa durante la larga Edad Media; el segundo es el derrumbe de un régimen político, por el estilo del que sucedió en Filipinas.

Claro, si la unidad del español no está amenazada, tampoco es necesario atrincherarse para defenderla. Decía don Pedro Salinas en su ensayo “La responsabilidad del escritor” que “la lengua, como el hombre, de la que es preciosa parte, se puede y se debe gobernar”. A despecho de sus excelsas calidades poéticas, es necesario contradecir a don Pedro, porque pocos propondrían hoy que un idioma, cualquier idioma, sea gobernable. Muy al contrario, los idiomas, por su propia naturaleza multitudinaria y desbordada, son desobedientes. Muchísimas veces las “autoridades” autoerigidas de un idioma proponen una regla que les parece útil y sensata, y la regla no se sostiene, al tiempo que prospera la excepción. En este manual citaremos varios intentos fallidos que resultan instructivos. Por lo demás, el lema de la RAE, “Limpia, fija y da esplendor”, suena bien en el papel hasta que uno entiende que es imposible limpiar y fijar una lengua y que a veces lo que le da esplendor es lo cotidiano o lo vulgar.

Tomará todavía años, pero el criterio central que otorga o niega la carta de nacionalidad a una palabra en cualquier idioma es que la aprueben los hablantes, no una junta de notables. La filología contemporánea considera justamente que el uso en sus distintas vertientes –culto, especializado o popular– es la principal norma lingüística que existe, lo que no significa que cada cual no sea libre de seguir las normas, académicas o no, que prefiera. Dicho de otro modo, estimado lector, nada impide que usted opte por un enfoque purista en materia de idioma si es el que le llena el corazón. En cuanto a nosotros, nos interesa señalar aquí que un idioma se enriquece a medida que quienes lo hablan se educan y adquieren experiencias diversas. Por definición, un profesor de posgrado hablará un idioma más rico y variado que quien no terminó el bachillerato. Ambos, sin embargo, podrán entenderse sin ningún problema en español y lo enriquecerán.

El español tiene de particular que las naciones en las que se habla como lengua nativa están dispersas. México alberga la mayor comunidad, seguido en su orden por Colombia, España y Argentina. Por cuenta de esta dispersión, el nombre del fastidio que se siente al día siguiente de beber en exceso será resaca en algunas partes, guayabo, cruda, caña, ratón, goma o chuchaqui en otras. Un fenómeno análogo se repite para multitud de palabras. ¿Conduce esto a la incomunicación? En lo más mínimo. Averiguadas las definiciones locales de aquellas palabras y expresiones que cambian de sentido apenas uno cruza la frontera o que se usan en un determinado país o región y en otros no, y acostumbrado el oído al amplísimo abanico de acentos locales, un hispanohablante se hará entender de otro sin más inconveniente que tal cual confusión divertida.

Las dispersiones de sentido que fueron surgiendo en el siglo y medio de aislamiento relativo en que vivieron España y América Latina después de las guerras de Independencia empezaron a ser disueltas por los libros, primero, y por la radio, el cine y la televisión, después. Estos cuatro medios de comunicación viajaban de país en país instruyendo a millones de lectores, radioescuchas, espectadores y televidentes. Ahora se sumaron internet y sus sucedáneos, por lo que es raro que un suramericano no entienda a qué se refieren dos mexicanos cuando platican, en vez de hablar, que no sepa que una recámara en México es lo que en otras partes se conoce como una alcoba y que una chamaca es lo mismo que una niña o una muchacha.

El diccionario más famoso del inglés americano es el Merriam-Webster, cuya versión completa agrega al título una palabra importante: se llama Third New International Dictionary. Aquí sobre todo nos concierne eso de “internacional”, pues el español, al igual que el inglés, es un idioma internacional, como no lo son, digamos, el italiano o el catalán. El español, en realidad, es uno de los idiomas más internacionales (o menos nacionales) que existen. Esta dispersión tiene implicaciones fundamentales que influirán en lo que discutiremos aquí. Aclaremos de entrada que la internacionalidad de nuestro idioma es una de sus características más envidiables –ya querrían contar con algo parecido los italianos o los catalanes– y que por cada problema menor que causa la proliferación de nacionalidades de los hispanohablantes, surgen diez beneficios en términos de riqueza y variedad.

Aprendamos, entonces, a usar el español de manera eficaz en sus múltiples vertientes, en vez de pretender gobernarlo a las malas. Por algo decía en su momento don Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), uno de los más lúcidos filólogos que ha dado España, que la pureza de una lengua debía de llamarse pobreza.

 

EL PURISMO O LA HIPERCORRECCIÓN

 

“Para mí, el mejor idioma no es el más puro,

sino el más vivo. Es decir, el más impuro”.

Gabriel García Márquez

 

“Qué tristeza, qué miseria, cuando la mayor virtud

a que se aspira es la corrección gramatical”.

Jorge Luis Borges

 

Un idioma es tan hospitalario como la gente que lo habla. ¿Somos xenófobos los hispanoparlantes? Claro que no. ¿Entonces por qué la fobia a las palabras nuevas, importadas, robadas o traídas de contrabando? Tal vez sea la vieja actitud numantina de aquellos protoespañoles que prefirieron incendiar su ciudad antes que entregarla a los romanos. Pero venga de donde venga, la personalidad del español peninsular y su particular historia internacional han dado lugar a un subproducto ya esbozado atrás: el purismo o la hipercorrección. Puristas hay en todos los idiomas y están en su derecho de utilizar y defender un enfoque restrictivo, como también decíamos. Para nosotros, sin embargo, el idioma hipercorrecto no conduce a una escritura sápida y expresiva. Hay excepciones, quizá la más significativa de las cuales sea Fernando Vallejo, quien opina que la RAE es un organismo sin espina dorsal que ha dejado colar cualquier cantidad de expresiones espurias al idioma. En contraste con él, otros pensamos que la así llamada escritura correcta constituye un lastre. Por cuenta de lo que, según los académicos, está mal o bien dicho, gran cantidad de gente ha llegado a odiar el idioma. ¿Por qué? Porque los que se saben las reglas que modera, corrige y hasta olvida la RAE con frecuencia suelen ir por el mundo exhibiendo una superioridad moral, detrás de la cual hay un complejo de inferioridad que más o menos dice: pobres nosotros, pobre español, miren cómo nos asedian, miren cómo nos vapulean, cómo nos transforman, cómo nos enriquecen estos forasteros ignaros.

Igual no nos vamos a querellar contra quien adopta una normativa discreta. De ahí que a lo largo del libro señalemos algunas reglas que siguen los puristas, aclarando que no son las que seguimos nosotros. El lector hará bien en detectar el uso contemporáneo por la vía de la lectura. Cuando una palabra ingresa al idioma, lo normal es que halle su lugar en alguna vertiente. Podrá asentarse en el uso vulgar, en el culto o en el especializado. Muchas palabras llegan para quedarse; otras solo están de vacaciones.

La gramática y la sintaxis son convenciones recogidas con paciencia tras analizar el uso de los idiomas. Ambas tienen la aspiración plausible de establecer un acuerdo de comprensión entre hablantes, lectores y escritores. Estos acuerdos son cambiantes, flexibles, caprichosos y exigentes a la vez. Como usuario del idioma que los gramáticos sistematizan, el prosista básico sacará provecho si va adquiriendo nociones sólidas en ambas disciplinas, aunque conviene insistir en que es contraproducente obsesionarse con la corrección. No sabemos que hayan fusilado a nadie por el uso de un que galicado. El problema con el enfoque del gramático típico es que se parece al del forense, cuando no al del taxidermista. Examina el texto como un cadáver, en tanto a otros nos interesa saber por qué está vivo, no de qué murió.

Quizá sirva de consuelo que ha habido grandes escritores que incurren en el pecado de la impureza. Por ejemplo, la prosa del peruano Julio Ramón Ribeyro, quien vivió la mayor parte de su vida adulta en Francia, introduce frecuentes galicismos que tienen incluso un efecto vivificador. A ningún editor sensato se le ha ocurrido corregirlos. En síntesis, este manual es partidario de un enfoque liberal. Cuando sea necesario matizar, pondremos algún comentario sobre el uso purista versus el uso tolerante. Se utilizarán las palabras incorrecto o error solo cuando no exista mayor discusión sobre lo equivocado de un uso. De resto, acudiremos a deficiente o inconveniente versus mejor o preferible, o expresiones análogas, en aquellas materias que no dependen de la gramática sino de nuestro propósito expreso: el sabor, la diversión y la libertad de la escritura.

Más adelante discutimos algunos de estos temas de forma extensa.

Ilustración de Eva Vázquez

 

LA CORRECCIÓN POLÍTICA

 

Este manual tampoco propicia la corrección política, un fenómeno que se encuentra en las antípodas de la hipercorrección, pues quiere acelerar el cambio lingüístico, en vez de frenarlo.

Un idioma es el precipitado de su larga historia y dista mucho de ser un producto inocente o neutro. Por el contrario, contiene tanto la sabiduría y la poesía, como los prejuicios y la estupidez que sus hablantes le han ido inyectando con el tiempo. La renovación de los idiomas es lenta, así a veces uno se sorprenda con giros que ayer nada más no oía. Un idioma, en síntesis, muestra en la epidermis una larga colección de heridas a medio cicatrizar.

Pues bien, 5.000 años de predominio masculino en el poder político y familiar de los pueblos que fueron forjando lo que después sería el español se reflejan en la forma de hablar contemporánea de una manera que para la corrección política es sexista y discriminatoria. Una frase muy popular quizá ilustre estos prejuicios. Cuando uno se ve enfrentado a una alternativa poco apetitosa, se dice que le tocó bailar con la más fea, obvia evocación de un escenario machista. El habla discrimina también a las minorías, porque al menos en los países latinos de Occidente no mandaron los hombres machistas per se, sino los hombres machistas, blancos, cristianos y a veces enemigos de la democracia y de los defectos físicos.

El Diccionario del uso del español de María Moliner define cafre y apache de la siguiente manera:

 

cafre

1. adj. y n. Se aplica a los habitantes de una región del sudeste de África, de color cobrizo.

2. Bárbaro y brutal en el más alto grado. 5. Salvaje.

 

apache

1. adj. y n. Se aplica a ciertos indios que habitaban en Nuevo México, Arizona y norte de México, y a sus cosas.

2. m. Nombre aplicado a los ladrones y gentes de mal vivir de los bajos fondos de París, que cometían particularmente agresiones nocturnas.

 

Poco le importaba al hablante de hace cuarenta años que al equiparar a un apache con un bandido estuviera agregando sal a las heridas del aguerrido pueblo aborigen comandado por el legendario Jerónimo hasta que la conquista del Oeste lo diezmó.

El sustantivo negro aplicado a una persona era descriptivo hasta hace poco en español y no tenía el sentido peyorativo que tiene, por ejemplo, en inglés. Designaba apenas al individuo con ese color de piel. En cambio, negro como adjetivo sí tiene los matices denigrantes derivados de la noción ancestral que asocia lo oscuro, lo turbio y lo tenebroso con lo malo, mientras que blanco, brillante, transparente y claro son matices de bondad. Al comercio ilegal se le dice mercado negro, una persona mala es la oveja negra de la familia, la magia maligna es la magia negra, una lista de proscritos es una lista negra, una merienda de negros era otra forma de decir caos, la raíz etimológica de denigrar significa “manchar de negro” y trabajar como un negro es trabajar muy duro.

Veamos la definición que da doña María Moliner de género gramatical:

 

Accidente gramatical por el que los nombres, adjetivos, artículos y pronombres pueden ser masculinos, femeninos o (solo los artículos y pronombres) neutros.

 

Ahí la palabra clave es accidente, es decir, algo que no representa la esencia o la naturaleza de las cosas.

Por eso, por accidente, no existe la correspondencia entre el género y el sexo en muchas palabras. Arriba mencionábamos el sustantivo familia, femenino, pese a que en Occidente ha predominado la familia patriarcal. Hermafrodita es un sustantivo masculino, que termina en a y se refiere a una criatura de doble sexo. En español se dice la leche (aunque su más famoso derivado se llama el queso), pero en francés, un idioma de morfología parecida al español, se dice le lait, sustantivo masculino, sin que el género de la palabra tenga relación alguna con el origen glandular del líquido. Y vaya que es divertido saber que la poesía romántica en español se montó sobre el hecho de que Luna es un sustantivo femenino, mientras que en alemán Mond es masculino. La de dolores de cabeza que deben haber padecido los traductores al alemán para lograr una versión de la frase “señora Luna”.

El sexo tampoco tiene nada que ver con el nombre que se les da a muchas especies de animales. Así, la culebra, la pantera, la lechuza, la abeja, la paloma, la golondrina, la jirafa, la ballena, la mosca, la rana, la araña, la rata, son sustantivos femeninos, pero hay también el pingüino, el buitre, el leopardo, el rinoceronte, el hipopótamo, el elefante, el murciélago, sustantivos masculinos. Si la idea es diferenciar al animal individual por el sexo, será necesario agregar macho o hembra, según sea el caso: “la pantera macho” o “el leopardo hembra”. Solo es común usar palabras distintas para los dos sexos en los animales domésticos, dada la familiaridad que tenemos con ellos: el perro/la perra, el caballo/la yegua, el toro/la vaca, el loro/la lora, el carnero/la oveja. En los animales salvajes la correspondencia entre el género y el sexo es más rara: el león/la leona, el tigre/la tigresa y quizás uno oirá decir por ahí la elefanta.

Para la corrección política los inconvenientes citados arriba se solucionan jubilando las palabras contenciosas. Según este ideario, no conviene usar el sustantivo ni el adjetivo negro para referirse a una persona. Proponen que digamos afroamericano o afro, sin importar que la persona en cuestión tenga, aparte de la piel negra o apenas morena, ancestros en los cinco continentes, no solo en África. La corrección política asimismo nos sugiere evitar palabras de sólida raigambre española, como enano, tullido, lisiado, ciego, sordo, tartamudo o gordo. Usted, de usarlas, lo hará por su cuenta y riesgo. La corrección política prefiere que se hable de corto de estatura, discapacitado, invidente, no oyente, disléxico o subido de peso, cuando no propone frases hilarantes como verticalmente retado para decir enano o disminuido en sus capacidades motrices para decir lisiado. Los eufemismos no se inventaron ayer –la frase corto de entendederas tiene más de un siglo–; lo que sí es reciente es la obligatoriedad de su uso.

En cuanto al sexismo del idioma, nuestras cruzadas de último hervor proponen tres soluciones. Una es la generalización de los sustantivos femeninos donde antes no se usaban. Ahora hay presidentas, juezas, fiscalas, concejalas, parientas y un larguísimo etcétera. Estos usos son razonables, aunque en algunos casos el hablante incurra en cacofonías, como miembra, pilota, cancillera, individua, lideresa o pacienta. Hay debate sobre la pertinencia de seguir usando algún viejo sustantivo de aire cursi que cambiaba según se tratara de un hombre o una mujer: ser poetisa sigue siendo menos atractivo que ser poeta, y ser sacerdotisa, menos serio que ser sacerdote. Sin embargo, nadie diría reya por decir reina, ni príncipa por decir princesa, ni abada por decir abadesa. La segunda idea para contrarrestar el sexismo es mencionar ambos sexos al referirse a cualquier genérico. Así, no se dirá “los estudiantes se sublevaron”, sino “las estudiantas y los estudiantes se sublevaron”. La tercera idea es recurrir a una forma de acción afirmativa o de discriminación positiva consistente en usar los pronombres femeninos a manera de genéricos, alternándolos con los masculinos que solían ocupar ese lugar.

Pongamos un ejemplo:

 

Versión corriente

No es este un libro de fácil comprensión. Se recomienda a los lectores prepararse a cabalidad para navegar por sus laberintos.

 

Versión políticamente correcta

No es este un libro de fácil comprensión. Se recomienda a las lectoras prepararse a cabalidad para navegar por sus laberintos.

 

Yo no veo qué se gana con hablar de las lectoras en vez de los lectores en el segundo ejemplo, pero si a usted estos usos le generan satisfacción o le dan una sensación de justicia histórica, no habrá problemas y será comprendida con facilidad.

En cualquier caso, mucha gente ya no acepta el uso del genérico hombre, de suerte que una frase tan venerable como los derechos del hombre hoy tiende a convertirse en los derechos humanos. Menos aún puede hablarse de trata de blancas; ahora se dice trata de personas, perdiéndose por el camino la noción de que las personas traficadas suelen ser mujeres pertenecientes, eso sí, a todas las razas.

Dado que los idiomas son reacios a estos tratamientos con purgantes, la cura a veces resulta peor que la enfermedad. Nadie que no tenga oído de cañonero (¿hubo muchas cañoneras?) dejará de entender que la proliferación de giros como las amigas y los amigos, las abogadas y los abogados, las jugadoras y los jugadores, tiene un efecto disolvente sobre el ritmo de la escritura. Además, ¿qué impide que detrás de la corrección política venga el insulto? Uno podría escribir, por ejemplo:

 

Las abogadas y los abogados son todas y todos unas hamponas y unos hampones.

 

o

 

Todas las jugadoras y todos los jugadores son promiscuas y promiscuos.

 

La redacción será farragosa, pero el prejuicio no quedará menos en evidencia. Es todavía peor evitar la multiplicación de los géneros cambiando las vocales a y o por el signo arroba @, que en su origen nada tiene de epiceno. El resultado es espantoso. Cuando usted lea un mensaje como...

 

L@s polític@s están tan desprestigiad@s que solo l@s ilus@s o l@s loc@s votan por ell@s...

 

...salga corriendo.

No sugerimos un regreso pleno al lenguaje de antaño. La palabra señorita, pese a ser eufónica, ya no se debe usar para designar a las mujeres en general y, menos, a las que no están casadas, sobre todo ahora que las uniones conyugales se han vuelto tan variadas. Queda el doña, que suena feo pero que no parece tener sustituto, a menos que sea el muy serio señora, que en la actualidad designa a cualquier mujer mayor de edad sin distingo de estatus marital.

Aunque no recomendamos la corrección política, entendemos que hay gente que prefiere incurrir en ella. Si usted pertenece a este grupo, nadie le va a quitar la idea de la cabeza y pocos, quizá algún humorista del otro lado, se la van a sacar en cara. Sintetizando, para nosotros lo ideal es que cada persona calibre su tolerancia al fenómeno de la corrección política y proceda a hablar y escribir según le plazca, con la obvia advertencia de que si se arriesga más allá de ciertos límites, podrían lloverle rayos y centellas.

 

LA ÉTICA DE LA ESCRITURA

 

La tecnología ha vuelto cada vez más fácil copiar y pegar textos (copy & paste), ya sea de un material escrito por uno mismo y guardado en el pasado o escrito por otros. Es esencial recordar aquí que en esos casos existe la obligación de dar crédito a quien lo merece. No porque las cosas anden sueltas en internet o estén escritas en idiomas raros dejan de tener dueño. Son de rigor las comillas cuando se copia algo y es obligatorio reconocer explícitamente cuando se usa una idea o un desarrollo de otra persona. Suprimir las comillas de donde deben estar es, además de una grave indelicadeza, una tontería, pues vale tanto la persona que sabe investigar y rescatar ideas o formulaciones ajenas, como quien descubre el agua tibia sin a veces percatarse de que corre el riesgo de quemarse con ella.

Si uno está seguro de haber variado en forma sustancial la idea original, tiene derecho a reclamarse autor de esos cambios. Igual, y para no tomar riesgos, no sobra explicar el origen de lo que está modificando. Atrás hablábamos de buenos hábitos de escritura. Pues bien, el recurso a una ética estricta en materia de derechos de autor es uno de los principales.

Página 1 de 2

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

Septiembre 2015
Edición No.167

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores