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Literatura

Los poetas heterónimos de José Emilio Pacheco

Al igual que Pessoa, Machado y Montejo, el poeta mexicano albergaba dentro de sí a múltiples autores. El descubrimiento de un libro sobre herejes y heterodoxos ayuda a trazar la genealogía de esos álter egos.  

© Cortesía del Diario El País de Madrid

 

“¿Pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más de un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más que uno”. La frase es de don Antonio Machado o, con mayor precisión, de Juan de Mairena. El mismo Machado, según las cuentas de Alvar, tuvo diecisiete heterónimos, cada uno con su cara, su oficio y su cuna. Mairena, el más conocido, era profesor y había inventado una máquina de cantar; esto último no es exacto aunque el mismo Machado lo dijera alguna vez, pues más adelante se corrige y precisa que la máquina de cantar la inventó Jorge Meneses y aclara que “Mairena había imaginado un poeta, el cual, a su vez, había inventado un aparato, cuyas coplas eran las que daba a la estampa”. En otras palabras, Machado tiene un heterónimo llamado Mairena, que tiene un heterónimo llamado Meneses, que inventa una máquina que es la verdadera autora de coplas como esa de

 

Dijo Dios: brote la nada.
Y alzó la mano derecha,
hasta ocultar su mirada.
Y quedó la nada hecha.

 

En México, son varios los casos de individuos que alojan a varios poetas, como el Mardonio Sinta de Francisco Hernández o el Aníbal Egea de Vicente Quirarte. En Venezuela existió un Eugenio Hernández Álvarez, valenciano, cuyo nombre fue devorado por otro “yo” que se apoderó de su identidad y la cambió por la de Eugenio Montejo. Y este Montejo, el gran poeta venezolano, compartía su pellejo con Blas Coll, “un viejo tipógrafo de aspecto menudo y algo estrafalario” que vivió en Puerto Malo a principios del siglo xx. Poeta, filósofo, monje, Coll definía la contemplación como “el abandono de las imágenes lingüísticas por las más inmediatas de las cosas en sí mismas”. Además de haber escrito un catecismo en clave Morse, Coll dejó algunos discípulos que produjeron sus versos. Entre ellos se cuentan Tomás Linden, que escribía sonetos teniendo en la cabeza dieciocho vocales; Jorge Silvestre, de quien se sabe poco; y están Lino Cervantes y Eduardo Polo.

Pasando de Venezuela a Colombia, en un breve sumario de poetas con sosias tiene lugar especial León de Greiff. Alguna vez traté de contar los poetas que inventó León de Greiff y, de tantos, no pude precisar una cifra que ronda los cien. Para él, esta diversidad de dobles es algo natural: “Pluralidad –entonces– ya no tan ficticia ni nada facticia, que es pluralidad natural y no invención ni artilugio ni artificio recursivos”. En otra León de Greiff se refiere a “la permanente pancaótica pluralidad mucho más que ficticia, la insólita Unidad Solitaria”.

Llegando, por fin, a José Emilio Pacheco, su desaparición, además de dejar un vacío entre quienes lo queremos y de la imposibilidad de añadir poemas a su obra, clásica de nuestro tiempo, también nos privó de otros poetas que vivieron en su pellejo. De la información del Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias, de María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo, publicado por la UNAM en el año 2000, se puede hacer una enumeración de los nombres e iniciales con que firmó textos a lo largo de su vida. Un primer grupo incluye seudónimos e iniciales que usó en su prosa. Ellos son Carlos Núñez Arenas, Miguel G. Cansino, Pedro Durán Gil, JEP, J.E.P., Ricardo Ledezma, R.L.C. y Pedro Damián. Pero los que me interesan son los que, además de aparecer como autores de poemas escritos por la mano de José Emilio, tienen una biografía. Los dos principales son Julián Hernández y Fernando Tejeda (o Tejada), que aparecen en No me preguntes cómo pasa el tiempo y están recogidos en las diferentes ediciones de Tarde o temprano en una sección que, vuelvo al principio, alude a don Antonio Machado y a su Cancionero apócrifo. También en diferentes circunstancias aparecen Juan Pérez Pineda, Daniel López Laguna y Pedro Núñez.

Estos cinco heterónimos poetas, los dos principales, Hernández y Tejeda, y los otros tres, Pérez Pineda, López Laguna y Pedro Núñez, tienen un denominador común que no he visto citado y que descubrí por casualidad. El primer indicio surgió cuando averigüé por Julián Hernández y en los buscadores de la red me apareció un cajista de tipografía del siglo XVI conocido como traficante de traducciones del Nuevo Testamento. En aquella época, ese trabajo merecía las atenciones que con tanto esmero solía procurar la Santa Inquisición de Sevilla, según lo cuenta don Marcelino Menéndez y Pelayo en esa singular (y, a su modo, entretenida gracias a un involuntario humor negro) Historia de los heterodoxos españoles.

Julián Hernández fue “un singular personaje, el más activo de todos los reformadores, hombre de clase y condición humilde, pero de una terquedad y fanatismo a toda prueba, de un valor personal que rayaba en temeridad y de una sutileza de ingenio y fecundidad de recursos que verdaderamente pasman y maravillan”. Tanto que, Julianillo (así lo llamaban por su baja estatura) resistió durante tres años los interrogatorios y torturas del Tribunal hasta llegar a la hoguera con tanto convencimiento de sus razones que “fue al suplicio con mordaza y él mismo se colocó los haces de leña sobre la cabeza”, según cuenta don Marcelino.

Hasta aquí, parecería una mera coincidencia entre el nombre de este apóstol de las traducciones de la Biblia y el del poeta inventado por José Emilio Pacheco. Pero de pronto saltó a mis ojos el nombre del traductor del Nuevo Testamento que vendía Julianillo. Se llamaba Juan Pérez de Pineda, según cuenta don Marcelino. El mismo nombre de otro de los sosias que el diccionario de seudónimos de la UNAM le atribuye a Pacheco, Juan Pérez Pineda.

Dice don Marcelino que Juan Pérez de Pineda fue rector del Colegio de la Doctrina de Sevilla y que alcanzó a huir de allí cuando se desató la persecución del Tribunal de la Inquisición a más de 800 habitantes de Sevilla por motivo de las prohibidas traducciones al castellano que circulaban gracias a la valentía y el ingenio comercial de Julián Hernández. Pérez se instaló en Ginebra. Menéndez y Pelayo juzga que la traducción de los Salmos debida a Pérez de Pineda “es hermosa como lengua; no la hay mejor de los Salmos en prosa castellana. Ni muy libre ni muy rastrera, sin afectaciones de hebraísmo ni locuciones exóticas, más bien literal que parafrástica, pero libre de supersticioso rabinismo, está escrita en lenguaje puro, correcto, claro y de gran lozanía y hermosura”. Añade don Marcelino que Pérez murió en París, muy viejo, y que dejó toda su fortuna destinada a imprimir una Biblia en español.

Después de descubrir que tanto Julián Hernández como Juan Pérez Pineda son protagonistas de la Historia de los heterodoxos españoles, lo que siguió fue la búsqueda sistemática de los demás nombres heterónimos de Pacheco. Todos lo cinco poetas estaban allí. Daniel López Laguna, por ejemplo, nació en Portugal (1653) y es reconocido como uno de los más importantes poetas sefardíes del siglo XVII. Estando en España fue detenido por la Inquisición y logró huir. Se instaló en Jamaica y luego en Inglaterra donde dedicó 23 años de su vida a la traducción del libro de los Salmos, traducción muy elogiada por sus correligionarios pero considerada con desprecio por don Marcelino, que dice de la versión del salmo 88: “...semejantes coplas de fandango están pidiendo una guitarra y la puerta de una taberna. ¡Pobre David!”.

Pedro Núñez Vela, nacido en Ávila en el siglo XVI, luterano militante, huyó de su tierra y se instaló en Lausana, donde fue profesor de filología clásica. Por último, está Fernando Tejeda, una de las figuras principales del protestantismo español del siglo XVII, que era de familia rica y fue agustino en un convento burgalés. En 1620 se fugó del convento hacia Inglaterra, donde se casó y tuvo dos hijas, Marta y María. Fue bien acogido por la corte inglesa y añadió un doctorado de Oxford al que traía de Salamanca.

Se puede concluir, pues, que los cinco poetas heterónimos de José Emilio Pacheco tomaron sus nombres de la Historia de los heterodoxos españoles. Entre las fuentes consultadas no he encontrado a nadie que lo presente de esta manera, a pesar de que el mismo Pacheco dejó una pista, según lo cuenta el Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias: esto ocurrió en octubre-noviembre de 1966, en la revista Diálogos, donde juntó a los cinco en un texto titulado Historia y antología de los heterodoxos mexicanos. Claro que es una de esas pistas que nadie usó para buscar sus raíces comunes, pero que me sirve ahora como confirmación de mi enunciado: todos los nombres proceden del libro de Marcelino Menéndez y Pelayo. Dice Pacheco, además, que “los llamo heterodoxos porque de algún modo escribieron en las catacumbas, contra las fugaces normas, escuelas, atmósferas, gustos de la época... sus obras son, cómo negarlo, ‘distintas formas del fracaso’ ”.

Naturalmente, Pacheco mexicaniza sus heterodoxos con las biografías que les inventa. Pedro Núñez era un “envidioso de Díaz Mirón”. Juan Pérez Pineda era “profesor de lógica, geografía e historia de México... y tuvo una facilidad para la versificación que dañó seriamente su impulso lírico”. Daniel López Laguna era un modernista menor “muy influido por Barba-Jacob”. Curioso: un poeta inventado por Pacheco con nombre de heterodoxo español resulta amigo de un modernista colombiano que nació con el nombre de Miguel Ángel Osorio y murió con el de otro personaje de la Historia de los heterodoxos españoles, Jacobo Barba, que pasaba por ser “igual a Jesucristo”.

Del quinteto de heterodoxos perviven dos incorporados a la poesía reunida de Pacheco. Comenta Juan Gustavo Cobo que estos dos sobrevivientes “dibu­jan con humor, con sar­casmo, con fas­tidio, el espa­cio de la come­dia literaria”, y hace una lista de sus temas: “...la lucha gen­era­cional, la defen­es­tración de las momias sagradas, el vir­u­lento odio del joven de provin­cia con­tra esas aparentes glo­rias capi­tali­nas, la risita o el sar­casmo de los bar­dos impa­cientes con­tra los bueyes fati­ga­dos que les obstruyen el paso”.

Uno de estos poetas es Fernando Tejeda, nacido en Tulancingo, Hidalgo, en 1932. Residente en Ciudad de México desde niño, médico especialista en circulación cerebral, sus poemas, dice Pacheco, permiten verlo como “un continuador de Julián Hernández, a quien seguramente nunca leyó”. Murió en Italia en 1959.

El otro es Julián Hernández, nacido en Saltillo, Coahuila, en 1893. Llegó a ser coronel a órdenes de Álvaro Obregón y estudió derecho. Cito a Pacheco: “…cónsul en Londres (1929), fue separado del cargo por su dipsomanía. Su mal carácter lo enemistó con todos los grupos y generaciones literarias”. Publicó muchos libros de derecho y de política. Traductor, autor de dos libros de poemas –según Pacheco, fue retratado por Jusep Torres Campalans, un artista imaginado por Max Aub–. Termino citando un brevísimo poema de Hernández que dice:

 

Arte poética II  

Escribe lo que quieras.
Di lo que se te antoje:
de todas formas vas a ser condenado.

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Darío Jaramillo Agudelo

Poeta, novelista y ensayista. Se desempeñó como subgerente cultural del Banco de la República, dirigió el Boletín Cultural y Bibliográfico y es miembro de los consejos de redacción de la revista Golpe de Dados. Invitado Festival Malpensante en el 2009. Ganador del premio Nacional de poesía en 2017

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