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Tribulaciones estrábicas del tuerto

Un viajero recorre las calles de Cartagena con un particular itinerario. La ciudad que se revela al seguir los pasos de Luis Carlos “el Tuerto” López reúne las huellas históricas, la esencia caribe, el paisaje y los contrastes latentes en los versos de uno de sus poetas más característicos.

Ilustración de David Navia

 

Luis López no era tuerto, sino estrábico. Donde la posteridad colocó una ausencia, una órbita oscura, solo había una desviación y su consecuencia. Desde la Plaza Bolívar en el centro de Cartagena, Federico Herrera organiza a lo largo del casco histórico expediciones para turistas, y comenta la obra de López, el icónico poeta cartagenero, con más pronunciado interés que el que suele dedicar al resto de los asuntos.

Herrera, especie de historiador ambulante, y autor de un libro didáctico sobre los mitos y leyendas de Cartagena, interrumpe su partida de ajedrez de la tarde –tal vez una siciliana o un gambito de dama–, y me sugiere la posible ruta a seguir dentro de un vasto repertorio burlesco desperdigado por las calles, pequeño ejército de endecasílabos tallados en placas de piedras, con el cual, a falta de la mirada recta y el tono severo de los muertos, Luis Carlos López custodia la ciudad. Sus sonetos, sin embargo, se moverán dentro de la piedra. Cuando las musas de la lírica excelsa se distraigan, cada estrofa aprovechará, se relamerá los dientes, se hurgará en la nariz y te sacará la lengua.

Con gesto gracioso, alambicado, y la estatua ecuestre de Bolívar a sus espaldas, el señor Herrera toma aire y dice: “Por todas partes hay poemas de prístina originalidad”. Pero su encorsetamiento resulta inofensivo, no clasifica como político aspirante a alcaldía ni como cantor desgarrado por la luna, sino como anticuado juglar. López nunca lo hubiera rociado con su mordacidad bisoja.

En la calle Lozano, encima de un puesto de baratijas y espejuelos oscuros, se puede leer aquel verso que recuerda la incómoda herencia donada por la Conquista: “...del divino progreso, ese progreso / que le trajo a los indios cimarrones, / con la espada y la cruz, el gonococo…”. López nos revela un hallazgo poético hasta ahora ignorado: que la gonorrea es también una consecuencia histórica. Detalle que ilustra lo que representó dentro del movimiento literario hispanoamericano. Aséptico humor, saludable parodia que vino a despegar el sarro impregnado en los exteriores del modernismo. Fue el cartagenero esa nota hilarante, el descompresor necesario que debiera suceder a cualquier canon. Todo Góngora tiene su Quevedo. Todo L...

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Carlos Manuel Álvarez

Es columnista de OnCuba. En 2013, publicó el libro de relatos "La tarde de los sucesos definitivos". En 2014, fue finalista del Premio de Crónica Nuevas Plumas.

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