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Música

Flores para Chopin

Juan Carlos Garay entrevista a Teresita Gómez

Una de las pianistas más destacadas del país ha enfrentado desde su infancia, a través de la música, las más diversas formas de la adversidad. Bach, Chopin, Oriol Rangel y Adolfo Mejía la han acompañado en ese largo camino de afirmación, éxito y convergencia entre la música europea y la colombiana.

 © Fotografía de Daniel Maissan

 

Para los coleccionistas de discos, las grabaciones de Teresita Gómez se han convertido en la mejor manera de conocer la música para piano de compositores colombianos influidos por el clasicismo y, sobre todo, por el romanticismo. Hay antecedentes, claro, entre ellos un disco de larga duración del sello Sonolux en el que Oriol Rangel interpreta una selección de piezas de Luis A. Calvo. Pero en los discos de Teresita se nota un especial esmero en la combinación de las obras, y una calidez en la interpretación que incluso supera ejercicios posteriores de otros pianistas.

Resulta atrayente saber que fue pionera en el ejercicio de llevar esas obras tan íntimamente nuestras a las salas de concierto. Durante el tiempo que pasó en Europa, decidió dividir sus recitales en mitades equilibradas: la primera parte estaba dedicada a Chopin, Mozart, Beethoven; la segunda a Luis A. Calvo, Adolfo Mejía, Pedro Morales Pino. De esa manera, me cuenta, le ofrecía novedad al público europeo y credibilidad al colombiano.

Así ha trazado una vida franqueando barreras musicales. También, de paso, están las barreras raciales y sociales que aparecen de manera transversal en esta conversación. Y sobre todo la certeza de encontrarse frente a un personaje único, rodeado de contrastes, con una existencia que va de lo idílico a lo dramático. Cosa que sin duda inspira su manera de tocar. Una vieja columna de Otto de Greiff la describe como intérprete “certera”. Su coterráneo Juancho Valencia, pianista del grupo Puerto Candelaria, se expresa con más profusión: “Teresita se ha convertido en una representante de la rebeldía con peso en esta sociedad. La fuerza, el volumen que tiene como intérprete, son increíbles para su tamaño. Si ella lo puede hacer con sus manitas, no hay limitación corporal”.

 

El relato más temprano que se cuenta de ti es el de una niña que creció entre los salones del Instituto de Bellas Artes, casi desconectada del mundo exterior. ¿No se parece un poco a un cuento de hadas?

Se ha distorsionado mucho la historia pero la verdad es que, con ocho días de nacida, me dieron en adopción. Soy hija natural de una mujer de Quibdó; aquí a Medellín venían muchas negritas a trabajar en las casas de familia. Y sé quién es mi padre biológico, pero ese es mi secreto. Entonces me adoptaron los porteros del Palacio de Bellas Artes de Medellín, y ellos vivían allí. Por eso me crié rodeada de teatro, de ballet, de pintura. Fue una época muy bonita.

 

Pero hay otra cosa que no se menciona mucho y es que desde ese lugar transmitía la emisora La Voz de Medellín. ¿Cómo ha sido tu relación con la radio?

La radio ha sido también una parte mía. Yo escuchaba con mi mamá los tangos, las radionovelas de Chan Li Po, y tenía mucha fantasía de niña. Y en esa época en que los programas de música eran en vivo, una parte del teatro fue arrendada a La Voz de Medellín. Entonces conocí a Lola Flores, a María Luisa Landín, por allá pasaron Lucho Bermúdez y Matilde Díaz. ¡Fue una maravilla! Por un lado tenía opción de ver a las niñas de ballet, o de ver el teatro, y por otro lado escuchar la música popular que es tan importante: buenos boleros, buen jazz.

 

Y te sentaste al piano por primera vez en esos salones…

Yo todas las noches, cuando cerraba Bellas Artes, acompañaba a mi papá a hacer la ronda. Entonces tocaba los pianos y trataba de repetir lo que yo escuchaba de las niñas. En ese momento eran niñas muy ricas, que estudiaban piano como parte de la cultura, no como carrera. Y así estuve cerca de un año en esas andanzas, me aprendí dos piecitas. Mi papá, que era un ser absolutamente maravilloso, un día me abrió el piano de cola del teatro y me dijo: “Vea pues, dé su primer concierto”. Ese momento fue mágico. Yo toqué mis dos piecitas y mi papá aplaudió. Entonces fue a decirle a mi mamá, pero ella no estaba de acuerdo. Decía: “Por qué vas a entusiasmar a la niña, si nosotros no le podemos comprar un piano”. Tenía razón. Pero bueno, le toqué también las piezas a mi mamá y ella lo único que dijo fue: “Valerio, ¿y ahora qué vamos a hacer?”.

 

¿Qué pasaba por tu mente infantil en esos momentos? ¿Estabas jugando a ser pianista?

No, yo ahí no jugaba. Eso era como de verdad. De pronto había una muñeca y yo la sentaba conmigo, pero era estudiando.

 

Hasta ahí era un secreto de los porteros y la niña. ¿En qué momento se dieron cuenta los profesores?

Yo seguí así en gran secreto, hasta que un día me descubrió la profesora. Porque uno va cogiendo confianza, y yo creí que ella ya se había ido, me senté a tocar y me pilló. Metió un alarido y yo me puse a llorar. Pero era que le había impactado. Y me dijo: “Bueno, yo le voy a dar clases al escondido”. Empecé a recibir clase así, al escondido, hasta que después dijo: “Esto no puede ser así, yo voy a hablar con las mamás de las niñas a ver si lo permiten”. Y me dieron una beca.

 

Todo esto dentro del ambiente idílico del Instituto de Bellas Artes, pero luego vino una experiencia traumática y fue cuando no te dejaron entrar a estudiar en un colegio de monjas…

¡Ay, pero eso me salvó de la religión! Porque yo siempre quise entrar al colegio de las Carmelitas. Fui muy rezandera hasta los doce años, todos los días iba a la iglesia por mi propia cuenta. Entonces mi papá fue donde las monjas y le dijeron que no se podía porque yo era negra. Y cuando vino a contarle a mi mamá no se dio cuenta de que yo estaba por ahí, y escuché. Desde ese día no volví a misa. Después he tenido otras búsquedas, pero por el lado de Oriente.

 

Pero no eras la única que rompía con la religión por esa época. No mucho después, en Medellín, ocurre el famoso “sacrilegio de las hostias” de los nadaístas en la Catedral. Tú anduviste con ellos también.

Yo conocí a Gonzalo Arango tiempo después, cuando volví de Bogotá. Ese movimiento en Medellín fue de mucho rompimiento; yo no sé qué pasó ahora pero creo que hemos retrocedido. El nadaísmo fue importante para mí. Ellos eran muy queridos. Se reunían en un café de hombres, y yo entraba y les decía: “Ay, ustedes fuman de esos cigarrillos que huelen tan maluco”. Ellos me conocieron muy niña, entonces me cuidaban. Me decían: “Es que eso no es pa’ usted, váyase a estudiar piano, negrita”. Y también me acuerdo que una vez Gonzalo fue a mi concierto, todo vestido de blanco, sin zapatos y con un clavel en la solapa. No se me olvida nunca, era una belleza.

 

¿Qué tocaste en aquel recital?

No me acuerdo. Siempre en mis recitales de aquella época había una obra barroca, una clásica y una romántica. No era muy contemporánea; tocaba alguna cosa de Prokofiev, pero algo más disonante no.

 

¿Intercambiabas ideas con Gonzalo Arango?

Lo vi quince días antes de su muerte, en Popayán. Nos invitaron a una finca y me dijo: “Venga nos damos una vuelta”. Nos fuimos a caminar y me preguntó qué era de mi vida. De pronto dijo: “Vea, como aquí no hay piano, cánteme algo”. Le canté “Como todos” de Nino Bravo. Fue un paseo muy lindo.

 

Hablabas de un paso por Bogotá, que fue cuando estuviste en la Universidad Nacional. Me parece que a partir de ahí te interesas por la música de salón escrita en Colombia, por interpretarla y más adelante por grabarla.

Era música más estructurada que lo popular, pero por ejemplo en la Universidad Nacional no dejaban tocar música colombiana. Era como bajar de nivel. Cuando yo ofrecí mi primer recital en la Biblioteca Luis Ángel Arango a finales de los años setenta, toqué música colombiana y mucha gente dijo: “Ay, no, Teresita se volvió popular”. Eso no estaba bien visto. Yo me alegro mucho de haber insistido, porque después en Europa pude tocar ese repertorio, que son los compositores más grandes que hemos tenido.

 

© Fotografía de Daniel Maissan

 

Hablemos en concreto de esos compositores que hoy son parte de nuestro acervo, en buena medida gracias a tus interpretaciones. ¿Qué me puedes de decir de Luis A. Calvo?

Me crié con su música, me impactó mucho su vida. Siempre he dicho que si él hubiera tenido oportunidad de hacer un trabajo más profundo, o de haber salido a Europa, hubiera sido una especie de Chopin.

 

¿Adolfo Mejía?

Es otra cosa. Una música alegre, muy amable, muy suelta.

 

¿Oriol Rangel?

A él lo conocí. Yo iba todas las noches con el papá de mi hija a su programa en vivo en Radio Santa Fe. Era todo bravo y ofuscado, pero improvisaba en los programas. Hacía cadencias y cosas que le salían en el momento.

 

¿Guillermo Uribe Holguín?

Un señor muy solemne que hacía una música como francesa. Imponía mucho respeto.

En 1983, con ese repertorio en tus manos, te fuiste de agregada cultural del gobierno colombiano a la Alemania socialista…

Cuando el presidente Belisario me llamó, yo no creí. Mi hija contestó el teléfono y yo le dije: “Eso es algún amigo mío que amaneció enguayabado. A mí qué presidente me va a llamar”. De todas maneras pasé y era el presidente Betancur. Le escuché la voz y sí era, porque él había ido a verme tocar con la Sinfónica el Concierto No. 4 de Beethoven. Me dijo: “Teresita, qué está haciendo, usted tiene una carrera muy meritoria”. Yo le dije que estaba por renunciar a Colcultura y que quería ir a conocer Francia con la liquidación, porque tenía unos amigos en París que me hospedaban. Se quedó callado y dijo: “Ay, pero es que París es una plaza muy ocupada”. ¿Usted cree que yo entendía eso de “plaza” y “ocupada”? Yo estaba convencida de que me iba a dar una beca. De pronto reaccioné y le dije: “¡Ay, no, presidente, para donde usted me quiera mandar!”.

 

¿Y cómo fue la experiencia de la diplomacia?

Cuando llegué a la Embajada a mí nadie me estaba esperando. Llegué con mis hijos; debíamos parecer como una tribu extraña. Y entonces el embajador me recibió y me preguntó: “¿Usted sabe leer y escribir?”. Yo le contesté: “Sí, y tengo muy bonita letra”. Me dejó estar ahí pero no me decía nada. A los quince días llamé al presidente y le dije: “Yo creo que yo sobro aquí, yo no quiero molestar”. Y él llamó personalmente al embajador y le dijo que me dejara conocer Europa. Ese mundo de la diplomacia es muy complejo. Pero por otro lado estaban los conciertos que yo hacía. Toqué por todas partes, Varsovia, Sofía, Budapest, París, Berna, Zúrich. Yo soy una cosa antes y otra cosa después de que el presidente Betancur me abriera el mundo. En mi situación no hubiera podido ir a ninguna parte.

 

Estabas radicada en Alemania Oriental, detrás del Muro. Me da pie para preguntarte por tus afinidades políticas.

Para mí la rda era como el Nueva York de los socialistas. Los alemanes eran muy organizados, los conciertos eran gratis: eran tan buenos como los de Berlín Occidental, pero sin la fastuosidad del capitalismo. La política siempre la he mirado a mi manera. Yo no tengo compromisos pero sí sensibilidad social, estoy de acuerdo con la paz, me duele todo lo que pasa. Yo hasta pagué cárcel porque creyeron que había hecho dos asaltos a Telecom, un atraco a la Caja Agraria y unas reuniones con el m-19. Me daban cuarenta años. Me hicieron dieciocho interrogatorios con el f-2, en esa época tan terrible de Turbay.

 

No deja de ser irónico que un gobierno te acusa de comunista y el siguiente te premia mandándote a una república comunista.

Exactamente. Me acuerdo que cuando estuve en Roma, estaba de embajador uno que había sido militar del anterior gobierno. Me reconoció y me dijo: “¿Usted por acá?”. Y yo le dije: “Es que la vida es maravillosa”.

 

De esa época de las giras europeas es la anécdota del día en que fuiste a visitar la tumba de Chopin…

Sí. Mi primer concierto fue en París. Entonces como yo siempre he amado a Chopin, me fui para el cementerio a llevarle unas flores. Y encontré veladoras y ofrendas. Más parecía un santo que un músico. Hasta me arrodillé porque, en cierta forma, la música ha sido algo religioso para mí. Y le recé: “Voy a tocar tus Cuatro baladas y quiero que me ayudes”. Era otoño y me acuerdo que llegué al teatro con las manos heladas. Y me fue muy bien. Allí empezaron los conciertos y también me empezaron a respetar… o a molestar menos, en la Embajada.

 

¿Quién es Chopin para ti?

Chopin es como un amigo, alguien que uno ya sabe cómo es. Hay una afinidad energética. Me parece que es el artista que volvió el piano un instrumento poético.

 

Hablaste de haber interpretado las Cuatro baladas de Chopin, pero también el Concierto N° 4 de Beethoven. ¿Cómo experimentas la diferencia entre tocar sola y tocar con orquesta?

Yo disfruto mucho con la orquesta. Siempre me siento, no como una solista, porque eso me parece pedante, sino a hacer música con todos. Obviamente el piano es el principal, pero yo me siento es a disfrutar de esa maravilla que es tocar acompañado, de esa conversación con todos los músicos y con el director. Eso es apasionante. Y no da tanto miedo como cuando doy un recital de piano solo, porque tú tienes que tocar muchas obras, estar sola ahí.

 

En 1995 te operaron de las manos y luego dijiste que te habías recuperado gracias a Bach. ¿Lo decías por lo técnico o por lo espiritual de su música?

Las dos cosas. Primero porque yo quedé prácticamente sin manos. Días antes de la operación yo había tocado el Concierto No. 2 de Rachmaninov, y me fue muy mal porque ya las manos me funcionaban muy regular. Luego vino la cirugía y mi hijo me acompañó y me dijo: “¿Tú estás lista para que sea lo que sea?”, y le dije: “Yo creo que voy a volver a tocar. ¿Cómo? No sé, pero tengo fe”. Y fue un aprendizaje de la paciencia. La recuperación implicó volver a tener la técnica, porque la música quedaba dentro pero para volver a estar “en dedos”, como decimos los pianistas, tuve que empezar de cero. Y empecé con Bach: el Cuaderno de Anna Magdalena, las Invenciones, las Partitas y el Concierto italiano. Porque yo no tenía dinero en ese momento para hacerme una fisioterapia, entonces me la hice yo, y la hice con Bach. Eso me volvió a organizar el cerebro. Y mi primer recital después de la operación fueron esas obras.

 

Practicas la meditación zen. Recuerdo a Leonard Cohen, que también medita, diciendo que mientras los otros se iluminaban, a él se le ocurrían canciones. No sé si es muy personal esto que te voy a preguntar: ¿a ti qué te sucede durante la meditación?

Yo a veces salía de la meditación y se me venía lo que quería hacer con la interpretación de alguna obra. Muchas veces, seguramente, encontré allí la música interna y muchas ideas. ¿Pero la iluminación? Yo no creo que uno se ilumine. De pronto capta algo, o entiende o ve algo distinto. Son más bien pequeñitas iluminaciones. Yo lo que sé es que el zen es una práctica muy seria y muy buena para salir de tanto enredo que uno tiene.

 

Ahora me acuerdo de haber leído a Claudio Arrau diciendo que, cuando hacía música, lo único que existía era el presente. Eso parece zen también…

Una vez le dije a mi maestro que tenía mucho miedo, cuando tenía que salir a dar mis primeros conciertos después de la operación. Y me dijo: “Concéntrese en el miedo, mire a ver cómo es, vaya y siéntalo. No hay otro momento”. Entonces al siguiente concierto yo salí y estaba temblando. Yo tocaba y veía eso, que me temblaba una pierna, las manos. Y yo no sé cuánto tiempo pasaría, un minuto o dos minutos, pero se me quitó. Miré el miedo de frente y me dejó de molestar. Eso tiene que ver, precisamente, con lo que decía Claudio Arrau: no hay sino presente; el pasado y el futuro no son. Todo es un eterno presente.

 

¿Has intentado componer?

No. De pronto yo improviso de vez en cuando, pero no, porque no he estudiado composición. Tal vez podría escribir un pasillo o un bambuco, pero tendría que ser algo muy espontáneo.

 

En tu disco Íntimo hay una pieza que te escribió el compositor Jorge Andrés Arbeláez, llamada “Doña Tere”. ¿Qué se siente tocar algo tan cercano, como un retrato?

Yo he tocado muchas obras de Jorge, es un músico excelente y con una sensibilidad muy grande hacia lo colombiano. Pero el retrato me lo hizo muy nostálgico, ¿no? O tal vez yo tengo esa parte.

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Juan Carlos Garay

Autor de la novela 'La nostálgia del melómano'. Es actualmente el realizador del programa radial 'La Onda Sonora'.

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