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Elogio de míticos y desconocidos u olvidados editores

El oficio del buen editor se parece al de abogado del diablo. Así lo comprueba este repaso por un buen número de autores, hoy clásicos, que editores agudos han rescatado de los desacertados vituperios de la crítica.

© Ilustración de Bea Crespo

 

Para José Angel Leyva

 

El tiempo permanece

 Atrapado entre los libros.

 Por ese prodigio de aprehensión,

 Heráclito sigue bañándose

 En el mismo río,

 En la misma página.

 

Paralelo al ojo avisado de un buen editor está el ojo a veces estrábico de algunos críticos. No sé, por ejemplo, quién fue el editor de Las flores del mal, un prodigio salido de las manos de Charles Baudelaire en 1857. Pero su tiraje inicial de 1.300 ejemplares fundaría casi una religión poética. Hago venias de gratitud a su editor. Sin embargo hay que mirar las trabas, la condena “por ultraje moral” a la que fueron condenados libro y poeta. Es un punto importante para señalar que paralelamente a la publicación de un autor también entran a jugar los críticos, otros agudos o tontos eslabones intermediarios entre obra y lectores. Aún en 1893 un gran escritor al que se le fueron las luces, que por fortuna no tuvo en sus manos el rol de editor, Émile Zola, afirmaba que “dentro de cien años, los libros de historia de la literatura francesa solo mencionarán Las flores del mal como una curiosidad”. Si Zola viviera hoy, a más de un siglo de su errático vaticinio, sin duda pagaría para que se lo tragara la tierra, pues esta obra maestra e inaugural de la poesía moderna no solo está en la historia de la literatura francesa sino en la universal. Su afirmación es su propio “yo acuso”, y su triste epitafio como crítico.

No así la legión de editores que siguen fatigando rotativas con los versos de Baudelaire, pero que por supuesto dudosamente hubieran corrido la aventura de publicar por primera vez el libro satanizado.

Y es que si un crítico es, como dijera un romántico alemán, “un lector que rumia y que necesita varios estómagos”, algunos no tienen sino uno cargado de lecturas rápidas y aventuradas. Lo mismo vale para el editor. Un verdadero editor tiene que ser, además de sensible, un lector que rumia bien lo que resulta nuevo en el ambiente, pero que no se queda en la esfera de la novedad. Y es que no existe, para bien y para mal, el editor inocente.

En elogio de esos editores hoy ya casi lamentablemente desaparecidos habría que señalar notables casos de fe en un autor, que no entran en la segunda premisa formulada por Kurt Wolff, editor de Franz Kafka, cuando afirma que “uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan”. Pero hasta Kurt Wolff, de tan fino olfato político y editorial, tiene su mácula. Él mismo lo señala en la excelente obra Autores, libros, aventuras. Observaciones y recuerdos de un editor. Confiesa con valentía y poco orgullo que el libro de Oswald Spengler, un clásico de la historia, La decadencia de Occidente, que apareció en 1918, fue rechazado por él, por ligereza, coligiendo que si el autor le proponía a él y a su editorial un libro que estaba en la línea de otras editoriales, lo más seguro era que ya se lo hubieran rechazado. Y entonces agrega un “qué lástima”, “si hubiera”, “habría sido”, frases habituales de quien quiere darle marcha atrás a los relojes.

De las premisas expresadas por Wolff, impulsor de los expresionistas, parecería no pocas veces que ahora, en el universo del mundo editorial, los editores se rigieran sobre todo por la segunda premisa. Sus preguntas parecen ser: ¿que podría gustarle a la gente?, ¿qué libro entrará más rápidamente en el gusto que dictan los tiempos para un gran público, así sea bajo la hipnosis de la distracción por encima del conocimiento?

Se conoce una afirmación de George Orwell en la que señalaba que el siglo xx, el de nuestro cambalache problemático y febril, llegaría a ser el del público raso que anda por el mundo en busca de entretenimientos. Y lo decía desde su obra 1984 en consonancia con Un mundo feliz de Aldous Huxley, este último escrito en 1932 y en el que anunciaba como parte del control del individuo el consumo y la distracción, un pan sin levadura de mucha de la actual producción editorial.

Contra esta aberración, sin duda, que ha habido una gran cantidad de editores que se niegan a estimular esa visión obtusa, esa compulsión masiva por saciar desde la banalidad una bulimia de libros que tienen su analogía con las comidas rápidas.

A esto contribuyen no pocas editoriales de algunos de los grandes grupos que van absorbiendo como esponjas a las pequeñas, hasta llegar a intercambiarse autores como en el fichaje de un futbolista que pasa, de buenas a primeras, a un nuevo equipo. Se habla entonces de leyes de mercado, del libre y necesario albedrío, pero con esas nuevas premisas comerciales también han ido desapareciendo de las editoriales los que eran llamados jefes de colecciones, gentes que por sus conocimientos de la poesía, la narrativa, la historia, la crítica o la ensayística, valga de ejemplo, resultaban avisados lectores que no improvisaban sus catálogos. Pongo como un ejemplo positivo la colección Los Poetas que conducía Aldo Pellegrini para la Compañía General Fabril Editora, de Buenos Aires, gracias a la cual conocimos grandes poetas desconocidos o medianamente conocidos, en traducciones de alto rango estético y a la vez crítico. Ya el mismo Pellegrini prevenía en las letras sobre la puja de lo que llamaba “la internacional de la mediocridad”, una suerte de globalización de las formas improvisadas en manos de igual manera improvisadas.

La de Fabril Editora era una manera sencilla y sofisticada a la vez de editar poesía, un asunto que ha desaparecido del interés de los grandes sellos, creando en nuestra región una nueva aunque precaria función que por fortuna suplieron algunas editoriales estatales, como Colcultura en años no muy lejanos en nuestro país, y que ahora la ejercen los editores independientes. También malcirculan las publicaciones que hacen sus propios autores fungiendo de editores, en colecciones que podrían llamarse El Cariño Verdadero, pues ni se compran ni se venden. Lo cual no altera de fondo la posible calidad estética de los libros que no circulan ampliamente.

Hoy en día, afirma un notable editor, Jaime Salinas, que anduvo en editoriales tan prestigiosas como Alianza Editorial, Seix Barral, Aguilar y Alfaguara, y que más tarde fuera director de Libro y Bibliotecas en su natal España, “se publica demasiado pronto”. En conversación con Juan Cruz, Salinas describe la empobrecida forma en que el mercado del libro ha cambiado drásticamente hasta los intereses de los autores:

 

El escritor ya no tiene nada que ver con los que yo conocí en mi tierna infancia, los amigos de mi padre [valga recordar que el fallecido editor era hijo del poeta y ensayista Pedro Salinas], ni con los que fui conociendo después como editor. Entre los temas de conversación favoritos del escritor de hoy están sus ordenadores, sus tiradas, cuántos ejemplares ha vendido, si está o no en la lista de los más vendidos, si ha sido traducido y a cuántas lenguas. Antes hablaban de tonterías o de política o de mujeres o de hombres o de literatura.

 

Y ante la siguiente pregunta de Cruz, “¿qué consecuencias tiene para la propia vida literaria?”, respondió que son consecuencias catastróficas, según sus palabras. Y agregaba:

 

Yo no creo que un libro sea mejor que otro porque se haya vendido más. El éxito de ventas, generalmente, poco tiene que ver con la calidad literaria. Superar esa contradicción es difícil. El problema fundamental es cómo podemos, en la edición así como en la cultura en general, respetar a la minoría sin que en ese proceso se cometa injusticia con la mayoría.

 

Es allí donde salta la liebre, diríamos. Los autores de géneros excluidos de muchos de los grandes sellos editoriales, como el cuento, la poesía, la crónica o el ensayo, podrían sentirse minusvalorados, pero también gozan del privilegio de no escribir privativamente para la edición sino para el crecimiento de su obra y entonces vuelven a ser sus propios críticos que rumian, que tienen una más lenta digestión. Por supuesto que muchos de los autores frecuentemente editados no caen en esa ronda del exitismo y tienen una alta vigilancia de lo que publican. A veces hago de abogado del diablo, toda vez que he tenido la suerte de ser publicado tanto por sellos reconocidos como independientes, por pequeñas editoriales que por lo demás, si hablamos de poesía, cada vez más están presentes en el escenario del libro.

Muchos críticos de la función de los editores señalan, al contrario del elogio cuantitativo de la producción de libros, que esta por momentos resulta excesiva, pues entre grandes joyas se filtra la insalvable morralla, volúmenes transitorios, de la contingencia inmediata. Y surge la pregunta de si cada editor es en realidad un verdadero lector, si todo lo que aparece en las librerías es en verdad digno de ser impreso. Es notable lo que le expresara a Gabriel Zaid un notable editor, Carlos Lohlé, acerca de un libro publicado en la editorial europea en la que trabajó y que era una sumatoria de barbaridades que crearon hondo malestar público. Tras su publicación “se hizo una investigación a fondo en todos los departamentos y resultó que nadie lo había leído”. Lohlé se preguntaba, entonces,

 

...¿cómo podemos publicar libros que no leemos? Porque no estamos organizados para leer, sino para alcanzar metas de crecimiento, producción, ventas, contabilidad. Si yo leyese personalmente todos los libros que publico, ¿cuántos podría publicar? Poquísimos, porque tengo que leer diez para publicar uno; y si no tengo tiempo de leer más que dos o tres por semana, no puedo publicar más que uno al mes.

 

Y no hablemos del criterio con el que algunos editores publican libros de autoayuda, que muchos califican de fraude aunque no lo sean: sí son de autoayuda para el autor, llenan sus bolsillos y por supuesto aumentan las ganancias de quienes los editan. De la misma manera abunda la kilometrada de volúmenes testimoniales de secuestros, como los de interés privado de un autor que se hace público por pertenecer al espectáculo de variedades. Auden, el gran poeta y teórico de York, tiene unas apostillas sobre el asunto que no dejan de ser inquietantes a pesar de su vehemencia cuando se va lanza en ristre contra “lo que los periodistas llaman estudios humanos y cuya publicación debería ser –a lo más– anónima”. Agregaba el autor de La mano del teñidor que “las confesiones literarias son despreciables, como los mendigos que exhiben sus males por dinero, pero no tan despreciables como el público que las compra”. Esto sucede en nuestro medio con los temas llamados de actualidad, sean el narcotráfico o los trivializados episodios supuestamente eróticos, como pasa con ese tipo de libros que intentan compartir un eros que solo preocupa a quienes los escriben y que muchas veces oscila entre el exhibicionismo y la falsa poesía. De esta última se vacuna el mismo Auden cuando afirma: “Si de súbito todas las colinas redondeadas se convirtieran en pechos, las cuevas en úteros, las torres en falos, no nos sentiríamos complacidos ni chocados: solo sentiríamos tedio”. Y creo que podría jurar que no hablaba de los veinte poemas de amor de nuestro querido chileno.

Y esa proliferación de libros en nuestro país me parece que se debe en buena parte a la ausencia de crítica. Y, sin duda, a un periodismo iletrado que canoniza nombres por inercia. Como lo afirma Gabriel Zaid, “es más rápido entrevistar a un autor que leer sus libros”. Luego vendrán los elogios, también inertes, de los que tienen engatillado el aplauso para así pertenecer a una comunidad que debe mostrarse sensible en los grandes salones.

La falta de un poderoso aparato crítico (a veces uno cree que la única crítica en el país es la situación) contribuye y de qué manera a la exaltación de lo perecedero, e inclusive a la aparición de autores que son de temporada. Y no pienso que el crítico sea la última palabra, pero sí es pieza necesaria en el diálogo a tres voces entre editor, autor y lector. No se trata de aceptar una especie de magister dixit, lo dijo el maestro luego es verdadero, pero una cultura sin interlocución tiende al unanimismo y ya sabemos que en las artes como en la política esto resulta nefasto. Lo decía el resabiado libertario Bakunin: “La uniformidad es la muerte. La diversidad es la vida”. No importa si la celebración de un texto viene de alguien considerado un gran gurú, un guía, o si no recordemos lo que dijo un crítico del New York Journal American, Robert Garland, a propósito de el Tío Vania de Anton Chéjov: “Si me preguntaran de qué trata el Tío Vania, diría que de lo máximo que puedo soportar”. O lo expresado por un magazín inglés en 1818 sobre John Keats: “Sabemos que los amigos de Keats le destinaron a la carrera de medicina y que fue aprendiz de un importante farmacéutico... Es mejor y más prudente ser un aprendiz de farmacéutico muerto de hambre que un poeta muerto de hambre, así que, por favor, Mr. Keats, vuelva a los emplastos, píldoras y ungüentos. Pero, por amor de Dios, sea menos aburrido y soporífero en sus recetas de lo que ha sido su poesía”.

Pues bien, ya no recordamos quién diablos era Garland ni existe el Blackwood’s Magazine y ahí siguen Chéjov y el tío Vania, y tenemos al alcance de las manos los poemas de Keats, un autor que en su breve vida recibió todo un surtidor de improperios a su obra y al que podemos volver a visitar hoy gracias a la magia del libro para conversar con su profunda melancolía. Y digo esto sobre todo para recordar que un editor cuando elige qué publicar está desdoblado en crítico. Y le cae bien el aserto de Walter Benjamin en Dirección única: “La crítica es una cuestión moral. Si Goethe no comprendió a Hölderlin o a Von Kleist, ni a Beethoven ni a Jean-Paul, esto no atañe a su comprensión del arte, sino a su moral”. Y lo afirma el mismo pensador alemán que decía que “los libros y las prostitutas pueden llevarse a la cama”, aunque los primeros ejerzan hace menos tiempo su oficio y tengan menos oficiantes.

Quisiera recordar, a riesgo de parecer que me estoy poniendo los zapatos con calzador, a un editor de una diferente estirpe a la de los mencionados, y no por exotismo o por un gusto por la rareza: el señor Louis Braille, que sin duda se señala como el Gutenberg de los ciegos.

Braille perfeccionó el método creado por Charles Barbier con fines castrenses, una criptografía para que los soldados franceses pudieran leer en la oscuridad de las trincheras. Tradujo, si así pudiera decirse, El paraíso perdido de John Milton a su sistema, siendo este el primero de los libros en que se utilizó ese método de puntos en relieve. Con él propició la lectura para los ciegos, ciego él mismo. Sin ese método de seguro no hubiéramos podido llegar a leer con pasión y estremecimiento El mundo en que vivo de Helen Keller, ese magnífico tratado sensorial para leer con todos los sentidos, que tanto impresionara a Mark Twain, a Chaplin, a Gandhi y a Henry Miller. Ella, sorda, muda y ciega, tenía lo que debe tener un editor más allá de la visión: olfato y tacto para percibir los aromas del lenguaje y para recuperar una memoria táctil. Olfato y tacto deberían ser dos sentidos aguzados de cualquier editor. Una nariz olfateadora que distinga lo que tiene valor entre la maleza; un tacto para editar lo que al tener presente tendrá porvenir.

Hay centenares de libros que tienen más larga vida que sus propios autores y creo que se llaman clásicos. Un libro, decía Louis Aragon, “no es escrito de una vez por todas. Cuando es verdaderamente un gran libro, la historia de los hombres viene a añadirle su propia pasión”. No es lo mismo el Quijote para Nabokov que para Harold Bloom, pero ambos le han agregado sus pasiones particulares. Podría decirse que hay cientos de Quijotes porque el libro es modificado por sus lectores, más cuando leemos un volumen de Cervantes, que a su vez también nos lee, nos escudriña, como seres lastimosa y alegremente humanos.

Algo de espiritistas tienen los editores. Nos ayudan, como diría Francisco de Quevedo, a entrar en conversación con los muertos. Pero, ¡atención!, cuántas veces los verdaderos muertos no son los que viviendo, habitando la escena de los aplausos, de los grandes tirajes y el mayor reconocimiento, están deshabitados como una casa fantasma y nos entregan voces que pronto se apagan, cuando acaba la sesión. Si participamos de la idea de que el libro reemplaza a la ouija en la comunicación con los muertos, confiemos en que aquellos tengan algo que decirnos en una grafía menos intermitente que la del invocado en la jornada espiritista.

Hay editores que mezclan lo que podría llamarse algo así como un catálogo duro, que sería el que no hace concesiones paternalistas al lector o al autor, y un catálogo blando, el que se permite guiños masivos al gusto de los lectores que se arredran cuando el escrito exige un viaje no de turismo por las páginas sino un tour de force, un esfuerzo, una demostración de temple que no tiene que ver con la pesadez pero tampoco tiene por qué excluir el divertimento, los serios y agudos juegos de la imaginación.

Si el mundo avanza hacia el analfabetismo funcional, como lo expresara Bruno Bettelheim y como lo recuerda Adolfo Castañón en Trópicos de Gutenberg, no saber leer a pesar de ser alfabetizados colinda sin duda con la falta de esfuerzos por entender. De ahí que quienes solo editan lo fácil, la moneda de uso corriente, resulten partícipes de algún modo de ese estímulo funcional que apunta al vacío.

Como autor espero el diálogo y la confrontación, la palabra que duda, la mano que borra más que la que escribe, las sugerencias, antes que la pasividad de uno o varios editores distantes y glaciales. Y no pocas veces los he encontrado, aunque en otras escasas ocasiones reine el mutismo de su parte, más allá de los convencionalismos de un contrato, de una retórica de oficina. Es grande y bello el oficio de distribuir preguntas y conocimientos, de blindar soledades con la palabra del otro, algo que es sin duda lo que hace tras bambalinas un editor.

A uno de los buenos editores con que he tropezado en mi febril dromomanía por caminos y libros le dedico el siguiente epitafio como si fuera el colofón de una vida, una contracubierta, una contracarátula que conserva el estilo laudatorio que casi todas tienen; pero no sin antes aclarar que el epitafio, que no es de corte latino ni mucho menos a la usanza ironista de Spoon River, será para esculpirlo mucho más tarde, cuando caigan otras veintenas de calendarios y no propiamente en ferias programadas en otoño, porque en esa estación hay que irse con mucho cuidado: también pueden caerse las hojas de los libros.

 

Epitafio para un buen editor:

 

Aquí, bajo esta tapa de cuero,

Yace uno que no olvidó

Que el libro tiene linaje de árbol.

Roguemos que siga dando frutos. 

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